Capítulo 3 No es sonámbulo
El desayuno está delicioso.
O eso supongo, porque tengo el estómago tan cerrado que apenas he probado la arepa que la mamá de Josué puso en mi plato.
No es por Josué.
Bueno, sí es por él, pero principalmente por su papá, que no ha dejado de mirarme desde que me senté en esta mesa.
Primero me mira a mí, luego mira a Josué y finalmente, se ríe por lo bajo.
Intento ignorarlo y tomo un poco de chocolate, pero vuelve a hacerlo. Me mira, mira a su hijo y una sonrisa extraña se apodera de su rostro, como si recordara algo muy divertido.
Algo ocurrido anoche, para ser más exacta.
Bajo la taza lentamente.
Este señor no estaba sonámbulo.
Miro a Josué por el rabillo del ojo. Está sentado a mi lado comiendo huevos revueltos con toda la tranquilidad del mundo. Ni siquiera parece preocupado porque su papá posiblemente nos haya visto demasiado cerca en la cocina.
Yo todavía puedo sentir la vergüenza recorriéndome el cuerpo.
Él, en cambio, come.
Qué descaro.
Lo golpeo suavemente con la rodilla por debajo de la mesa.
—¿Qué? —pregunta en voz baja.
Inclino la cabeza en dirección a su papá.
—Nos está mirando.
Josué alza la vista.
Su padre le sonríe y luego toma un sorbo de café como si nada hubiese ocurrido.
—Él siempre mira así —murmura Josué.
—¿Como si supiera nos culpara por matar a alguien?
—No hemos matado a nadie.
—Aún.
Una pequeña risa sale de su boca y sigue comiendo. Yo también intento hacerlo, pero cuando llevo la arepa hacia mis labios, vuelvo a sentir la mirada del señor sobre mí.
La dejo otra vez en el plato.
Entiendo que estoy de visita y que quizá quiera asegurarse de que me siento cómoda, pero esta no es la mirada de alguien preocupado por mi comodidad. Esta es la mirada de alguien que conoce un chisme y se está divirtiendo demasiado guardándolo.
Además, me resulta imposible mirar a Josué sin recordar la noche anterior.
Mala idea.
Siento otra vez sus manos en mi cintura y su respiración cerca de mi cuello. Recordarlo estando frente a toda su familia se siente incorrecto.
Muy incorrecto.
Novia, Soraida.
Tiene novia.
Aunque él parece olvidarlo con demasiada facilidad y yo tampoco estoy haciendo un gran trabajo recordándoselo.
—¿Durmieron bien? —pregunta de repente su papá.
Me atraganto con el chocolate.
Empiezo a toser y Josué me da varias palmadas en la espalda. No sé si agradecerle o apartar su mano, porque el simple contacto consigue que recuerde más cosas de las necesarias.
—¿Estás bien, mamita? —pregunta su mamá.
Asiento mientras recupero la respiración.
—Sí, señora. El chocolate se fue por otro lado.
—Hay que beber despacio —aconseja el papá de Josué.
Lo miro.
Él sonríe.
Aquí hay una indirecta. No sé cuál es, pero la hay.
—Yo dormí perfectamente —continúa el señor mientras corta un pedazo de arepa—. No me levanté ni una sola vez durante toda la noche.
Josué deja de masticar.
Lo miro.
Él mira a su papá.
El papá de Josué nos mira a ambos y vuelve a concentrarse en su plato, aunque puedo ver cómo intenta contener la risa.
Este hombre está jugando con nosotros y lo está disfrutando.
—Pensé que era sonámbulo —digo antes de poder detenerme.
La mamá de Josué arruga el entrecejo.
—¿Él? Nunca. Duerme como un muerto.
Silencio.
Giro despacio hacia Josué.
El mentiroso evita mirarme y se lleva un trozo de arepa a la boca.
—¿No que era sonámbulo? —le pregunto.
—Debiste entenderme mal.
Mis ojos se abren.
—¿Entenderte mal? Dijiste exactamente: Es sonámbulo.
—Quizá estaba medio dormido cuando lo dije.
El papá de Josué suelta una carcajada, y la mamá lo observa sin comprender qué es tan divertido. Yo quisiera compartir su ignorancia. Sería más feliz si no supiera que el señor estaba completamente despierto cuando entró en la cocina.
Debió darse cuenta de todo, de la distancia poco convincente entre Josué y yo. De mi cara.
Sobre todo de mi cara, porque la disimulación no es uno de mis talentos.
Le doy una patada a Josué por debajo de la mesa.
—¡Ay! —se queja.
Toda su familia nos mira.
—¿Qué pasó? —pregunta su mamá.
—Algo me picó.
—Debe ser algún animal de la finca —respondo con la sonrisa más dulce que consigo formar.
Josué me mira con los ojos entrecerrados.
—Los animales de esta finca son muy agresivos.
—Solo cuando los engañan.
Su papá vuelve a reírse.
—Tranquila, Soraida. Yo no vi nada anoche.
Lo miro de inmediato.
Dios. ¡Me acaba de confesar que vió todo!
—No había nada que ver —respondo.
—Yo no dije que lo hubiera.
Cierro la boca.
Metí la pata.
Hasta el fondo.
El señor toma café, satisfecho con su victoria. Josué se pasa una mano por el rostro y yo me concentro en mi plato, deseando convertirme en uno de los huevos revueltos para que nadie vuelva a prestarme atención.
—Su hijo me dijo que usted estaba sonámbulo —explico de todas formas, porque al parecer hoy amanecí con ganas de seguir cavando mi propia tumba.
—Josué dice muchas cosas cuando está nervioso.
—Yo no estaba nervioso —se defiende él.
—Claro que no, mijo.
El tono de su papá provoca otra ronda de risas. Incluso la mamá de Josué sonríe aunque todavía no sabe de qué estamos hablando.
Quiero regresar a mi habitación.
Mejor todavía, quiero regresar a mi casa.
Apenas llevo un día en esta finca y ya fui descubierta en una cocina con un hombre que tiene novia. A este ritmo, antes de terminar las vacaciones estaré protagonizando un escándalo familiar.
Tomo otro pedazo de arepa y por fin logro darle un mordisco.
—Por cierto —dice la mamá de Josué mientras sirve más chocolate—, Valentina viene esta tarde.
Josué se queda inmóvil.
El cambio es pequeño, pero lo noto.
Su mano se detiene sobre la mesa y la sonrisa que tenía hace unos segundos desaparece.
El papá de Josué también deja de reírse.
Yo mastico lentamente.
No conozco a ninguna Valentina, pero el silencio que acaba de caer sobre la mesa me dice que probablemente no voy a disfrutar conocerla.
—¿Quién es Valentina? —pregunto.
Josué me mira. Oh, ya lo entiendo.
—Mi novia.
Ya lo recordé.
La arepa se convierte en una masa imposible de tragar.
Valentina.
Qué nombre tan bonito.
Seguro ella también es bonita. De esas mujeres que se levantan con el cabello acomodado, no sudan y saben caminar sobre el césped sin tropezarse con sus propios pies.
Trago con esfuerzo y fuerzo una sonrisa.
—Qué bien.
Josué sigue mirándome como si quisiera decir algo, pero no le doy la oportunidad. Bajo la vista hacia mi plato y me concentro en cortar la arepa.
Ahora sí tengo una razón verdadera para perder el apetito.
La novia de Josué viene a la finca. La misma novia cuya existencia intenté recordar toda la noche mientras él hacía que se me olvidara con demasiada facilidad.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
—Seguro se llevarán muy bien —añade su mamá.
Levanto la mirada y sonrío.
—Seguro que sí.
Mentira.
Todavía no la conozco y ya quiero que se le dañe el medio de transporte.
Nada grave.
Solo lo suficiente para que no consiga llegar.
