Capítulo 4 El Peligro Hecho Pasión
El silencio de la mansión de madrugada resultaba ensordecedor. Lucrecia miró el reloj sobre la mesa de noche: las dos y media de la mañana. Ignacio no había regresado y ella sabía perfectamente que no estaba en ninguna reunión de negocios. El recuerdo de su esposo con la secretaria en aquel escritorio volvía como una puñalada helada, pero lo que realmente mantenía su pulso acelerado y su cuerpo despierto no era la traición de Ignacio, sino la sombra que habitaba en la casa de huéspedes.
Impulsada por una mezcla insoportable de insomnio, sed y una inquietud que le quemaba la piel, Lucrecia se levantó de la cama. Se puso una bata fina sobre el camisón de seda y bajó en penumbra las escaleras hasta la cocina. Necesitaba un vaso de agua, algo que calmara la opresión en su pecho.
Sirvió el agua con manos temblorosas. Al apoyarse contra la mesada de mármol y elevar la vista hacia el ventanal que daba al jardín interior, se le congeló la sangre.
A través del cristal de la puerta de servicio, vio una figura alta recortada contra la luz tenue del patio. Gabriel estaba allí, apoyado contra la columna de madera del porche, con una taza en la mano y la camisa blanca medio desabrochada. Parecía estar mirando fijamente hacia la casa principal, como si supiera que ella estaba ahí en la oscuridad.
El corazón de Lucrecia dio un vuelco violento. Se juró a sí misma que se daría la vuelta y subiría de inmediato a su habitación. No debía acercarse. No podía caer. Pero sus pies parecieron ignorar a su razón. Como hipnotizada por el peligro, caminó despacio hasta la puerta de cristal, descorrió el seguro en silencio y salió al aire helado de la noche.
El frío de la madrugada le traspasó la fina seda del camisón, haciendo que sus pezones se endurecieran al instante bajo la tela. Gabriel no se sorprendió al verla. No se movió. Solo la siguió con esa mirada oscura y penetrante mientras ella avanzaba despacio por el caminito de piedra hasta detenerse a un metro de él.
—¿Tampoco puedes dormir, cuñada? —susurró él, rompiendo la calma con esa voz grave que le provocaba un escalofrío inmediato.
—Estaba buscando un vaso de agua —mintió ella, intentando cruzar los brazos sobre el pecho para cubrirse, consciente de lo transparente que resultaba su ropa a la luz de la luna.
Gabriel dio un paso largo hacia ella, acortando la distancia hasta que Lucrecia pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo. El aroma de su colonia, mezclado con el olor de la noche, la envolvió de golpe.
—Mentira —murmuró él, bajando la vista hacia los labios de ella—. Estabas pensando en mí. En la forma en que te toqué anoche. En lo que sentiste cuando te abrí las piernas.
—Gabriel, por favor… —rogó Lucrecia, pero el tono le salió casi como un gemido debilitado.
—Tu marido ni siquiera ha llegado a casa, Lucrecia. Te dejó sola otra vez. Mientras él está con otra, tú estás aquí afuera, temblando por mí.
Antes de que ella pudiera protestar o dar un paso atrás, Gabriel soltó la taza sobre la mesa del porche y la sujetó por la cintura con una firmeza implacable. La pegó de golpe contra su cuerpo. El contacto del torso duro de Gabriel contra sus pechos erguidos le sacó un jadeo ahogado a Lucrecia.
—No me digas que me aleje cuando tu cuerpo está gritando que te toque —dijo él cerca de su oreja.
Gabriel deslizó una de sus manos por la curva de su espalda, bajando lentamente hasta agarrar con fuerza una de sus nalgas por encima de la seda, levantándola ligeramente para acomodarla contra su pelvis. Lucrecia sintió la dureza impresionante que ya se marcaba bajo el pantalón de él, presionando directamente contra su centro húmedo.
Un choque eléctrico le recorrió la pelvis. Lucrecia echó la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro entrecortado.
—Eres un peligro… —susurró ella, sintiendo cómo las rodillas le flaqueaban.
—Soy el único hombre que te hace sentir viva —corrigió él con voz áspera.
Gabriel no le dio tiempo a responder. Le tomó el rostro con la otra mano, clavando los dedos en su cabello oscuro, y le apretó la boca en un beso voraz, posesivo y hambriento. Lucrecia intentó mantenerse firme durante un segundo, pero al sentir la lengua de Gabriel invadiendo su boca, reclamando su sabor con una salvaje autoridad, su voluntad se desmoronó por completo.
Se aferró a los hombros anchos de Gabriel, devolviéndole el beso con la misma desesperación acumulada. Era un castigo y un oasis al mismo tiempo. Gabriel la empujó despacio contra la pared de madera de la casa de huéspedes, metiendo una de sus piernas entre las de ella para abrirle el paso.
La mano de él abandonó su cadera y se descoló por el escote del camisón, liberando uno de sus pechos. Los dedos cálidos y ágiles de Gabriel pellizcaron su pezón erguido, sacándole un gemido agudo a Lucrecia que él atrapó de inmediato con su boca.
—Mírate… —murmuró Gabriel contra su cuello, descendiendo a besos húmedos hacia su escote—. Estás hirviendo. Me deseas tanto como yo a ti.
—Ignacio puede llegar en cualquier momento… —alcanzó a decir ella, con la respiración entrecortada y los ojos nublados por la lujuria.
—Que llegue —respondió Gabriel con una sonrisa oscura contra su piel—. Que vea cómo su esposa se deshace en los brazos de su hermano porque él no supo qué hacer contigo.
Gabriel bajó la mano por el vientre de Lucrecia, colándose por debajo de la seda hasta encontrar su ropa interior. Estaba completamente empapada. Con un movimiento decidido, apartó la fina tela de encaje y deslizó dos dedos directamente entre sus labios carnosos y calientes.
Lucrecia ahogó un grito, aferrándose con fuerza a los brazos de él. Gabriel comenzó a frotar su clítoris con giros lentos y precisos, conociendo su anatomía como si la hubiera estudiado durante años. Cada presión de sus dedos le sacaba chispas a Lucrecia. El calor en su vientre se condensó en un punto ciego de placer puro.
—Dime que quieres que te meta adentro de nuevo —le exigió él al oído, aumentando el ritmo de sus dedos mientras su pulgar aplastaba el centro de su placer—. Dime que prefieres mi polla a su indiferencia.
—Sí… Dios, sí, Gabriel… —suplicó Lucrecia, perdiendo por completo la noción del peligro, la culpa y el lugar donde estaban.
Gabriel aceleró el movimiento de su mano, hundiéndole los dedos húmedos mientras la besaba con brutalidad para sofocar sus gemidos. La marea del orgasmo la alcanzó con una violencia aplastante. Lucrecia se convulsionó contra la pared, apretándose alrededor de los dedos de Gabriel mientras una ola de placer líquido e intenso le recorría las piernas, dejándola sin aliento y temblando entre sus brazos.
Cuando las contracciones comenzaron a ceder, Gabriel sacó la mano despacio, dejando a Lucrecia apoyada contra su pecho, jadeante y al borde de las lágrimas por la intensidad de lo que acababa de vivir.
Él le acarició la mejilla con ternura amarga, llevándose los dedos impregnados de su flujo a la boca para lamerlos lentamente frente a ella, ensanchando esa sonrisa peligrosa que la consumía.
—Esto solo fue un aviso, Lucrecia —susurró él, acomodándole la bata con cuidado—. La próxima vez no nos vamos a quedar en el porche. Te voy a llevar a mi cama y no te voy a dejar salir en toda la noche.
Lucrecia lo miró, incapaz de articular palabra, con el pulso desbocado y el cuerpo todavía vibrando por el orgasmo. Sin decir nada más, se dio la vuelta y corrió de regreso a la casa principal, sintiendo la mirada de Gabriel marcada en su espalda como una quemadura imborrable.
