Capítulo 3 Muy alto
Roma en julio era exactamente como la recordaba.
Calor seco que parece adentrarse al avión, la luz que hacía que todo pareciera de otra categoría, más antiguo, más real, un tipo de realidad donde las cosas tienen peso propio y los edificios recuerdan que el tiempo es relativo.
Yo había nacido aquí.
Bueno, técnicamente en un hospital a cuarenta minutos de aquí, pero el detalle es irrelevante, porque Roma siempre se sentía como volver a un lugar que uno conoce en los huesos antes de conocerlo con los ojos.
— Extrañaba esto— digo desde el asiento trasero del vehículo que nos espera.
Jon me mira con una sonrisa que le ilumina toda la expresión.
— Lo sabía— dice— por eso compré los tiquetes sin preguntarte.
— Eso no lo justifica— ruedo los ojos.
— Lo justifica completamente— dice volviendo al celular.
Lo miré.
Veintiocho años. Pelo castaño. Esa expresión suya de cachorro con agenda propia que había tenido desde los cinco años cuando nos conocimos... y no ha cambiado ni un centímetro desde entonces.
— ¿Qué tan elegante es la cena?
— Bastante— dice sin levantar la mirada.
— ¿Cuánta gente crees que habrá?
— Demasiada Merlina.
— Dame detalles— ruedo los ojos.
— Es la inauguración de un negocio nuevo de mis papás— dice— en la casa aquí en Roma. Gente importante. Trajes. Esas cosas. — Me mira— y antes de que digas nada, ya llamé a Jane y te tiene algo guardado en el clóset de tu antiguo cuarto.
Lo miro.
— ¿Ya llamaste a tu mamá para que me buscara ropa?
— Hace dos semanas.
— Jon.
— Sabía que dirías que sí— muestra una sonrisa enorme.
Miré por la ventana.
Roma afuera. Esa luz.
— Te debo una.
— Me debes varias— dice— pero las cobro cuando quiero, que es lo mejor.
La mansión de los padres de Jon era exactamente como la recordaba.
Esa fachada de piedra clara con las ventanas enormes y los jardines perfectamente organizados con esa seriedad específica de los jardines italianos que no toleran la improvisación. El techo alto. Los candelabros. Las alfombras en colores claros que yo de pequeña tenía terminantemente prohibido pisar con los zapatos.
Jane nos vio llegar desde el jardín trasero con ese radar de madre que detecta a Jon a distancia.
— ¡Mi niña!— grita en mi dirección antes de que yo termine de cruzar la puerta.
El abrazo de Jane es del tipo que reorganiza todo el esqueleto.
— Estás preciosa— dice sosteniéndome por los hombros para mirarme— te noto más delgada. ¿Estás comiendo?
— Jane— dice Jon.
— Cállate— le dice sin mirarlo— ¿estás comiendo?
— si...
— Mañana te hago pasta— dice con esa determinación que no admitía negociación— la de siempre.
— La de siempre— confirmo.
Sandy, el papá de Jon, llegó desde el fondo del jardín con esa calma suya de siempre, ese hombre enorme y tranquilo que había sido la versión más consistente de figura paterna que yo he tenido disponible desde los ocho años.
— Hola hija.
El abrazo de Sandy era diferente al de Jane. Más quieto. Más sólido. Del tipo que dice aquí estoy sin decir nada.
— Los extrañé.
— Nosotros más— dice él— ven, te presento a algunos de los invitados.
La cena es exactamente tan elegante como Jon había prometido.
Trajes. Vestidos. Esa conversación específica de adultos en negocios que tenía ese idioma propio, esa mezcla de precisión y ambigüedad calculada donde nadie decía exactamente lo que quería decir pero todos entendían exactamente lo que se estaba diciendo.
Jane me había dejado en el clóset un vestido de seda rojo carmesí.
Escote pronunciado. Dos ranuras a los lados. Del tipo de vestido que uno no elige sino que encuentra y que de todas formas termina poniéndose porque la alternativa era un conjunto de viaje que olía a doce horas de avión.
— El estilo aquí es conservador, Merlina— dice Jon mirándome con esa expresión suya.
— Ya lo sé— digo poniéndome los tacones dorados.
— Ese vestido no es precisamente— le doy una mirada asesina.
— Jon.
— ¿Sí?
— Cállate.
Llevo dos horas estrechando manos.
Ese proceso específico de las cenas de negocios que consiste en que te presentan a alguien, sonríes, dices algo amable, sonríes de nuevo, y pasas al siguiente en una rotación que después de un tiempo produce ese efecto de no recordar ninguna cara pero de haber sonreído en todas las direcciones disponibles.
— Este es Carlos — dice Jane presentándome a un hombre de unos cincuenta años, alto, con esas facciones suyas de Europa del este y una mirada que era genuinamente amable de esa manera que no se finge bien— es uno de nuestros socios más importantes y un gran amigo.
— Un placer— le digo.
— El placer es mío— dice Carlos con esa voz suya tranquila— espero que tu estadía aquí sea agradable.
— Gracias — le sonrío.
Jane ya me jala del brazo hacia el siguiente grupo.
Así fue durante otra hora larga.
A las diez de la noche yo tenía los pies destruidos por los tacones, había tomado más vino del recomendable para alguien que no había comido desde el avión, y mi capacidad de sonreír había llegado a su límite natural.
— Me voy al hotel — le digo a Jon encontrándolo junto a la barra.
— Ya casi.
— No, ahorita— digo— Jon, los pies.
— No, yo me voy ahora— digo— los pies me están matando.
— Diez minutos Mer...
— Jon.
— Hay alguien que Jane quiere presentarte.
— He conocido a unas cincuenta personas esta noche— digo.
— Esta es diferente— sonríe exageradamente.
— No.
— Es el hijo de Carlos...
—Jon— tomo mi cartera— me voy al hotel. Seguiré el camino de las losetas blancas. Buenas noches.
— Merlina— llama mi atención.
— Buenas noches— canturreo.
El problema con el vino y los tacones de diez centímetros, es que la combinación produce una relación completamente nueva con el concepto de línea recta.
Los jardines del complejo son enormes, perfectamente iluminados y absolutamente todos iguales entre sí, en lo que se refiere a mi capacidad de orientación en este momento.
Las losetas blancas llevan en múltiples direcciones.
Todas parecen correctas, lo que significa que ninguna lo es.
Me detengo y miro a mi alrededor.
Otra vez los mismos arbustos.
— Estoy caminando en círculos— digo en voz alta para nadie, obviamente.
El jardín está vacío a esta hora, todos adentro con sus trajes, su vino y sus conversaciones de negocios; yo afuera, perdiéndome en un laberinto de cuatro hectáreas iluminado, con zapatos que parecen piezas de tortura.
Me giro para emprender una dirección diferente y casi choqué con él.
Paro en seco. Él también.
No lo escuché llegar...
Estamos tan cerca, que sentí el contraste de temperatura antes de poder procesar.
Mis ojos aun no terminan de ajustarse a la poca luz en este rincón del jardín.
No había ningún sonido de pasos, que indicara que habia alguien detrás de mí en este camino, pero el esta aqui, a menos de un metro.
Alcé los ojos despacio.
Es muy alto...
