Capítulo 1 Vacas raras

—Todos se fueron y parece que va a llover —dice Josué mientras señala el cielo con un dedo—. ¿Vamos a mi habitación?

Levanto una ceja al percibir el tono pícaro de su propuesta.

Está claro que con él iría adonde me dijera. Al río, al bosque, al fin del mundo o, si se pone creativo, hasta el mismísimo infierno. Lástima que tenga novia y que mi conciencia haya decidido recordármelo precisamente ahora.

Asiento antes de que mi dignidad pueda intervenir.

Josué toma mi mano con una delicadeza que no estaba incluida en el trato. Mi corazón reacciona como si ese contacto significara algo más y empieza a golpearme el pecho sin consideración alguna.

Maldito traicionero.

Se supone que ya habíamos hablado de esto. Bueno, yo había hablado conmigo misma, pero cuenta como conversación. Habíamos acordado dejar de sentir tantas cosas por alguien prohibido.

El césped de la finca acaricia mis pies mientras avanzamos hacia la casa. Cuando llegué, la consideré una finca humilde. Claramente estaba padeciendo algún problema de visión, porque el terreno parece no terminar nunca y uno podría perderse únicamente intentando encontrar las pesebreras.

Las primeras gotas caen sobre nosotros.

—Corre —dice Josué.

—Eso hago.

—Así no se corre, Soraida.

—Déjame, estoy protegiendo mi dignidad.

—Pues se te está mojando.

Le doy un empujón y él se ríe. Aceleramos el paso hasta alcanzar la casa. Josué abre la puerta y entramos justo cuando la lluvia empieza a golpear el techo con fuerza.

—Uy, por poco nos mojamos —digo mientras intento recuperar el aliento.

—Tienes agua aquí.

Se acerca y señala mi mejilla.

—¿Dónde?

En lugar de responder, pasa el pulgar por mi piel para retirar una gota. El gesto es sencillo.

Entonces, ¿por qué siento que el corazón quiere salírseme?

Josué no aparta inmediatamente la mano. Me observa con una intensidad que me obliga a contener la respiración. Hay algo diferente en sus ojos. No sabría explicar qué es. Quizá la escasa luz de la habitación hace que se vean más claros o puede que yo esté perdiendo la razón por culpa de la cercanía.

Cualquiera de las dos opciones resulta preocupante.

—Ya está —murmura.

—Bien.

Ninguno se mueve.

La lluvia golpea las ventanas y el viento hace crujir alguna puerta en el interior de la casa. Debería apartarme. También debería recordarle que tiene novia, buscar otra habitación o lanzarme por la ventana.

Sin embargo, permanezco frente a él.

—Andas chistosito —digo, intentando disimular los nervios.

—¿Por qué?

—No sé. Estás extraño.

—Siempre soy extraño.

—Pero me refiero a extraño de extraño.

Una media sonrisa aparece en su rostro.

—Tal vez tú estás más pendiente de mí.

Directo al hígado.

—No te emociones, dulzura.

Intento pasar a su lado, pero Josué todavía sostiene mi mano. Miro nuestros dedos entrelazados y luego lo miro a él.

—¿Piensas soltarme?

—Si quieres.

Ese es el problema. No sé si quiero.

Su expresión cambia como si hubiese escuchado mi pensamiento. Seguro mi cara me delató. Siempre he sido pésima ocultando lo que siento, especialmente cuando Josué decide mirarme como si yo fuera la única persona presente en el universo.

Él da un paso hacia mí.

Yo debería dar uno hacia atrás.

No lo hago.

—Josué —advierto.

—Soraida.

—Tienes novia.

La frase cae entre nosotros con más fuerza que la lluvia.

Josué aprieta la mandíbula y finalmente deja libre mi mano. El calor que me transmitía desaparece tan rápido que casi me arrepiento de haber hablado.

Casi.

—Sí —responde.

—Pues no parece.

—Ya lo recordé.

—Eso es bueno.

Me alejo y examino la habitación para ocuparme en algo que no sea observarlo. Hay una cama perfectamente tendida, un armario de madera, una silla playera que no combina con nada y un televisor antiguo ubicado sobre una mesa.

—¿Por qué tienes una silla playera dentro del cuarto?

—Para las visitas incómodas.

—Perfecto. Es justamente lo que necesito.

Me siento en ella y cruzo los brazos. Josué permanece cerca de la puerta, observándome. Parece molesto, aunque no sé si conmigo o consigo mismo.

Un trueno hace vibrar las ventanas.

De algún lugar afuera llega un sonido grave. Podría ser un perro, aunque no conozco perros capaces de producir un gruñido tan profundo.

Miro hacia la ventana.

—¿Escuchaste eso?

—Un trueno.

—Hasta ahora escucho un trueno rugir.

Josué se tensa apenas un instante, pero enseguida recupera la tranquilidad.

—En esta finca se oyen muchas cosas cuando llueve.

—Qué explicación tan convincente.

Me pongo de pie y me acerco a la ventana. El agua cae con tanta intensidad que apenas distingo el camino por el que llegamos. Más allá se encuentran los árboles, convertidos ahora en sombras que se agitan con el viento.

Algo se mueve entre ellos.

Entrecierro los ojos.

—Josué, creo que vi…

Él aparece detrás de mí y cierra la cortina de golpe.

—No hay nada.

—Ni siquiera sabes qué iba a decir.

—Probablemente sea una vaca.

—¿Una vaca escondida en el bosque?

—Las vacas son raras, Soraida.

Me giro para enfrentarlo. Está tan cerca que debo levantar la cabeza para mirarlo.

—Eres un pésimo mentiroso.

—Si, pero en este momento me gustaría mentirte de otra forma.

Nos quedamos en silencio. Otra vez esa expresión extraña atraviesa su rostro. Sus ojos parecen diferentes, más intensos, pero el cambio desaparece antes de que pueda estar segura. Debe de ser un efecto de la tormenta.

O de mis nervios.

Josué acerca una mano, como si quisiera tocar mi rostro nuevamente, pero se detiene a mitad del camino.

—Deberías mantenerte alejada del bosque mientras estés aquí.

—¿Por las vacas misteriosas?

Su boca amenaza con formar una sonrisa.

—Lo digo en serio, Soraida.

—¿Hay algún animal peligroso?

—Algo así.

—¿Un tigre?

Antes de que responda, unas botas golpean el suelo del corredor. Josué se aparta tan rápido que parece culpable del crimen que cometieron en el pueblo. Enciende el televisor, pero no se escucha nada.

La puerta se abre y su madre entra hablando con la potencia de un micrófono andante.

—Ole, Josué, ¿y Soraida?

Me incorporo.

—Aquí estoy, señora.

—Ah, hola, mamita. ¿Qué están haciendo?

—Viendo cine mudo —responde Josué con absoluta seriedad.

Miro el televisor. Aparecen dos hombres discutiendo sin sonido.

—Muy interesante, por cierto —añado.

La mujer se sienta en el borde de la cama, embelesada con la pantalla.

—A mí me encanta. No me pierdo ningún episodio, excepto hoy, que la lluvia nos hizo regresar.

Touché.

Permanezco en la silla playera, fingiendo atención mientras Josué se apoya contra la pared. Nuestras miradas se encuentran durante un segundo.

Esta vez no parece divertido.

Parece preocupado.

Otro gruñido llega desde el exterior, oculto bajo el estruendo de la lluvia. La madre de Josué continúa observando el televisor como si no hubiese escuchado nada.

Yo miro hacia la ventana.

Josué niega lentamente con la cabeza, ordenándome en silencio que no pregunte.

Qué familia tan rara.

Y pensar que mi mayor preocupación, hasta hace unos minutos, era que Josué tenía novia.

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