Capítulo 2 ¿MI Cuñado?
El silencio en la sala se hizo pesado.
Lucrecia sintió que se le iba el aire. Gabriel Velasti la miraba igual que la noche anterior, pero ahora con una sonrisa lenta y peligrosa. Sabía perfectamente quién era ella.
—Un placer conocerte, Lucrecia —dijo. La voz era la misma que le había hablado al oído mientras la follaba.
Le tendió la mano. Ella no tuvo más remedio que tomarla. El contacto le recorrió el brazo como una descarga. Era la misma mano que la había agarrado fuerte contra la cama.
—Igualmente —respondió, intentando que no se le notara el temblor en la voz.
Ignacio los miraba con cara de pocos amigos, como si presentara a un empleado cualquiera.
—Gabriel se va a quedar en la casa de huéspedes del jardín mientras se acomoda. Estará aquí unas semanas. Quiero que se sienta como en casa.
Gabriel sonrió de lado.
—No te preocupes, hermano. Seguro que me siento muy bien aquí.
Ignacio miró el reloj.
—Tengo una reunión. Lucrecia, muéstrale la casa de huéspedes. Gabriel, después hablamos de los números.
Se fue sin más. La puerta se cerró y se quedaron solos.
Lucrecia dio un paso atrás. Gabriel no se movió. Solo la miraba.
—No pensé verte tan pronto —dijo él en voz baja.
—Yo tampoco. Esto no puede volver a pasar.
Él dio un paso hacia ella. El olor de su colonia le llegó de golpe. El mismo de anoche.
—¿Por qué no? Anoche te corriste fuerte. Hasta lloraste. ¿O fue mentira?
Lucrecia cerró los ojos un segundo. Recordó exactamente cómo se había sentido cuando él entró en ella, cómo la miraba, cómo la sujetaba. El orgasmo todavía le quemaba en la memoria.
—Fue un error. Estaba borracha y dolida. No sabía quién eras.
—Ahora sí lo sabes. Y eso lo hace más interesante.
Se acercó un poco más. No la tocó, pero estaba demasiado cerca.
—Tu marido me presentó como si fueras un mueble. Él no te mira. Yo sí. Anoche te vi toda. Te toqué. Y no voy a fingir que no pasó.
Ella tragó saliva.
—Si Ignacio se entera…
—No se va a enterar. A menos que tú se lo digas. Y ambos sabemos que no lo harás. Estás atrapada. Yo también, a mi manera. Así que… ¿por qué no seguir con lo que empezamos?
Lucrecia sintió un calor traicionero entre las piernas. El cuerpo la estaba traicionando.
Se obligó a dar otro paso atrás.
—Te muestro la casa de huéspedes. Y después preferiría que mantengamos la distancia.
Gabriel la siguió con la mirada mientras ella se giraba.
—Como digas, cuñada. Pero los dos sabemos que la distancia no va a durar mucho.
Lucrecia caminó delante de él hacia el jardín. Sentía cada paso suyo detrás. El traje sobrio que llevaba ahora le parecía ridículo después de haber estado desnuda debajo de ese hombre unas horas antes. La piel le recordaba sus manos, su boca, cómo la había follado.
Y lo peor era que, a pesar del miedo y de la culpa, una parte de ella ya quería que volviera a tocarla.
