Capítulo 9 No soy igual a los demás
El día podía ser el peor de todos, pero cuando visitaba a su hermanito, nada más importaba. -Hola Mateo-
Un pequeño delgado y pálido postrado en una cama de hospital giró su mirada cansada hacia la dulce voz. Apenas la reconoció, sonrió- ¡Florencia!-
-Tranquilo, te vas a lastimar- Dijo acercándose a la cama. Lo abrazó con cuidado, temiendo lastimarlo, ya que su hermanito estaba conectado a varios cables y los tratamientos fallidos lo habían debilidato- ¿Cómo estuvo hoy?-
-Bien, mami estuvo todo el día, estuvimos jugando y haciendo la tarea- dijo haciendo un puchero- También vinieron unos payasos-
-¿Unos payasos?- dijo emocionada.
-¡Siii!- dijo sonriente- Mamá nos sacó una foto.
-Que bueno Mateo…- Florencia peinó los cabellos del niño y sintió que todos sus problemas se iban de su cuerpo- Pronto vas a salir y vamos a ir a todos lados juntos.
-¿Lo prometes?-
Florencia se mordió el labio con fuerza. Ella aún tenía fe de que su hermanito iba a salir de esto, que pronto podría ir a la escuela y tener una vida normal como todos los demás niños. Por eso tenía que soportar, lo tenía que hacer por él- Lo prometo cariño.
Mateo sonrió- ¿Puedes quedarte hoy? No me gusta cuando apagan las luces…- Dijo haciendo un puchero.
¿Cómo podía decirle que no? Sabía que quedarse sentada al lado suyo sería doloroso para su cuerpo ya cansado. Pero como apenas podían pagar una habitación normal, esta no venía con una cama adicional para familiares- Claro… Yo te cuido mientras duermes.
—
La noche fue insoportable, en algún momento de la madrugada se quedó dormida sobre la silla. Pero cuando despertó, a eso de las seis de la mañana, se sintió como si no lo hubiese hecho. Florencia se estiró como pudo, y todas sus articulaciones se quejaron. Tenía que salir ya hacia el trabajo si quería llegar a horario, ya que el hospital estaba más lejos que su casa. Con cuidado, besó la frente de Mateo que dormía plácidamente y salió de allí sin hacer ruido.
-Señorita Pérez-
Florencia se detuvo en seco- Buenos días doctor. ¿Hay novedades de mi hermano?
-¿Tiene unos minutos?-
No, no tenía unos minutos, si se quedaba más tiempo iba a llegar tarde. -Si, claro doctor.- dijo sin más remedio.
Entraron a su oficina. Se movió impaciente en el asiento mientras observaba el reloj de pared. Necesitaba llegar a tiempo si quería mantener el presentismo y por lo tanto el bono. -¿Todo está bien doctor?-
El hombre acomodó el historial clínico de Mateo antes de hablar- Se encuentra estable, ha estado comiendo con total normalidad, aunque está muy débil para levantarse… El último tratamiento no fue del todo un éxito, pero hemos avanzado…
-¿Qué debemos hacer doctor?-
-Voy a tener una junta médica sobre el caso de Mateo, pero creo que debemos intentar otro tratamiento. Descartar todas las posibilidades.-
-Haga lo que sea necesario para curar a mi hermanito, doctor- Dijo con un nudo en la garganta.
El hombre asintió- El valor de los tratamientos…
-No se preocupe por eso, mi familia y yo nos vamos a encargar de todo- Florencia se levantó del asiento y estrechó su mano con la del hombre antes de salir de la oficina.
Ahora más que nunca, tenía que mantener su empleo.
—
Florencia llegó con el corazón en la garganta, el rostro rojo y sudor en todo su cuerpo. Apenas había llegado unos minutos tarde. Se movió escurridiza por la entrada de empleados. No parecía haber nadie a la vista. Apresurada, se puso su uniforme, se peinó y lavó su rostro sin maquillaje. No había tiempo para desayunar.
“No es como si lo necesitaras” Le dijo la voz cruel en su cabeza.
Se movió apresurada hacia el piso asignado.
-Florencia-
-Buenos días, señorita gerenta- Dijo manteniendo la calma.
“Que no se dé cuenta que acabo de llegar”
-La última habitación del primer piso solicitó la limpieza a las diez-
-Si, justo iba hacia esa habitación- Mintió.
La mujer asintió, y para su suerte se fue.
Florencia suspiró pesadamente. Tomó el pesado balde, el kit de limpieza y se dirigió a la habitación. Sintió su cuerpo cansado, adolorido y también estaba algo mareada. El día anterior no almorzó debido al altercado con sus compañeras, había llegado demasiado tarde para cenar en el buffet del hospital y se había saltado el desayuno para no llegar más tarde.
“Quizás tengas suerte y bajes un kilo” Le dijo la vocecita de su cabeza.
Llegó a la puerta de la habitación y dio dos golpecitos antes de entrar- Buenos días, servicio de limpieza- Cuando entró, se quedó congelada. Parpadeó varias veces, creyendo que se trataba de un juego de su mente cansada. Pero no, allí estaba John Connor, sentado en el pequeño escritorio de la habitación.- ¿Qué haces aquí?- Dijo con más dureza de la que pretendía.
John levantó su rostro y le sonrió- Buenos días-
Florencia estaba furiosa. ¿No podía tener un día en paz?- S-Será mejor que pida el cambio a otra empleada- dijo tratando de mantener la calma, tratando de que las imágenes de lo que había pasado en el ascensor no la confundieran.
Se suponía que no lo iba a ver más. Que cambiando a las habitaciones comunes iba a tener suficiente de los hombres problemáticos como él. Había sacrificado una parte de su sueldo por eso, pero ahora estaba allí, mirandola con su estúpido y apuesto rostro.
-No hace falta, usted puede hacer su trabajo mientras yo hago el mío- John giró su rostro hacia los papeles que tenía sobre la mesita. Parecía realmente concentrado.
¿A qué estaba jugando? Florencia estaba completamente desconcertada. Pero cuando notó que realmente no iba a acercarse a ella, dejó el balde en el suelo y comenzó su rutina. Limpió en silencio cada rincón, mientras John leía en silencio como si no estuviera allí. En parte fue un alivio, pero no pudo negar que una parte de ella se sintió decepcionada de la inesperada distancia.
La puerta sonó. “Desayuno” Se escuchó del otro lado. John se levantó de inmediato y se dirigió a la puerta ignorándola completamente.
Florencia se sintió una idiota al esperar que pasara algo más.
“Está jugando contigo” Sintiendo un vuelco en su corazón, tomó un trapo para lustrar el vidrio del ventanal. El dulce aroma del desayuno le hizo rugir la panza. Estaba muerta de hambre.
Escuchó a su espalda las ruedas del carrito del desayuno arrastrándose por la habitación. No quería girarse, necesitaba terminar de limpiar el vidrio para poder irse cuanto antes. Puso un pequeño banquito para llegar a la parte más alta y se subió. Pero de pronto, sintió que el cansancio le pasaba efecto. Sus piernas se sintieron débiles, sus rodillas flaquearon y su vista comenzó a nublarse. No tuvo tiempo de bajarse del banco, cuando su cuerpo la abandonó.
Florencia hubiese caído de lleno al piso, de no ser por las fuertes manos de John sosteniendola de sus hombros- ¿Estás bien?-
Florencia parpadeó confundida. Frente a ella estaba el hermoso rostro cargada de preocupación de ese hombre. Sintió sus manos firmes contra su cuerpo, sin quejarse de que todo su peso estaba contra él.
-S-Si solo me maree… gracias- dijo tratando de alejarse de su agarre.
-¿Desayunaste?- dijo preocupado.
Florencia no tuvo tiempo de mentir, cuando su propio estómago la delató rugiendo con fuerza retumbando en el silencio de la pequeña habitación.
Estaba avergonzada, su rostro se puso rojo al igual que sus orejas. Antes de poder decir algo, John la sentó en la cama y acercó el carrito del desayuno, tomó la taza de café y le sirvió una cantidad generosa. -Elige lo que quieras y come…
-No, yo no debería…
-Por favor… no puedes estar trabajando sin comer. - Su voz sonó preocupada. No parecía el mismo hombre furioso del día anterior, parecía uno más dulce, genuinamente preocupado por ella.
Florencia aceptó la taza de café, especialmente porque no quería que notara el temblor en sus manos. John la observaba fijamente, controlando que realmente comierda algo. -Debería irme- dijo cuando terminó la infusión y una tostada con queso.
Se sintió mejor, con más energía. Realmente estaba agradecida por el gesto.
John no la detuvo cuando se levantó, en cambio, la observó mientras tomaba sus cosas. Pero antes de salir, dijo algo que la desconcertó.
-No quiero que pienses que soy igual que los demás, Florencia-
