Capítulo 5 Nuevo amigo
No voy a llorar.
Respiro profundamente. Una lágrima cae sobre mi pantalón.
Luego otra.
Y otra.
Me cubro la boca para que nadie me escuche, aunque estoy demasiado lejos de la casa.
El caballo se acerca hasta donde estoy y baja el rostro junto a mi cabeza.
—Te dije que no me consolaras —murmuro.
Pero no se mueve.
Así que apoyo una mano sobre su hocico y lloro en silencio.
Abro los ojos sin entender muy bien en donde estoy. Estoy recostada contra algo duro y siento que algo me pica las nalgas. Miro hacia los lados y me doy cuenta de que mi almohada es el caballo con el que estaba hablando. Él animal se encuentra dormido también.
Sonrió y trato de levantarme pero rechista abriendo los ojos.
—Ya estoy mejor —susurro —. Perdón por quedarme dormida encima tuyo.
Sigo con la certeza de que me entiende.
Me levanto y él también lo hace. Quien diría que un caballo podría volverse mi amigo.
—Si no te incomoda podemos ser amigos, mañana vendré a visitarte de nuevo.
Da un resoplido y lo tomo como un sí.
—¿Soraida? —Me llaman.
Volteo buscando a la persona, y me sobresalto al ver al papá de Josué.
Sigo llamándolo señor porque aunque ya me han dicho su nombre varias veces, sigo olvidándolo.
—¿Señor?
Me examina de arriba a abajo. Yo solo sonrió saliendo del cubículo.
—¿Por qué estás tan sucia, muchacha?
—Ah, estaba hablando con los caballos —respondo quitando una paja de mi pantalón.
—No deberías entrar sola aquí, Azabache suele ser arisco incluso con nosotros.
El caballo resopla como si supiera que hablamos de él.
—Pero si es un amor… —le digo volteando a mirar a Azabache —¿Verdad que sí?
El animal se acerca y pone su hocico para que lo toque. El señor intenta hacer lo mismo y se aleja inmediatamente porque Azabache intenta morderlo.
—¿Ves?
—Entonces solo me quiere a mí —le digo burlándome un poco.
—Que afortunada.
—Gracias.
—Deberías llevarlo contigo.
Alzo mis manos restando importancia.
—No puedo, no tengo una finca donde tenerlo —aclaro.
Cuando me vuelva millonaria con mi profesión de funcionaria pública, tal vez ahí sí pueda tomar la oferta. Pero, por ahora lo dudo mucho.
—¿Sabes montar, Soraida?
—No.
El señor pone una mano en mi espalda y da unas palmadas suaves.
—Mi hijo te puede enseñar…
Alzo una ceja y miro hacia otro lugar.
—No lo creo. Josué anda ocupado con su pareja.
El señor dobla un poco su cabeza y suelta una pequeña carcajada.
—No dije que Josué era el que te iba enseñar —. abro un poco los ojos. Sigo metiendo la pata. Dios —. Yo hablo de Brandon, mi hijo menor.
—Ah, claro. Brandon —respondo como si hubiese sabido desde el principio de quién hablaba.
El problema es que no tengo ni la más mínima idea de quién es Brandon.
Conocí a tantas personas cuando llegué que mi cerebro decidió guardar únicamente los nombres importantes. Y, al parecer, para él nadie es más importante que Josué.
Qué vergüenza.
—¿Lo conociste? —pregunta el señor.
—Sí.
Mentira.
—¿Cuál es?
El señor suelta una carcajada.
—Ya decía yo.
—Es que son muchos.
—Solo tengo tres hijos.
—Para mí cerebro eso ya es multitud.
Me quito otra paja del pantalón y miro hacia Azabache. El animal sigue observándonos desde su lugar, probablemente preguntándose por qué los humanos complicamos tanto una conversación.
—Brandon debe estar por la casa —dice el señor—. Voy a llamarlo.
—No hace falta, puedo aprender otro día.
—¿Te da miedo?
Miro al caballo.
Un poco.
Aunque no pienso admitirlo porque hace unos minutos estaba abrazada a él como si fuese un peluche de cuatro patas.
—Claro que no.
—Entonces espérame aquí.
Sale de las pesebreras sin darme oportunidad de arrepentirme.
Azabache y yo nos quedamos solos nuevamente.
—Bonito problema en el que me metiste.
Resopla.
—Sí, tú. No te hagas el inocente.
Me acerco y paso una mano por su hocico. Continúa tranquilo, pero ahora que sé que intentó morder al papá de Josué empiezo a tratarlo con un poco más de respeto.
Un poco.
—No vas a lanzarme al suelo, ¿verdad?
Azabache mueve una oreja.
No sé si eso significa que no o que está considerando la posibilidad.
Escucho pasos acercándose y volteo hacia la entrada. El papá de Josué regresa acompañado de un muchacho alto, de cabello oscuro y con una sonrisa tan grande que parece haberse despertado de buen humor hace diez años y todavía no se le pasa.
Ahora que lo veo, recuerdo haberlo saludado cuando llegué.
—Así que tú eres la valiente —dice acercándose.
—No sé qué versión te contó tu papá, pero seguramente está exagerando.
—Me dijo que dormiste encima de Azabache y sobreviviste.
Miro al señor.
—No era necesario mencionar la parte de que me quedé dormida.
—Si hubieses visto tus ojos —responde.
Brandon entra en el cubículo con precaución. Azabache levanta la cabeza y lo sigue con la mirada, aunque no intenta morderlo.
Todavía.
—A ver —dice Brandon—. Tócalo para que se mantenga tranquilo.
Pongo una mano sobre el cuello del caballo.
—¿Y si no se mantiene tranquilo?
—Corremos.
Lo miro alarmada y Brandon se ríe.
—Estoy molestando. No te hará nada.
El papá de Josué vuelve a reírse y se aleja diciendo que irá a buscar algo necesario para montar. No sé qué puede ser más necesario que mi testamento, pero espero que lo traiga rápido.
Brandon toma una especie de cepillo y me lo entrega.
—Primero tienes que ganarte su confianza.
—Ya somos amigos —aclaro.
—Entonces cepíllalo.
Empiezo a pasar el cepillo sobre el lomo de Azabache, siguiendo las indicaciones de Brandon. Al principio lo hago con mucho cuidado, pero poco a poco descubro que no es tan difícil.
—¿Así?
—Con más firmeza. No es de cristal.
—¿Y tú cómo sabes? Tal vez tenga sentimientos delicados.
Azabache gira la cabeza hacia nosotros.
—¿Ves? Se ofendió.
—Creo que se está preguntando por qué hablas tanto.
—Ya somos dos.
Brandon me enseña a colocarle los implementos. Olvido el nombre de la mitad de las cosas apenas las menciona, pero finjo entender para no retrasar el proceso.
Cuando llega el momento de subir, observo la distancia entre el suelo y el lomo de Azabache. Creo que el caballo creció.
Estoy segura porque hace cinco minutos no parecía tan alto.
—Pon el pie aquí —indica Brandon, sujetando una parte de la montura—. Después te impulsas.
—¿Y si pierdo el equilibrio?
—Te sostengo.
—¿Y si nos caemos los dos?
—Intentaré caer encima de ti para amortiguar el golpe.
Lo miro entrecerrando los ojos.
—Eso no suena nada tranquilizador, Brandon.
—Entonces intenta no caerte.
Pongo el pie donde me indica y trato de impulsarme. No ocurre nada. Mi cuerpo sube unos centímetros y regresa al mismo sitio.
Brandon se tapa la boca para ocultar una risa.
—Ni lo pienses —digo.
—Pero no hice nada —levanta la mano en señal de rendición.
—Te estás riendo.
—Por dentro.
—Pues se nota aquí. En fin. Lo intentaré de nuevo.
Lo intento nuevamente. Esta vez consigo levantarme un poco más, pero quedo atravesada sobre Azabache con el trasero apuntando hacia Brandon.
Excelente.
La elegancia abandona mi cuerpo justo cuando más la necesito.
—Ayúdame —suplico.
—Estoy tratando, pero tienes que pasar la pierna.
—¿Cuál?
—La que todavía está en el suelo, Soraida.
Brandon me ayuda a incorporarme y finalmente quedo sentada sobre la montura. Me aferro a ella mientras Azabache permanece inmóvil.
Miro hacia abajo. Grave error, el vértigo me consume el estómago.
—Bájame.
—Acabas de subir, Sora.
—Ya viví la experiencia, muy chévere por cierto.
—El animal ni siquiera se ha movido.
—Precisamente, quiero conservar ese recuerdo.
