Capítulo 2 Mi best
Merlina
Hay dos tipos de personas en el mundo.
Las que van a Italia por elección propia y las que van porque su mejor amigo tiene una manera de pedir favores que no es exactamente pedir, sino más bien informar lo que va a pasar.
Yo soy del segundo, claramente.
Jon me lo había dicho tres semanas antes, con esa sonrisa tonta de siempre, esa que usa inconscientemente cuando ya tiene un plan formulado y solo necesita un cómplice.
— Hay una cena de negocios en Roma— había dicho.
— No— recuerdo que le dije.
— Tres días máximo.
— Jon.
— ¡Ya compré los tickets!— sentenció de forma bastante adorable...
Y así fue como terminé en un jet privado a las dos de la tarde de un jueves, con mis pastillas para la ansiedad en la cartera, los audífonos puestos y esa resignación de quien sabe que discutir con Jon es prácticamente inútil.
Lo quiero demasiado, lo cual lo hace un terrible problema.
Pasan los minutos y continúo observando mi nuevo hogar, pero sucede algo que atrae toda mí atención:
En el jardín delantero veo un celaje, cruza muy rápido así que no puedo detectar qué es, en unos segundos desaparece hacia la parte trasera de la casa.
Me pareció una sombra, pero fue algo claro, un color blanco, pero a la vez turbio, no se si fue una persona o algo más.
Luego de permanecer con la vista fija en el jardín decidí no darle importancia al tema e ir a ver que hace Jon, mi mejor amigo, hace unos días decidimos mudarnos juntos.
Salgo en dirección a la cocina y me burlo mentalmente al ver que las cajas de la mudanza de Jon permanecen intactas al salir de su habitación.
Entro a la cocina y encuentro a un tonto mirando de manera sorprendida el frigorífico.
— Jon— lo llamo, el me mira— ¿Qué haces?— pregunto alzando una ceja y sonriendo, mientras coloco mi mano derecha en mi cintura.
El niega aún confundido.
— No hay nada de comer, pensé que irías al supermercado— dice y hace un puchero.
— No— digo sarcásticamente mientras me burlo— te dije que fueras, e incluso te di una lista— digo riendo— pero buen intento— digo palmeando su hombro y dirigiéndome a la sala.
Me recuesto en el sofá y Jon se sienta en el sofá de al lado.
— ¿Compramos comida china?— pregunta y sacude su cabeza.
— Por mi está bien— observo algo en la pantalla de mi celular.
Él se levanta y desaparece por el pasillo.
Empiezo a contemplar la casa, el techo es muy alto, es en forma de diamante y de el cuelga un hermoso candelabro.
Me recuerda a nuestra casa en Italia.
Al fondo del pasillo veo un parentesco a la pequeña pradera que tenemos en el jardín lateral, hay un hermoso tapiz de flores.
De un momento a otro veo acercándose la figura que hace rato vi, es lenta, a diferencia de ahorita, parece de un material o componente transparente, algo nada sólido, mas bien un líquido evaporado, parece humo, continúo observando con atención, deseando que Jon se aparezca.
Sea lo que sea no me da un buen presentimiento, ya atravesó el pasillo, continúa por la sala y viene en mí dirección.
Mis nervios aumentan y el aire me empieza a faltar.
— ¡Jon!— grito algo asustada y la criatura acelera su paso.
Al llega a mí, no se detiene, es como si quisiera introducirse en mí, pero al rozar mi piel, ésta quema, sale una lágrima de mi ojo derecho y de una manera áspera y brusca, la criatura me lanza al suelo.
Me asusto más, grito el nombre de Jon de nuevo, veo a la criatura acercarse nuevamente y cierro los ojos.
Pero no sucede nada, solo siento unos brazos que me zarandean rápidamente, provocando que me despierte.
Al parecer todo fue un sueño... y sí, esa fue la primera vez que soñé con Hades. Extraño ¿no?
— ¿Qué pasó?— pregunta inspeccionándome con la mirada— estás sudada— hace una mueca de asco y se aleja de mi.
— Pesadilla— sacudo la cabeza.
Hago una mueca de dolor al levantarme y él me observa aún confundido.
— Llamé al restaurante, es extraño que la comida aún no haya llegado— dice dejándose caer en el sofá.
Kaprow.
Luego de ser desterrado del cielo, pasando a ser ángel caído, y convertido en un niño de apenas 5 años, de etnia italiana.
Recuerdo que me encontraba vagando en las calles de Polonia cuando un vehículo enorme y negro aparcó a mi lado y de él salió una señora de unos 30 y tantos, habló unos minutos conmigo, preguntando por mis padres o algún familiar, pero se imaginarán que yo solo negaba, trataba de no mentir y por ende no podía decir nada.
Aquella señora posteriormente se convirtió en mi madre adoptiva, Emely Evans y en conjunto con su esposo, quien ahora es mi padre, el señor Carlos Kaprow de unos 40 y tantos.
Es una familia de raíces italianas, pero actualmente su residencia se encuentra en Arabia.
Lo único lamentable son sus negocios deshonestos, pero aparte de esto, son las personas más dulces que conozco.
Todo el tiempo he tratado de mantenerme apartado del negocio familiar, pero luego de sentir afecto por ellos, me fue imposible no ayudar.
Me he convertido en el hijo que jamás pudo tener el señor, y la señora fue para mí como la madre que jamás tuve.
Sí, tuve, falleció cuando mi cuerpo carnal alcanzó la madurez de 15 años.
El mundo es tan nefasto y a la vez curioso, me he adaptado en el mundo de tal forma que he empezado a desarrollar sentimientos humanos, como ira, odio, repulsión y hasta cierto punto cariño.
Una semana después.
Estuve soñando toda la noche con aquellas sombras, recuerdo que corría y corría por todo el centro de California, sin lograr escapar.
Tomo rápidamente las pastillas para la ansiedad de la cartera y me tomo dos. No quiero siguiera pensar en nada que pueda asustarme... por si no se los había dicho yo y las alturas y yo somos enemigos mortales.
Al montarnos en el Jet prácticamente me lanzo sobre uno de los asientos, y con mis pies ocupo otro asiento.
— Ocupo dos asientos— le digo a Jon, aún somnolienta.
Ríe.
—Todo tuyo boba— dice tecleando su celular. Se sentó del lado contrario a mi. Hay algunos sofás en el fondo, pero no nos podemos poner allá hasta que el jet despegue y se encuentre estable.
Cierro mis ojos y ya no sé más de mi.
