Capítulo 6 Loca De Deseo

Lucrecia caminó detrás de Gabriel por el jardín sin decir nada. El sol le daba en la cara, pero apenas lo sentía. Solo pensaba en lo que había pasado debajo de la mesa y en lo que él le había prometido.

Cuando llegaron a la casa de huéspedes, Gabriel abrió la puerta y la dejó pasar primero. En cuanto ella entró, él cerró con llave.

El ruido del seguro le heló la espalda.

—Los archivos están en el escritorio del fondo —dijo ella, intentando que la voz le saliera firme—. Podemos hacerlo rápido.

Gabriel no contestó. Se quedó mirándola un segundo y después se acercó despacio hasta quedar frente a ella.

—No viniste por los archivos, Lucrecia.

—Ignacio me mandó…

—Tu marido te mandó porque yo se lo pedí. Y vos viniste porque querías.

Ella abrió la boca para negarlo, pero él no le dio tiempo. La agarró de la cintura y la pegó contra su cuerpo. El beso fue inmediato, profundo y con ganas. Lucrecia se resistió solo un momento y después le respondió igual de necesitada. Le pasó los brazos por el cuello y se apretó más.

Gabriel la levantó sin esfuerzo y la sentó sobre la mesa del comedor. Le abrió las piernas con las rodillas y se colocó en el medio. Sus manos subieron por los muslos, debajo de la falda, hasta encontrar el borde de su ropa interior.

—Desde anoche que te debo esto —le dijo contra la boca.

Le bajó el interior de un tirón y lo tiró al piso. Lucrecia jadeó al sentir el aire entre las piernas. Gabriel se arrodilló frente a ella, le abrió más los muslos y le pasó la lengua de abajo hacia arriba, lento.

Ella se agarró fuerte al borde de la mesa. La lengua de él era caliente y sabía exactamente dónde tocar. Le chupó el clítoris suave al principio y después con más fuerza, metiendo dos dedos adentro al mismo tiempo. Lucrecia arqueó la espalda y soltó un gemido que no pudo aguantar.

—Gabriel… no podemos…

—Ya lo estamos haciendo —contestó él sin apartarse.

La chupó más rápido, moviendo los dedos adentro. Lucrecia sintió que se le iban las fuerzas. El orgasmo le llegó de golpe, fuerte, haciéndola temblar y apretar los muslos alrededor de su cabeza. Él no paró hasta que ella terminó de correrse, gimiendo y tirándole del pelo.

Cuando se levantó, tenía la boca brillante. Se limpió con la mano y la miró fijo.

—Ahora me toca a mí.

Se desabrochó el pantalón. Su polla salió gruesa, dura y ya húmeda en la punta. Lucrecia tragó saliva. Él la agarró de las caderas, la acercó al borde de la mesa y entró de una sola vez.

Ella gritó. Al principio le costó, pero enseguida se transformó en placer. Gabriel empezó a moverse fuerte y profundo. Cada embestida hacía crujir la mesa. Le subió la blusa, le bajó el corpiño y le agarró los pechos mientras la follaba.

—Mirá cómo te mojas para mí —dijo entre dientes.

Lucrecia solo podía agarrarse a sus brazos y gemir. El sonido de sus cuerpos llenaba la casa. Él le levantó una pierna más arriba, cambió el ángulo y empezó a dar todavía más fuerte. Ella sintió que se acercaba otra vez.

—Me voy a correr… —avisó con la voz rota.

—Correte —le ordenó—. Quiero sentirte.

Lucrecia se corrió por segunda vez, más fuerte que la primera, con la espalda arqueada y un grito ahogado. Gabriel la siguió casi al mismo tiempo, enterrándose hasta el fondo y soltando un gemido grave mientras se venía adentro de ella.

Se quedaron quietos unos segundos, respirando agitados. Él seguía adentro, todavía duro. Lucrecia tenía la frente apoyada en su hombro y las piernas temblando.

Gabriel le acarició el pelo húmedo y le habló al oído, con la voz ronca:

—Esto no se termina acá. Cada vez que tu marido se vaya, voy a quererte así. Y vos vas a venir.

Lucrecia no contestó. Sabía que tenía razón.

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