Capítulo 4 La peor coca-cola del desierto

Me siento la peor Coca-Cola del desierto.

Estoy sentada en el borde de la cama, mirando hacia un punto indefinido de la pared y pensando seriamente en la posibilidad de quedarme encerrada en esta habitación hasta que terminen las vacaciones.

Debajo de la cama hay espacio suficiente para esconderme si alguien intenta sacarme. El problema sería la comida, pero podría sobrevivir con el paquete de galletas que guardé en mi bolso.

Bueno, no.

Solo quedan cuatro.

Me las comí casi todas mientras escuchaba la voz de Valentina en el corredor.

Valentina. La misma mujer de la que él parece olvidarse cada vez que se acerca demasiado a mí.

Dejo caer mi espalda sobre el colchón y cubro mi rostro con ambas manos.

Dios.

¿Qué estoy haciendo?

Hasta ayer, Valentina no era más que una palabra que utilizaba para intentar controlar mis pensamientos. Ahora está aquí.

La vi bajar del coche hace menos de una hora. Es bonita. Demasiado bonita, para mi desgracia. Tiene el cabello largo, una postura elegante y segura de sí misma.

Y, para rematar, fue amable conmigo.

Me saludó con una sonrisa, dijo que Josué le había hablado de mí y hasta señaló que esperaba que pudiéramos llevarnos bien durante mi estancia.

Qué atrevimiento.

¿Cómo se le ocurre ser agradable?

Lo mínimo que podía hacer era mirarme mal para que yo tuviera una razón válida para odiarla.

Pero no.

La muchacha decidió comportarse como un ser humano decente y ahora me siento como una basura.

Me siento sobre la cama de nuevo.

—No hiciste nada —me digo.

Mi conciencia se ríe en algún rincón de mi cabeza.

Bueno, quizá sí hice algo.

Pero no lo besé.

Estuvimos a punto.

Y permitió que me acercara demasiado.

Eso cuenta como algo.

Me pongo de pie y camino de un lado al otro. La habitación no es lo bastante grande para soportar mi crisis moral, así que después de dar unas seis vueltas termino mareándome.

Necesito aire.

También necesito alejarme de esta casa antes de encontrar a Josué y mi dignidad vuelva a abandonarme.

Abro la puerta con precaución y asomo la cabeza. No hay nadie en el corredor. Mejor. No me siento preparada para cruzarme con Valentina ni para verlos juntos.

Aunque una parte de mí quiere hacerlo.

La parte masoquista, supongo.

Salgo de la habitación y avanzo procurando no hacer ruido. Cuando llego cerca de la sala, escucho unas voces y me detengo.

—Pensé que vendrías mañana —dice Josué.

—Quería darte una sorpresa.

La voz de Valentina suena tranquila.

No debería quedarme escuchando.

Continúo haciéndolo.

—Debiste avisarme.

—¿Te molesta que esté aquí?

Silencio.

Vamos, Josué.

Responde.

Dile que no. Dile todas esas cosas que un novio debe decir cuando su novia recorre quién sabe cuántos kilómetros para visitarlo.

—No me molesta —contesta finalmente.

Su respuesta debería aliviarme, no lo hace.

Me alejo antes de escuchar algo más. Cruzo la puerta trasera y el aire fresco golpea mi rostro. La lluvia de anoche dejó el terreno húmedo y un olor agradable se levanta desde la tierra.

Camino sin saber muy bien hacia dónde voy.

Paso cerca de la construcción que confundí con la cocina y continúo por un pequeño sendero rodeado de cercas. A lo lejos distingo las pesebreras.

Ya aprendí el camino.

Avanzo lentamente mientras intento no pensar en Josué.

Fracaso, obviamente.

Recuerdo la forma en que me miró durante el desayuno. Su pie buscando el mío bajo la mesa. La sonrisa descarada que apareció en su rostro cuando su papá empezó a molestarnos.

Luego recuerdo cómo cambió al escuchar el nombre de Valentina.

Se quedó inmóvil.

Por un momento pensé que era porque yo estaba presente.

Qué egocéntrica.

Tal vez solo se sorprendió porque no esperaba verla. Tal vez están totalmente enamorados y yo estoy interpretando cosas que no existen porque llevo años sintiendo cosas por él.

Tengo talento para complicarme la vida.

Entro en las pesebreras y el olor a heno llena mis pulmones. Todo está en silencio, excepto por el movimiento ocasional de los caballos dentro de sus espacios.

Me acerco al primero. Es de color oscuro y me observa como si supiera exactamente por qué estoy aquí.

—No me juzgues —le advierto.

El caballo sigue mirándome.

—Tú no sabes cómo fueron las cosas.

Resopla.

Hasta los animales de esta finca tienen opiniones.

Paso una mano lentamente por su rostro y me sorprende que no se aparte. Nunca he estado demasiado cerca de un caballo. Son bonitos desde lejos, pero de cerca resultan enormes.

Aunque parece tranquilo.

—Me gusta desde hace mucho tiempo —le confieso—. Desde antes de que tuviera novia.

El caballo mueve una oreja.

Lo tomo como una señal para continuar.

—Bueno, creo que me gusta desde antes. Tampoco sé hace cuánto están juntos y jamás se lo pregunté porque no quería parecer interesada.

Siempre he estado interesada.

Cada vez que Josué mencionaba a Valentina, yo cambiaba de tema. No quería conocer los detalles. Nunca pregunté cómo se conocieron, cuánto tiempo llevaban juntos ni qué sentía por ella.

Mientras menos supiera, más fácil resultaba imaginar que no era importante.

Y yo permití que su novio pusiera las manos en mi cintura.

Aparto la mano del caballo.

El recuerdo me provoca un calor inmediato en el rostro y cierro los ojos, molesta conmigo misma.

—Dios, Soraida. Contrólate.

No puedo culpar únicamente a Josué. Pude alejarme. Pude recordarle que tenía novia antes de que su rostro estuviera cerca de mi cuello, no después.

Incluso pude quedarme en mi habitación anoche.

Pero salí.

Lo seguí hasta la cocina.

Le dije que se veía delicioso en voz alta.

Eso último sigue siendo motivo suficiente para mudarme de país.

Me apoyo contra la división de madera. El caballo acerca el rostro y empuja suavemente mi hombro.

—No me consueles porque lloro.

Vuelve a empujarme.

Mal momento para descubrir que los caballos saben escuchar.

Una risa pequeña se escapa de mi boca, pero desaparece casi de inmediato.

—No quiero ser esa mujer —susurro.

Las palabras quedan suspendidas en el silencio de las pesebreras.

No quiero ser la amiga que espera cualquier problema para meterse en una relación. Tampoco quiero convertirme en la razón por la que otra mujer termine sintiéndose insuficiente.

Valentina no me ha hecho nada, ni siquiera sabe lo que ocurrió.

Tal vez por eso me siento peor.

Si hubiera sido antipática conmigo, podría inventarme una excusa. Decirme que Josué no es feliz a su lado o que ella no lo merece.

Pero fue amable.

Me preguntó si estaba cómoda en la finca. Me dijo que podía contar con ella si necesitaba cualquier cosa. Hasta elogió mis rizos.

Y yo no pude dejar de mirar la mano con la que sostenía la de Josué.

Cierro los ojos.

Tengo que alejarme de él.

No de la finca, porque sería difícil explicar por qué quiero marcharme apenas dos días después de llegar. Pero sí de Josué.

Josué es mi amigo.

Solamente mi amigo.

Un amigo atractivo, mentiroso y con una mala manía de comerme con la mirada.

—Voy a mantenerme alejada —le prometo al caballo.

Él comienza a masticar heno.

Cero fe en mí.

—Lo digo en serio.

No responde.

Me separo de la madera y camino hasta el fondo de las pesebreras. Allí hay una puerta abierta que permite ver una parte del bosque. Los árboles todavía conservan gotas de lluvia y el viento mueve lentamente las hojas.

Todo parece tranquilo.

Me siento sobre un montón de heno y abrazo mis piernas.

Qué situación tan ridícula.

Vine a esta finca con la intención de descansar, conocer a la familia de mi mejor amigo y regresar a casa con algunas fotografías bonitas.

En cambio, llevo dos días aquí y ya casi beso a un hombre comprometido, fui descubierta por su papá y ahora estoy escondida en unas pesebreras contándole mis desgracias a un caballo.

Excelente comienzo de vacaciones.

Escucho unas voces lejanas procedentes de la casa. No consigo distinguir lo que dicen, pero reconozco la risa de Josué.

Después escucho la de Valentina.

Algo dentro de mí se rompe un poquito.

Es una tontería.

No puedo sentirme traicionada porque Josué esté con su propia novia. La única persona que está sobrando aquí soy yo.

Aprieto las piernas contra mi pecho y escondo el rostro entre las rodillas.

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