Capítulo 1 Nunca serás una mujer como yo
Florencia Pérez se miró en el pequeño espejo del baño de empleados, muy distinto a los lujosos con jacuzzi y baño de hidromasaje que poseían los huéspedes. Recogió su largo cabello negro en un rodete ajustado y prolijo, y se colocó el uniforme color celeste.
Suspiró pesadamente y le dijo a su cansado reflejo: “Tu puedes” como se decía cada mañana.
Tomó el quit de limpieza y subió en el ascensor hasta el último piso, donde estaban las habitaciones más caras del hotel, aquellas por las cuales no podría pagar ni una sola noche ni con un año de trabajo.
Entró con su llave maestra y el desastre le revolvió el estómago. Todo estaba revuelto, las sábanas estaban manchadas con quién sabe qué, botellas de alcohol mojando la fina alfombra y las cortinas, y miles de envoltorios de comida en todos lados menos en el cesto de basura.
Tragó saliva pesadamente, sería una mañana larga.
“Quizás si tengo suerte me dan una buena propina por esto”
De repente, un ruido proveniente del baño la asustó. Una mujer rubia, delgada y esbelta salió con una fina toalla rodeando su busto perfecto y sus largas y brillantes piernas.
-¡Lo siento!- Chilló de inmediato- Pensé que había solicitado la limpieza de la habitación.
-La solicité- Murmuró la mujer mirándola de arriba a abajo descaradamente.
-Yo… vengo más tarde- Florencia trató de huir en vano.
-No no… quiero que limpies mientras estoy aquí- La hermosa mujer se acostó en la cama y la miró divertida sacudiendo un fajo de billetes en su mano.
Florencia estaba roja de la vergüenza, pero necesitaba el dinero, así que se tragó sus sentimientos y se agachó en cuatro patas para fregar la alfombra. De repente, sintió la luz de un flash y una risita divertida a su espalda.
-Es increíble el gran trasero que tienes… ¿Cómo haces para entrar por la puerta? Después dicen que la gente pobre se muere de hambre ¡Deberían verte a tí entonces!- Rió a carcajadas. - Mis amigas tienen que ver esto.
Sus ojos se llenaron de lágrímas. Estaba acostumbrada a que miraran su cuerpo con asco, especialmente los hombres. Jamás eran miradas de deseo, nunca nadie la había mirado como miraban a mujeres como la rubia que se estaba burlando de ella.
Florencia era una mujer gorda. Si, aunque le costaba admitirlo eso era lo que era. Desde pequeña había sido rellenita, y cuando entró a la adolescencia todo empeoró. Sus caderas se ensancharon, al igual que sus muslos y sus brazos. Sus pechos crecieron demasiado, al igual que su vientre.
Quizo hacerse pequeña y desaparecer, pero no podía, ni por su gordo cuerpo y porque tenía que terminar el desastre para ganarse el pan y la propina.
Las risas y las buras siguieron.
“Deberías cerrar la boca si quieres verte como yo” “¿No te da vergüenza estar así?” “Así jamás conseguiras a un hombre de valor”
“Ignórala” Se dijo a sí misma. “Recuerda por qué soportas estas humillaciones” Florencia pensó en su familia, en sus amados padres ya mayores, y en su amado hermanito que estaba enfermo y necesitaba de toda su ayuda.
“Lo hago por tí Mateo” Pensó mientras fregaba con fuerza el piso.
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Se hizo el mediodía cuando dejó la habitación brillando. Guardó la propina en su bolsillo no sin antes recibir otro comentario de la hermosa mujer.
“Jamás serás como yo”
Le dolían las rodillas de tanto estar agachada y ni hablar de su cintura. Necesitaba tomarse un descanso antes de seguir con la proxima habitación, pero primero necesitaba hablar con su jefe. No pudo evitar sonreír, había llegado el día que tanto había estado esperando: El día de su ascenso, su jefe le había prometido que para el verano la ascendería a gerente del área de limpieza, un puesto que se merecía. Nadie limpiaba igual que ella.
Tocó la puerta de la oficina antes de entrar tímidamente.
-Buenos días señor-
Su jefe era un hombre mayor, bronceado, con una calvicie prominente que ocultaba con tres pelos de un lado al otro. El olor a cigarrillo era insoportable.
-Buenos días Flor- Dijo con su sonrisa amarillenta.
-No quiero quitarle mucho tiempo señor. ¿R-Recuerda que usted dijo que volveríamos a hablar de mi aumento en el verano?
-Si…- dijo encendiendo un cigarrillo.
-Bueno… ya es verano- Sonrió nerviosa- He trabajado aquí por más de cinco años… c-creo que merezco el puesto de gerente de limpieza y…
-Lo tendrás-
Florencia no esperaba que fuera tan fácil -¿E-En serio? ¡Gracias señor no se va a arrepentir!- exclamó emocionada.
-Claro que lo tendras…- murmuró moviendo su silla lejos del escritorio- Pero como sabes… uno debe ganarse las cosas… nada es gratis- El hombre golpeó su regazo de forma divertida. Una sonrisa grotesca se dibujó en sus labios.
-N-No entiendo señor- dijo alejando su mirada de la mirada lasciva de su jefe.
-Sé que te humillan por tu cuerpo Florencia….- La joven se puso roja de la vergüenza. ¿Por qué estaba hablando de eso ahora?- Yo jamás lo haria… me encantan las mujeres grandotas… que tienen mucho donde agarrar- Se relamió hambriento.
-No sé qué tiene que ver…-
-¿Eres hermosa pero un poco tonta, verdad? Lo que tienes de culo te falta de cerebro- dijo perdiendo la paciencia- ¿Quieres el estúpido puesto de gerente? Entonces ten una cita conmigo, linda… O mejor aún… tengámosla en mi oficina.
Florencia se sintió asqueada. No solo por la mirada que prácticamente estaba perforando su uniforme, sino por el olor nauseabundo de la habitación. Tan solo imaginar esos labios con sabor a tabaco le dieron ganas de vomitar- J-Jamás haría algo sí…- apenas pudo decir con un nudo en la garganta.
De repente, el rostro divertido del hombre se tornó sombrío- La habitación 27 necesita una buena limpieza, el huésped vomitó en la alfombra, apúrate, no quiero quejas.
Florencia estaba congelada en su lugar. Todos sus sueños se habían hecho trizas. Había imaginado lo que haría con el aumento de sueldo: Pagar los medicamentos de su hermanito, una nueva cocina para su mamá y hasta el arreglo del coche para su padre.
-¿Qué esperas? ¡Vete de mi vista!
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-Es un asco- dijo su compañera apretándose la nariz- Te recomiendo que no respires por la nariz.
Florencia suspiró pesadamente tomando valor para entrar al cuarto. Tuvo arcadas de inmediato, pero cerró los ojos y lo aceptó. Esta era su vida, y lo seguiría siendo.
Rió con amargura y sus lágrimas mojaron la sucia alfombra. El puesto de gerente había sido su última esperanza. Nadie la salvaría de su miserable destino, estaba sola en esto. Así que se cologó los guantes de goma y comenzó a fregar la suciedad de los millonarios asquerosos.
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Al otro lado del mundo. En la última oficina de uno de los rascacielos más altos de Europa, una decena de empresarios festejaba un nuevo negocio millonario.
-¡Un brindis por John Connor!- exclamó un empresario levantando su copa.
Todos cocharon sus copas, silvaron y aplaudieron al apuesto millonario que estaba rodeado, de cada lado, de mujeres hermosas y esbeltas.
-No es para tanto- Sonrió brillántemente, disfrutando de ser el centro de atención.
-Has ampliado el negocio hacia latinoamérica ¡Si es para tanto!- Festejó otro.- Va a ser un éxito, vamos a ganar millones y recuperar lo invertido en semanas.
John observó orgulloso la maqueta de su lujoso conglomerado que planeaba construir en una zona turística. Eran más de 200 departamentos con todo incluído, ni siquiera era necesario bajar al pueblo, los huéspedes tendrían todo servido: Bar, supermercado, banco, clínica, spá, piscina, gimnasio, todo lo que pudieran imaginarse.
-Y dime John… ¿Cómo harás con la gente que vive en esos terrenos?-
La zona era perfecta, pero los ingenieros le advirtieron que allí vivían unas diez familias, con hijos y hasta nietos.
John sonrió divertido- Nada que un par de billetes no los convenzan. Son familias que viven en la miseria, en casas de chapa. Y si no aceptan, nada que un viento fuerte no pueda resolver.
Todos comenzaron a reír con fuerza.
-Eres muy divertido Johnny- Ronroneó la mujer colorada de grandes pechos.
-Si, nos haces reír mucho- Susurró a su oído la delgada rubia que se colgó de su hombro.
-Tengo muchos más chistes para ustedes, hermosas ¿Por qué no seguimos la fiesta en mi suite?- Las chicas se sintieron entusiasmadas.
Que John Connor se acostara con ellas era un paso al éxito. El joven multimillonario era conocido por ser muy exigente con las mujeres. No le gustaban ni muy esqueléticas ni muy gordas, ni que tuvieran manchas en la piel, celulitis y menos granos. Las buscaba perfectas: altas, de piernas largas y brillantes, vientres planos y pechos levantados. Si lograban entrar en ese target, entonces significaba que eras la mujer perfecta.
Antes de salir con las hermosas mujeres, John se dirigió con una mirada fría a su secretario- Prepara mi vuelo para mañana temprano, tengo que ver con mis propios ojos el terreno- Dijo con desprecio.
La sola idea de pisar con sus zapatos de 100 mil dólares las calles de barro de ese pueblo le daba asco.
