Capítulo 5 Estoy Perdida

​Lucrecia cerró la puerta de la casa principal de un golpe sordo y se apoyó contra la madera, intentando que el pulso le dejara de retumbar en los oídos. La piel le ardía en los puntos exactos donde las manos de Gabriel la habían marcado, y entre las piernas conservaba la sensación líquida y punzante de un orgasmo que todavía le hacía temblar las rodillas.

​Subió las escaleras en penumbra, cuidando cada paso para no hacer ruido. Al llegar a su habitación, se quitó la bata y el camisón de seda, dejándolos caer al suelo como si estuvieran infectados. Se metió en la cama envenenada de culpa, pero con el cuerpo entero vibrando en una alerta absoluta.

​No habían pasado ni veinte minutos cuando escuchó el ruido sordo de un motor en la entrada principal.

​El auto de Ignacio.

​Lucrecia cerró los ojos y simuló estar profundamente dormida. Oyó los pasos pesados de su esposo subir la escalera, el chasquido de la puerta al abrirse y el olor a alcohol barato mezclado con un perfume dulce y ajeno que invadió la habitación de inmediato. Ignacio no se molestó en desvestirse en el vestidor; tiró el saco sobre una silla, se desató la corbata con torpeza y se metió en la cama al lado de ella.

​El contraste fue devastador. El cuerpo de Ignacio olía a traición y a descuido, mientras que a escasos metros de la mansión, en la casa de huéspedes, Gabriel olía a peligro, a deseo puro y a una posesión implacable. Cuando Ignacio intentó abrazarla por la espalda en un gesto inconsciente, Lucrecia tuvo que reprimir una arcada y se pegó al borde del colchón, contando los minutos hasta el amanecer.

​A las ocho de la mañana, la luz del sol inundaba el comedor principal. Lucrecia estaba sentada a la cabeza de la mesa, vistiendo un traje de dos piezas en tono crema, impecablemente peinada y maquillada para ocultar las ojeras. Sostenía una taza de café negro entre sus manos frías.

​Ignacio entró vistiendo su habitual traje oscuro de corte impecable, leyendo documentos en su tableta sin siquiera mirarla.

​—Buenos días —dijo él de forma mecánica, sentándose enfrente.

​—Buenos días —respondió Lucrecia, con la voz neutra, la misma máscara de serenidad que había llevado durante tres años.

​—Voy a llegar tarde hoy. Tengo una reunión con el comité ejecutivo y luego una comida de negocios —anunció él, haciendo una señal al servicio para que le sirvieran café—. Por cierto, hablé con Gabriel temprano. Le pedí que se encagara de revisar las auditorías de los activos familiares. Como él también es beneficiario indirecto del fideicomiso hasta que tú cumplas los treinta, estará metido en los papeles de la herencia de tu padre.

​Lucrecia casi derrama el café.

​—¿Gabriel va a revisar los documentos de mi padre? —preguntó, intentando mantener el tono controlado.

​—Tiene más experiencia en finanzas internacionales que los abogados —respondió Ignacio sin levantar la vista de la pantalla—. Además, es de la familia. Es mejor que el control se quede entre nosotros.

​En ese momento, los pasos firmes sobre el piso de mármol anunciaron la llegada del recién llegado.

​—Buenos días a todos —resonó la voz profunda de Gabriel.

​Lucrecia sintió un pinchazo helado en el vientre. Levantó la vista y lo vio avanzar hacia la mesa. Llevaba una camisa azul oscuro con las mangas dobladas hasta los antebrazos, dejando ver sus brazos fuertes, y los botones superiores desabrochados. Lucía descansado, imponente y ridículamente atractivo.

​Al cruzar la mirada con Lucrecia, una chispa de diversión perversa brilló en sus ojos oscuros.

​—Hermano. Lucrecia —saludó Gabriel, tomando asiento justo a la derecha de ella.

​El aroma de su colonia —el mismo que horas antes la había rodeado en el porche— la envolvió de inmediato. Lucrecia apretó los muslos por debajo de la mesa, sintiendo cómo un calor traicionero volvía a encenderse en su interior.

​—Estaba diciéndole a Lucrecia que hoy comienzas con la revisión de los fondos del fideicomiso —dijo Ignacio, dándole un trago a su taza—. Necesito que te asegures de que no haya filtraciones ni riesgos antes del cierre del trimestre.

​—Cuenta con eso —respondió Gabriel, sin despegar los ojos del rostro de Lucrecia—. Me tomo muy en serio la protección de los bienes... y de lo que le pertenece a esta familia.

​Gabriel estiró la mano para tomar la jarra de jugo de naranja. En el trayecto, rozó intencionalmente el dorso de su mano contra la pierna de Lucrecia por debajo del manteles largo de la mesa. El contacto fue breve pero tan cargado de intención que ella dio un leve respingo, a punto de soltar el tenedor.

​—¿Te pasa algo, Lucrecia? —preguntó Ignacio, levantando la vista por primera vez, con el ceño ligeramente fruncido.

​—No... nada. El café estaba un poco caliente —mintió ella rápidamente, sintiendo que las mejillas le ardían.

​—Atenta a lo que haces —se limitó a decir Ignacio con fastidio, volviendo a su tableta.

​Gabriel sonrió de lado, disfrutando abiertamente de la tortura. Sin que Ignacio pudiera notarlo desde su posición, Gabriel desplazó su pie por debajo de la mesa, buscando la pantorrilla de Lucrecia y subiendo despacio el roce de su zapato de piel por la tela de su pantalón hasta presionar suavemente entre sus rodillas.

​El atrevimiento era descarado, peligroso y absolutamente desquiciante. Lucrecia lo miró fijamente, suplicándole con la mirada que se detuviera, pero él solo sostuvo la atención con una calma provocadora, disfrutando de tenerla al borde del colapso a menos de un metro de su esposo.

​—Por cierto, Ignacio —dijo Gabriel con voz pausada, rompiendo el silencio—, estuve revisando la casa de huéspedes anoche. Es muy cómoda, pero el sistema de aire acondicionado del despacho no funciona bien. Necesito que Lucrecia me ayude a organizar algunos archivos impresos de tu padre que están guardados allí. Son documentos viejos que ella conoce mejor que nadie.

​Ignacio se levantó de la mesa, abrochándose el saco del traje.

​—Hazlo. Lucrecia no tiene nada importante que hacer hoy. Que te muestre dónde están las carpetas.

​Ignacio se acercó a Lucrecia, le dio un beso helado y distante en la coronilla sin mirarla, y caminó hacia la salida.

​—Los veo por la noche. No me esperen a cenar —dijo antes de que la puerta principal se cerrara tras él.

​El silencio volvió a apoderarse del comedor, pesado y sofocante.

​Lucrecia se puso de pie de golpe, encarando a Gabriel con la respiración agitada.

​—¿Estás loco? —susurró con rabia—. Nos pudo haber descubierto. Lo que hiciste debajo de la mesa...

​Gabriel se levantó despacio, rodeó la mesa con pasos felinos y se detuvo a centímetros de ella. Su presencia llenaba todo el espacio, aplastando cualquier intento de resistencia de Lucrecia.

​—Lo que hice debajo de la mesa no es nada comparado con lo que voy a hacerte en cuanto cruces la puerta de la casa de huéspedes —murmuró él, inclinándose hasta que su aliento cálido le rozó la oreja—. Tu marido acaba de darte la orden de ir conmigo. Y los dos sabemos que no vas a desobedecer.

​Lucrecia tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía desbocado en la garganta. La amenaza y la promesa en la voz de Gabriel la dejaron paralizada, atrapada en una red de dominación y deseo de la que no tenía la menor intención de escapar.

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