Capítulo 6 Cambios de humor

Brandon toma las riendas y empieza a caminar delante de Azabache. El caballo avanza detrás de él con tranquilidad.

Mi cuerpo se balancea de un lado al otro.

—¡Despacio!

—Vamos más lento que una procesión.

—Pues que la procesión se detenga, tengo muchos nervios.

Brandon se ríe, pero continúa guiando al caballo. Después de varias vueltas dentro de las pesebreras, empiezo a relajarme. Azabache se mueve con calma y, por alguna razón, siento que tiene cuidado conmigo.

—Ahora toma las riendas —me indica Brandon.

—¿Para qué?

—Para dirigirlo.

—Tú lo estás haciendo muy bien.

—Pero la que está aprendiendo eres tú.

Suelto una mano de la montura y recojo las riendas. Brandon me explica cómo sostenerlas y qué movimientos debo hacer. Esta vez sí intento prestar atención.

—No las aprietes demasiado —advierte—. Tienes que indicarle lo que quieres sin lastimarlo.

Asiento.

Brandon se aparta lentamente.

—¿Por qué te alejas?

—Porque vas a hacerlo sola.

—¿No acabas de decir que me sostendrías?

—Y lo haré si te caes.

—Qué buen servicio.

Azabache da un paso.

Luego otro.

Me aferro a las riendas, pero recuerdo la advertencia de Brandon y procuro no tirar de ellas. El caballo avanza con una lentitud misericordiosa.

—Eso es —dice Brandon—. Mira al frente.

Levanto la cabeza.

—No está tan mal.

—Te lo dije.

Damos una vuelta completa y algo parecido al orgullo empieza a crecer en mi interior. Hace unos minutos no podía subirme y ahora estoy dirigiendo un animal que probablemente pesa más que todos los habitantes de mi barrio juntos.

—¡Lo estoy haciendo!

—Sí, pero no te emociones demasiado.

—¡Azabache, somos invencibles!

El caballo acelera un poco.

La emoción se me acaba.

—¡Brandon!

Él corre a nuestro lado mientras se ríe.

—Tira suavemente de las riendas.

—¡¿Suavemente?! ¡Este no es momento para ser delicados!

Azabache se detiene y mi cuerpo se inclina hacia delante. Consigo mantenerme sobre la montura por puro milagro.

Brandon se apoya en una de las divisiones de madera, riéndose sin ninguna consideración por mi vida.

—Eso no tuvo gracia.

—Creeme que desde aquí, sí.

Tomo un poco de heno y se lo lanzo. Brandon lo esquiva, recoge otro montón y me lo devuelve. En menos de un minuto iniciamos una guerra que Azabache soporta con más paciencia de la que ambos merecemos.

—¡Muchachos! —grita alguien desde la casa—. ¡Vengan a almorzar!

Brandon deja caer el heno que tenía en la mano.

—Te salvó la comida —comento.

—Te estabas quedando sin municiones.

—Claro que no.

Me ayuda a bajar de Azabache. Esta vez consigo hacerlo sin quedar atravesada, aunque al tocar el suelo mis piernas tardan unos segundos en recordar cómo funcionan.

—¿Siempre queda una caminando así?

—Solo la primera vez, ya después te acostumbras.

—Parezco recién nacida.

Brandon imita mi forma de caminar y termino riéndome mientras intento darle un golpe en el brazo.

Regresamos a la casa todavía molestándonos. No recuerdo en qué momento dejé de pensar en mi crisis en las pesebreras. Tampoco en qué momento me sentí tan cómoda con Brandon.

Tal vez necesitaba eso.

Reírme sin preguntarme si estoy haciendo algo malo.

Cuando entramos al comedor, toda la familia ya está sentada. Valentina se encuentra al lado de Josué, la miro y le sonrió. Ya que.

—¿Cómo te fue? —pregunta el papá de Josué.

—Di una vuelta completa yo sola —Le cuento con más emoción de la que quería transmitir.

—Y casi inicia una estampida —añade Brandon.

Le doy un codazo.

—Está exagerando, Azabache, me cuidó.

—Pero no te caíste —dice el señor—. Para ser tu primera vez, avanzaste bastante. Felicitaciones, muchacha.

Sonrío.

—Gracias.

Busco un lugar libre en la mesa y me siento junto a Brandon. Él todavía tiene un pedazo de heno atorado en el cabello, así que lo retiro antes de empezar a comer.

—Te faltó ese —le digo.

—Seguro tú tienes unos diez en el pelo.

—Pues quítamelos.

Brandon levanta una mano dispuesto a hacerlo, pero se detiene.

Yo también.

No sé por qué.

Entonces miro al otro lado de la mesa.

Josué permanece en silencio, con el tenedor inmóvil entre sus dedos y la mirada fija en nosotros.

No sonríe.

Tampoco parece interesado en la comida.

Su expresión es tan seria que, por un momento, pienso que Brandon hizo algo malo.

Pero después los ojos de Josué bajan hasta el lugar donde mi brazo roza el de su hermano.

Ah.

¿Qué le pasa ahora?

Valentina le dice algo en voz baja, pero él no responde. Continúa mirándonos como si estuviera considerando levantarse y sacarnos a los dos de la mesa.

Brandon se inclina hacia mí.

—Creo que mi hermano quiere matarme.

—¿Por qué?

—No sé. Tal vez le molesta que hayas sobrevivido a la clase.

Suelto una pequeña risa. Bueno, tampoco es que haya razones para que me quiera muerta.

Josué aprieta el tenedor.

Definitivamente ocurre algo con él, pero, he decido dejar de prestarle tanta atención.

¿Cuándo lo hice?

Justo ahora.

—¿Mañana me sigues enseñando?

Brando asiente llevándose un bocado de comida a la boca.

—Mañana la clase la imparto yo —dice Josué y todos volteamos a verlo.

Le sonrió cerrando los ojos.

—No es necesario, Brandon y yo podemos resolverlo.

Es mejor que él pase tiempo con Valentina. Yo me las puedo arreglar sola en mis vacaciones antiestrés. Ya tengo dos amigos nuevos, eso es ganancia para alguien como yo que solo tenía un amigo.

—¿Qué les parece si mañana vamos todos a cabalgar? —propone Valentina, mirando a Josué.

Por Dios, Vale, no ayudes en esta situación.

—Pero aún no sé montar muy bien…

Brandón, pone una mano en mi espalda.

—Tranqui, Sora. Yo me aseguraré de que estés bien.

Si lo que quería era tranquilizarme, no lo logró. Ahora no sé como salir de está situación.

—Bueno, siendo así, entonces sí.

El señor empieza a aplaudir con ánimos y yo le sonrío. Me llevo un pedazo de carne a la boca para terminar de comer, pero Brandón se acerca un poco a mi oído y susurra:

—¿Te gusta mucho la carne?

Suelto el aire y lo miro.

—¿A quién en su sano juicio no le gustaría la carne?

—A mí.

Lo juzgo a más no poder con la mirada. Está bien que no le gusten las verduras, pero ¿La carne? tan deliciosa que es.

Empieza a pasar trozos discretamente a mi plato. Felicidad pura.

Carraspeo un poco para llamar su atención.

—Entonces, ¿Yo debería darte la ensalada? —hablo alzando seguido las cejas. El hace un gesto de satisfacción moviendo su rostro hacia los lados.

—Exactamente.

Cuando voy a pasar los pedazos de tomate a su plato, Josué se levanta de la mesa y se va del lugar sin decir nada.

—¿Qué le pasa a tu hermano? —le pregunto pinchando la carne con el tenedor.

—No le des importancia. A menudo sufre de cambios de humor.

¿Cambios de humor?

Las muchas veces que hemos convivido nunca lo he visto cambiar de humor. Pero bueno, allá él.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo