Capítulo 38 Treinta y ocho

Cuando el fuego cesó y mi vista fue clara pude ver cómo el dragón frunció el ceño al no verme rostizada. Las llamas, que habrían convertido el acero en vapor, solo habían servido para iluminar la determinación en mis ojos. El aire a mi alrededor aún vibraba por el calor residual.

—¿Cómo? —preguntó ...

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