Capítulo 3 ¿Porqué No Quiero Parar?

Lucrecia caminó por el jardín sin mirar atrás. Sentía a Gabriel detrás de ella, cerca, demasiado cerca. El pasto estaba húmedo y el aire de la mañana todavía fresco, pero a ella le ardía la piel.

La casa de huéspedes era pequeña y elegante. Dos pisos, ventanas grandes y un porche con sillones de madera. Lucrecia abrió la puerta con la llave que siempre estaba en el cajón del recibidor.

—Aquí tienes —dijo sin girarse—. Hay dos habitaciones arriba. La principal tiene baño propio. Abajo está la cocina y el living. Si necesitas algo, avísale al personal.

Gabriel entró detrás de ella y cerró la puerta. El sonido del cierre le hizo un nudo en el estómago.

Ella se dio la vuelta. Él estaba apoyado contra la puerta, mirándola sin prisa.

—No hace falta que te vayas tan rápido.

—Sí hace falta.

Gabriel se despegó de la puerta y caminó hacia ella. Lucrecia retrocedió hasta que la parte baja de su espalda tocó la mesa del comedor.

—Anoche te corriste en mi boca primero —dijo él en voz baja—. Después te corriste otra vez cuando estaba adentro. Y lloraste. No fue solo sexo para ti.

Lucrecia apretó los labios.

—Fue un error. Ya te lo dije.

—Y yo te dije que no me importa. —Se detuvo a un paso de ella—. Tu marido te tiene atrapada con la plata de tu padre. Yo lo sé. Todos en la empresa lo saben, aunque nadie lo diga. Él te usa. Yo no.

—No digas eso.

—¿Por qué? ¿Te duele escucharlo porque es verdad?

Lucrecia intentó pasar a su lado, pero él levantó un brazo y la detuvo, sin tocarla del todo. Solo el calor de su cuerpo la rodeó.

—No voy a forzarte —murmuró—. Pero tampoco voy a hacer de cuenta que no te follé anoche. Que no te abrí las piernas y te hice gritar. Que no sentí cómo te apretabas alrededor de mí cuando te corriste.

Las palabras le golpearon directo entre las piernas. Un calor traicionero subió por su vientre. Odiaba que su cuerpo reaccionara así.

—Basta —dijo ella, pero la voz le salió más débil de lo que quería.

Gabriel bajó la mirada a su boca y después a su pecho. El traje sobrio no escondía del todo la forma de sus senos.

—Estás mojada ahora mismo, ¿verdad? Solo de recordarlo.

Lucrecia sintió las mejillas arder. Quiso negarlo, pero sabía que era cierto. El roce de la tela contra su sexo le confirmaba que estaba húmeda.

Él sonrió despacio, como si lo hubiera notado.

—Voy a quedarme aquí unas semanas. Tal vez más. Y cada vez que te vea en esa casa grande, voy a recordar cómo te veías desnuda debajo de mí. Cómo me mirabas cuando te venía.

Lucrecia empujó su brazo y pasó de largo. Abrió la puerta con manos torpes.

—No se va a repetir —dijo sin mirarlo—. Quédate lejos.

Salió y cerró detrás de ella. Caminó rápido por el jardín hasta la casa principal. Solo cuando estuvo adentro, con la puerta cerrada, se permitió temblar.

Subió a su habitación y se encerró en el baño. Se miró en el espejo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes. Se quitó la ropa con manos temblorosas y entró a la ducha.

El agua caliente le corrió por el cuerpo. Cerró los ojos y de inmediato lo vio a él: la forma en que la había levantado contra la pared del penthouse antes de llevarla a la cama, cómo le había abierto las piernas con las manos, cómo le había pasado la lengua despacio, sin prisa, hasta hacerla arquear la espalda. Recordó el momento exacto en que entró en ella de una sola embestida y ella gritó. Nunca había sentido algo así con Ignacio. Nunca.

Se pasó una mano entre las piernas sin querer. Estaba empapada. Se mordió el labio y se tocó un poco, solo un poco, recordando la boca de Gabriel. El orgasmo llegó rápido y silencioso, con las piernas temblando y la frente apoyada contra el azulejo. Cuando terminó, se sintió peor. Sucia. Culpable. Y todavía con ganas.

Se vistió de nuevo. Bajó a la cocina y pidió café. Intentó leer algo en el teléfono, pero no podía concentrarse. Cada cinco minutos miraba hacia el jardín, hacia la casa de huéspedes.

A media tarde llegó Ignacio. Entró, dejó el maletín en el sillón y se quitó la corbata.

—¿Le mostraste la casa a Gabriel?

—Sí.

—Bien. No lo molestes demasiado. Tiene mucho trabajo encima.

Lucrecia asintió en silencio. Ignacio se acercó y le dio un beso seco en la mejilla, como siempre. Ni siquiera la miró a los ojos.

—Esta noche tengo cena con unos inversores. No me esperes despierta.

Se fue a cambiarse. Lucrecia se quedó en la sala, mirando por la ventana. Desde ahí se veía parte de la casa de huéspedes. Las luces estaban prendidas.

Por la noche, sola en la cama grande, no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía a Gabriel encima de ella, sujetándole las muñecas, mirándola fijo mientras entraba y salía. Sentía el fantasma de su peso, de su calor, de cómo le había dicho al oído que se corriera para él.

Se dio la vuelta, frustrada. El pijama de seda le rozaba los pezones y le recordaba cómo él se los había chupado. Se metió una mano entre las piernas otra vez, esta vez con más rabia. Se tocó pensando en él, en su boca, en su polla gruesa y dura, en cómo la había llenado. Se corrió mordiendo la almohada para no hacer ruido, con lágrimas de rabia y placer en los ojos.

Cuando terminó, se quedó mirando el techo.

Estaba jodida.

Había tenido el mejor sexo de su vida con el hermano de su marido. Y ahora ese hombre vivía a cincuenta metros de su ventana.

Se levantó y fue hasta el ventanal. La casa de huéspedes seguía iluminada. Por un segundo creyó ver una sombra moverse detrás de la cortina.

Apagó la luz de su habitación y se metió en la cama otra vez.

Sabía que no iba a poder mantener la distancia.

Y lo peor era que una parte de ella ya no quería.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo