Capítulo 2 Sonámbulo
Cierro los ojos, respiro profundamente y cuento ovejas.
Una.
Dos.
Tres.
En la número siete, la oveja tiene la cara de Josué.
Abro los ojos de inmediato.
—Esto ya es una enfermedad —murmuro.
La habitación está oscura y hace un calor insoportable, aunque afuera continúa lloviendo. Me retiro la sábana, doy media vuelta y entierro la cara en la almohada. Mala idea. Ahora recuerdo la forma en que Josué me miró antes de que su madre entrara en la habitación.
No fue una mirada normal. Tampoco fue amistosa.
Y definitivamente no debería estar pensando en ella, porque él tiene novia.
Me siento sobre la cama.
—Tiene novia —le recuerdo a mi corazón—. Novia. Una mujer que probablemente sabe su dirección, conoce a su familia y podría enterrarme en alguna parte de esta finca sin que nadie encuentre mi cuerpo si se entera que me gusta mi amigo.
Mi corazón no parece impresionado.
Reviso el teléfono. Son casi las doce y todavía no consigo dormir. Además, tengo la garganta seca. Me pongo de pie, busco algo que me proteja del frío y salgo de la habitación.
Encontrar la cocina resulta más difícil de lo esperado.
Esta finca posee más corredores que un hospital y más puertas que mi curiosidad. Después de equivocarme dos veces y entrar por accidente en un cuarto lleno de herramientas, encuentro una salida que conduce hacia una construcción pequeña.
Espero que sea la cocina.
Si termino en las pesebreras, al menos podré preguntarles a los caballos dónde guardan el agua.
Doy unos pasos.
Algo se mueve detrás de mí.
—¿Qué pensamien…?
Intento gritar, pero una mano cubre mi boca. Mi corazón se lanza contra mis costillas mientras alguien me atrae hacia atrás.
—Shh. Soraida, soy yo.
Reconozco la voz de inmediato.
Josué.
El miedo desaparece, pero es reemplazado por otro tipo de nerviosismo que tampoco me conviene, Dios. Es mi primer día aquí y ya me estoy volviendo loca. Mejor no hubiese aceptado estas vacaciones.
—Voy a soltarte —susurra—. No grites.
Asiento.
Cuando retira la mano, me giro dispuesta a reclamarle. Las palabras mueren antes de salir. Josué está despeinado, respira con dificultad y tiene barro en el borde del pantalón. Me arrepiento enseguida de mirar hacía allí porque está sin camisa y la v de su abdomen se lleva mucha más atención que el barro.
También está descalzo.
—¿De dónde vienes?
—De ninguna parte.
—¿Y en ninguna parte está lloviendo barro?
Josué baja la mirada hacia su ropa.
—En realidad, no podía dormir.
—Qué casualidad. Yo tampoco.
Un ruido grave llega desde las pesebreras. Josué gira la cabeza inmediatamente, con una rapidez que me resulta extraña. Durante un instante, su expresión deja de ser la del muchacho bromista que conozco.
Parece la de un animal que acaba de detectar una amenaza.
Luego vuelve a mirarme y sonríe.
—Vamos por tu agua.
No sé qué me inquieta más: el ruido que proviene de la oscuridad o la seguridad con la que Josué sabe exactamente qué lo produjo pero no dice nada.
Caminamos muy cerca del otro, y trato de grabar en mi memoria el camino para no volver a perderme. Cuando llegamos caigo en la cuenta de que pasé por la cocina dos veces cuando la estaba buscando.
—Toma —Josué me tiende un vaso lleno de agua.
—Gracias.
El líquido cae en mi garganta y alcanzo a escuchar como hace una breve efervescencia por lo reseca que la tenía. Le devuelvo el vaso a Josué quien no ha quitado sus ojos de mí. Sirve más agua en el mismo vaso, y empieza a beber. Parece muy sediento, como si hubiese corrido por mucho tiempo.
—Umm… Delicioso —. dice Josué terminando de beber.
—Sí, te miras muy delicioso.
Josué alza una ceja y una sonrisa ladina se alza en su rostro.
Mierda. ¿En serio lo dije en voz alta?
Siento mis mejillas arder.
—¿Quiere probar si estoy delicioso?
Sí.
—Hablo del vaso. Josue. El agua que tenía el vaso estaba muy deliciosa —aclaro.
Él rodea la mesa que nos separa y se pone frente a mí. Doy un paso hacia atrás pero no tengo hacia donde correr, se puede decir que estoy entre la espada y la pared, o bueno… entre la mesa y la espada.
—¿Qué haces? —pregunto enfrentándolo.
Pongo mis manos como barrera entre los dos. Error. La posición hace que queden sobre sus pectorales.
—¿No te gustaría probarme? —Ya el calor que el agua había quitado se volvió a colar pero esta vez en partes que no debería estar.
—Yo…
Sonríe.
—Porque yo me muero por probarte a tí.
Tranquilízate Soraida. Respira. Llama a una ambulancia. Novia. Prohibido.
Imposible pensar en esta situación.
—No sabes hace cuanto muero por besarte —susurra mirando mis labios.
Mi mirada también va a los de él. ¿Qué podría perder? Él a su novia y yo, pues, ¿Mi dignidad?
—Deberíamos alejarnos.
—Sí no es para decirme que te bese, entonces no hables —suelta autoritario en un ronroneo.
Se aleja un poco y por fin puedo respirar. O no.
Me sorprendo cuando sus manos van a mi cintura y su rostro se mete en mi cuello. Su respiración allí hace que se me erice la piel.
—Alguien podría vernos —titubeo cuando deja un pequeño beso húmedo en el lugar. Creo que estoy a punto de enloquecer. Para bien o para mal.
—A está hora nadie está despierto, tranquila, Soraida. Pero si sigues hablando, tal vez los despiertes —deja otro beso pero esta vez, en mi clavícula.
Cuando Josué está a punto de besar mis labios, alguien entra a la cocina. No sé de donde saco la fuerza, pero logro empujarlo a tiempo para que no nos vean tan juntos, pero eso hace que él se pegue contra el otro extremo de la cocina y suelta un quejido.
—Buenas noches muchachos.
Es el papá de Josué que alterna su mirada entre los dos.
—Buenas noches, señor —saludo apenada.
Siento la mirada de Josué sobre mí pero evito mirar hacia él. Aún siento sus labios sobre mí.
El papá de Josué nos mira con una tranquilidad sospechosa y dice:
—Les voy a dar un consejo y después me voy: vivan como si mañana fuera el último día que van a pisar esta tierra —mira hacia un punto indefinido —. No se echen a morir por un amor perdido, como hizo mi hijo mayor. Sean felices, disfruten, rían, besen y quieran a quien les dé la gana, porque uno nunca sabe cuándo se le acaba el tiempo. En fin, muchachos, vivan.
Y así mismo como entra sale de la cocina.
—¿Qué? —arrugo las cejas.
—Es sonámbulo —. Es lo único que dice Josué.
