Capítulo 5 Doctor

Corro y corro.

Las sombras vienen detrás de mí y no sé si gritar o esconderme, pero algo tengo claro en esa certeza específica de los sueños donde uno sabe las cosas antes de que ocurran: esto no va a acabar bien.

Caigo por un agujero a mitad del camino. El agujero me lleva a un callejón sin salida.

Camino sin rumbo y pocos minutos después las sombras están frente a mí.

Me acorralan contra la pared. Se acercan todas al mismo tiempo. Y cuando siento que van a introducirse en mí, cuando ese frío suyo llega al radio inmediato con esa temperatura específica que yo ya reconocía aunque no supiera ponerle nombre todavía, me despierto.

Una capa fina de sudor en todo el cuerpo u dolor de cabeza que llega antes que cualquier pensamiento.

La hora: nueve de la mañana.

La cita con el psiquiatra: a las once.

Me levanto con esa urgencia de quien necesita ocupar el cuerpo en algo concreto antes de que la cabeza procese lo que acaba de soñar. Me preparo rápido. Al salir del baño con la toalla enrollada busco ropa en el closet y tomo un vestido rosa pálido, corto, de tirantes. Dejo el cabello suelto. Tomo el celular. Me miro unos segundos en el espejo.

Las voces empiezan.

Lejanas primero.

Más fuertes después.

Al principio, cuando empezaron hace semanas, cada episodio me producía ese pánico específico de lo completamente inexplicable. Ahora las reconocía. Lo cual era simultáneamente mejor y peor que el pánico original porque significaba que me había acostumbrado a algo que no debería ser normal.

Salgo rápido de la habitación antes de que suban más. Encuentro a Jon en el pasillo de camino a la galería.

— Estoy lista— digo para llamar su atención.

Se gira.

— Y hermosa también— dice inspeccionándome con la mirada con esa aprobación suya que llevaba veintidós años siendo lo más consistente del mundo. Se acerca y me abraza— vamos.

El edificio de la institución Kaprow era de esas construcciones que uno miraba dos veces.

La fachada exterior cubierta de un material con efecto espejo que reflejaba la calle y el cielo con esa claridad perturbadora de las superficies que muestran el mundo pero no se muestran a sí mismas. Los laterales en losetas plateadas. El último nivel en cristal negro translúcido que desde abajo parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.

Entramos.

La sala de espera al fondo del pasillo con las letras de acero fijadas a la pared: Kaprow.

Ese nombre.

— Número 114— dice la señorita de atención al usuario.

Soy yo.

Me levanto. Jon viene conmigo hasta la puerta de la oficina donde se detiene, me da un abrazo rápido y susurra:

— Suerte.

Se retira.

El doctor está muy concentrado en una libreta que lleva en las manos, esa postura de quien está completamente dentro de lo que lee y que no necesita levantar los ojos para saber que alguien acaba de entrar porque ya lo sabe.

— Pasa y cierra la puerta.

Esa voz. Gruesa. Ronca. Del tipo que ocupa toda la habitación sin ningún esfuerzo aparente.

Cierro la puerta. Me acerco en su dirección.

Él levanta el rostro y el mundo parece detenerse un segundo.

No sé cómo, no sé de dónde exactamente... pero esa cara, esos ojos, ese cabello que cae hacia atrás con desorden, la manera de estar sentado en cualquier superficie como si sabe exactamente que él tiene el control.

Lo conozco y él me conoce.

Lo veo en el segundo exacto en que sus ojos encuentran los míos, ese momento de quietud total antes de recomponerse con esa velocidad de quien lleva mucho tiempo controlando lo que muestra y lo que no.

— Buenos días— dice. Y se levanta.

Le devuelvo el saludo con la voz que tengo disponible que no es exactamente la de siempre.

— Tome asiento— dice cortésmente.

Examino el espacio. Una camilla en un extremo. Un conjunto de sillas con escritorio. Sofás con otro escritorio. Todo organizado en sectores distintos con esa lógica profesional que yo proceso sin entender completamente.

— ¿En cuál?— pregunto confundida.

— En el que gustes— dice con simpleza.

Un esbozo de sonrisa que no es exactamente una sonrisa pero que es de la misma familia y que llega tan rápido que si uno no esta mirando en el momento correcto no lo ve.

Me dirijo al sofá y tomo asiento.

Él se sienta en el sofá detrás del escritorio a juego con el mío. Tiene cara de insatisfacción pero no despega la vista de la libreta, procesa las cosas con atención completa dirigida hacia la página y no hacia mí.

— ¿Por qué eligió estos sofás?— pregunta después de un momento.

— Me parece más cómodo que los demás.

Frunce más el ceño y sigue sin mirarme.

— ¿Cuál es su nombre, señorita? — pregunta tomando un libro del escritorio.

— Se supone que usted debería saberlo— digo desconcertada.

Juro que una sombra pasa por sus ojos, demasiado fugaz para captarla, mi cuerpo realiza un espasmo involuntario por la impresión.

— Lo sé— dice— pero necesito escucharla decirlo— ignora mi reacción.

— No se lo diré de todos modos— digo sonriendo y me recargo completamente en el sofá, este lugar no me va a intimidar.

— ¿Y qué te trae por aquí?— pregunta alzando las cejas con esa sonrisa suya levemente sarcástica.

— Vengo por un amigo que me cree demente.

— ¿Por qué piensa eso?— pregunta.

— No lo sé.

Miento.

Y observo sus facciones con esa atención que intento que no parezca lo que es. Treinta años como máximo. Demasiado joven para un psiquiatra de este nivel de reconocimiento. Demasiado joven para esta oficina y este edificio y ese apellido en letras de acero en el pasillo de entrada.

— Escuche— dice levantando la vista de la libreta.

Sus ojos en los míos.

Ese momento.

Ese segundo donde algo ocurre que no tiene nombre, donde él permanece en silencio un instante más de lo profesionalmente necesario y se relame los labios con esa cosa suya de siempre.

— Entre usted y yo no puede haber mentiras— dice con un tono de voz más bajo que antes.

— ¿Por qué?— pregunto.

— Porque así sus sesiones no llegarán a ninguna parte — dice volviendo la mirada al libro, fingiendo con una precisión variable que mi presencia no le produce nada específico.

Pero ya te atrapé.

— No llegaremos a nada de todos modos— digo— solo estoy aquí por mi amigo. No lo necesito.

Sonríe abiertamente. Niega.

— Por alguna razón decidiste escuchar a tu amigo.

— Doctor— digo mirando por el ventanal— ¿en qué universidad estudió?

Levanta la vista.

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