Capítulo 4 Un extraño
El espacio a su alrededor parece diferente, más organizado, más en referencia a él.
Provocativo es la palabra que buscas, Merlina.
Trae puesta una camisa negra en mangas hasta los codos y un pantalón de vestir del mismo color, lo que causa que se destaque más su figura imponente.
Me causa demasiada curiosidad ver quien es el causante de mis manos temblorosas, además de que tiene un cuerpo demasiado atlético.
Mis ojos se abren de par en par al ver su rostro.
Ángel de la guarda...
Tiene unas facciones de infarto.
Sus ojos son de un verde azulado. Con algo dentro que no es exactamente ninguno de los dos colores sino una tercera cosa que no tiene forma de explicarse en el espectro que yo conozco, algo que esta más allá del color y que en lo que me concierne no tiene una explicación clara.
Me mira con paciencia, como quien tiene todo el tiempo del mundo y ha decidido usarlo exactamente así, mirándome, sin ninguna disculpa por hacerlo.
No puedo evitar mirar descaradamente sus labios, son carnosos, húmedos y los trae entreabiertos. Pareciera que le sucede lo mismo que a mi, aunque la verdad lo dudo, no pareciera que él esté alcoholizado.
Me observa con una mirada penetrante de pies a cabeza.
— ¿Te perdiste preciosa?— Está tan cerca que su aliento choca contra mi rostro. Huele a menta y cigarros.
A pesar de llamarme preciosa no siento que trata de coquetear conmigo, es una sensación de naturalidad a su persona, lo que logra ponerme aún más nerviosa.
Siento como mis mejillas se ruborizan.
Al parecer no puedo darme la libertad de tomar nunca más. Estoy paralizada y siento todo mi cuerpo temblar ante su presencia.
Creo que nunca había visto un hombre tan atractivo.
¿Qué estoy haciendo?
Siento una corriente atravesar todo mi cuerpo, tanto que me provoca temblar nuevamente.
— Perdona— digo con una voz que no reconozco, porque no es exactamente la voz que siempre uso.
— No hay nada que perdonar— alza las cejas.
Su voz es muy gruesa.
— Me perdí— le digo. Es la verdad y decir cualquier otra cosa hubiera requerido un nivel de coherencia que el vino ha comprometido considerablemente.
— Ya veo.
La comisura de su labio derecho se eleva levemente.
— El hotel está— señalé en una dirección.
— El hotel está allá— dice señalando la dirección contraria con calma absoluta.
Nos miramos una fracción de segundos nuevamente.
— Gracias...
No me muevo, ni él tampoco.
El jardín en silencio a las diez de la noche con esa luz suave, esos arbustos pequeños y ahora un hombre frente a mí, que no dice nada más pero que tampoco hace ningún movimiento en ninguna dirección.
— El hotel está allá— digo señalando la dirección que él había señalado.
— Sí— sonríe.
— Bien— asiento con la cabeza unas tres veces. Me miro las manos que aún están temblando— buenas noches.
— Buenas noches.
Empiezo a caminar.
Cuatro pasos.
Seis.
Me detengo y luego me giro.
Sigue ahí. De pie en el mismo lugar. Mirándome. Como si fuera completamente normal quedarse viendo alejarse a alguien que acaba de conocer.
— ¿Por qué estás en el jardín?— le pregunto.
Una pausa.
— Porque adentro hay demasiada gente.
Lo observo analizando sus facciones. Le sonrío.
Continúo mi camino.
Esta vez no me detengo.
Pero durante todo el trayecto al hotel, mientras las losetas blancas me encaminan en la dirección correcta y los tacones protestan en cada paso que doy, no dejo de pensar en ese hombre enorme y sus ojos azules.
Merlina
Al volver de regreso al hotel esa noche solo me la paso pensando en esos ojos.
¿Qué pasó exactamente?
Al intentar reconstruir el momento siento que no fue real. Que quizás se trató de uno de esos sueños que me atormentan desde hace semanas, esa línea borrosa entre lo que ocurre dormida y lo que ocurre consciente, cada vez es más difícil de trazar con precisión... Quizás fue el vino, los tacones, las doce horas de viaje... y todo lo que produce ese tipo de noche en un sistema nervioso que ya estaba operando al límite.
Sacudo la cabeza.
Un borracho del hotel que tuvo la suerte de toparse conmigo en el jardín. Sí. Eso debe ser.
No parecía para nada borracho.
Pero su cara. Esa cara. Me resultaba familiar de una manera que no lograba ubicar.
Me coloco los zapatos altos favoritos, esos en morado que hacen cosas útiles con la altura, y un vestido beige de falda holgada y parte superior adherida al cuerpo, con la espalda completamente descubierta que llega hasta un poco debajo de los muslos.
El cabello ondulado recogido en media cola.
Salgo de la habitación y las voces empiezan, sin aviso, esas plegarias en un tono apenas audible que yo reconocía ahora con esa familiaridad incómoda de las cosas que se repiten demasiado. Corro hacia la sala antes de que suban de volumen.
Jon está ahí con su casi novia, conversando con esa naturalidad suya de siempre.
Las voces desaparecen.
— Hola chicos— digo sonriendo.
Ambos me repasan con la mirada y sonríen al mismo tiempo.
— Muy linda, Mel— dice Jon levantándose a abrazarme. Viste con un esmoquin azul marino que yo no le había visto antes y que le quedaba considerablemente bien, cosa que no iba a decirle porque el ego de Jon no necesitaba ningún combustible adicional.
La boda de la hermana de Shelsey nos espera.
Haberle confiado a Jon mi problema fue un error que entendí completamente tres semanas después.
Jon con algo que le importaba era pura investigacion, consultas, comparacion de diagnosticos en internet a las dos de la mañana.
Estoy en la cocina preparando panecillos de chocolate cuando entra.
— Merlina— llama mi atención.
— ¿Sí? — pregunto metiendo el molde al horno.
— Leí en internet — dice alzando las cejas con esa expresión de quien está a punto de decir algo incomodo— que las mujeres embarazadas sufren alucinaciones.
Lo miro.
— No solo sueño cosas — digo alzando una ceja y saliendo de la cocina.
— Estuve hablando con un psiquiatra muy bueno — dice siguiéndome — reconocido mundialmente...
— No me importa— digo sentándome en el sofá.
— Lástima— dice frunciendo el ceño con esa calma suya de quien ya tomó la decisión y está esperando que el universo se ponga al día— porque te hice una cita. Y si te importo tienes que ir.
Lo miro.
— No— digo— ¿Sabes por qué? No tengo ningún problema mental. Solo sueño cosas extrañas. Eso no es ningún problema que genere mi sistema nervioso, es...
— Si me quieres aunque sea en lo más mínimo— dice interrumpiéndome con esa sonrisa suya— tienes que ir. No perderás nada...
Lo miro.
— No— repito. Y sonrío porque decirle no a Jon con una sonrisa era la única manera de que él entendiera que era definitivo y no negociable.
— ¿No quieres mi salud mental?— pregunta haciendo ese berrinche suyo de siempre, ese que lleva veintidós años siendo efectivo y que de todas formas yo reconocía perfectamente.
— Solo iré— digo finalmente— para que no continúes tu transición a descerebrado.
