Capítulo 6 Haces una cita
— Desde aquí se ve Venice— digo sin poder evitarlo— qué hermosa.
Me observa durante un minuto con esa expresión de hombre que está recalculando algo.
— Veo que eres muy distraída— dice. Y luego, con una leve inflexión que podría ser el inicio de una sonrisa si uno es muy optimista— también es la vista más encantadora del estado. — Se acomoda en la silla— Agradecería que continuáramos la sesión.
— No respondiste mi pregunta— le digo sonriendo.
Sus ojos en los míos.
— Sarah Lawrence College, medicina general— dice— especialidades en la Universidad de Lorraine, en Francia.
— ¿Sabes varios idiomas?— pregunto impresionada.
— El inglés no es mi idioma natal— dice— soy italiano. También hablo español, árabe, portugués y francés.
Me quedo callada unos segundos procesando eso.
Un italiano que vive en California, habla seis idiomas y tiene los ojos de ese color cambiante de azul que debería estar regulado por alguna entidad gubernamental.
Es demasiado.
Hormonas completamente fuera de control. Vergüenza ajena de mí misma.
— Noté que tu acento no era inglés estándar— le digo.
No debí decir eso.
— Continuemos señorita— dice dejando la libreta.
Carraspeo.
— Claro— digo.
— He notado algunas cosas— continúa con esa voz suya que no sube ni baja— no te gustan los riesgos. Prefieres tu zona de confort. Eres observadora pero selectivamente distraída.
— ¿Y eso viene de...? — pregunto.
Me mira directamente.
— Te hice una prueba cuando entraste— dice — la elección de asiento, tus respuestas, la distracción fue un regalo.
Nunca pensé que nada de eso fuera una prueba.
Me muerdo el labio. Su mirada baja a mis labios un segundo. Sube de vuelta a mis ojos.
Lo vi perfectamente y él sabe que lo vi y ninguno de los dos dice absolutamente nada al respecto.
— No respondiste mi pregunta.
— Ya la respondí.
— La de la universidad, sí— digo— pero tengo otra.
Una pausa.
— Pregunta por pregunta— dice finalmente— ¿Desde hace cuánto tiempo tienes estas visiones?— pregunta.
— Unos dos meses— digo mirando sus manos sobre el escritorio. Son enormes. Creo que una de ellas tiene el tamaño de las dos mías juntas.
Parpadeé.
— Tu turno.
— Estudié en Sarah Lawrence— empieza.
— Eso ya lo dijiste— lo interrumpo.
Algo cruza por su expresión.
— Italiano de nacimiento— dice— pasé la mayor parte de mi vida en Arabia.
— Arabia siempre me ha parecido fascinante— digo — si no fuera por el machismo y ciertos aspectos culturales que no comparto.
— Todo lugar tiene sus altas y bajas— dice. Y vuelve a mirar mis labios con esa brevedad calculada de hombre que sabe exactamente lo que está haciendo y que de todas formas lo hace.
— ¿Qué es lo que te atormenta exactamente? — pregunta volviendo a la libreta— quiero que seas sincera.
— No le encuentro sentido a esto— respiro profundo— ¿Cuál es su apellido? — pregunto.
Me observa fastidiado.
Y luego sonríe.
Por unos segundos sostiene mi mirada y ocurre algo que me deja completamente anonadada, un brillo inexplicable en sus ojos que cambian de un azul turquesa a un azul intenso en fracción de segundos.
Que yo había visto antes. En un jardín. En Roma.
— Enfócate en lo importante— dice volviendo a la libreta respirando como si estuviera tomando distancia de algo deliberadamente— hagamos un trato. Usted me dice su nombre y yo le diré el mío.
Levanta la mirada. Sostiene la mía. Siento que me falta el aire y aparto los ojos.
— No, gracias — respondo con toda la gracia disponible.
Un resoplo de su parte.
Me levanto y camino hacia la pared donde están los reconocimientos, buscando el nombre con esa determinación de quien no va a pedir lo que puede encontrar sola.
Él está sonriendo en dirección a la libreta.
Kaprow.
Ese apellido retumbando en la cabeza. Que era el nombre del edificio. Del pasillo. De las letras de acero.
— Kaprow es el nombre del complejo, ¿no? — pregunto confundida. La curiosidad mató al gato, como dice el dicho.
— Sí— dice con ese esbozo de sonrisa— todos estos edificios son una cadena de organizaciones encargadas de velar por la salud de las personas.
— Oh— es lo único que logro decir.
— Bien— dice incorporándose para estar más cómodo — ¿Qué tal ha transcurrido el día de hoy para ti?
Su cabello cae desordenado por la frente completamente involuntario, produce cosas en mi sistema nervioso que yo considero completamente inapropiadas para las una consulta de psiquiatría.
¿El edificio es suyo o qué?
— Espera— digo interrumpiendo— ¿Las organizaciones son tuyas?
Pestañea varias veces. Levanta la vista.
Sus ojos en los míos con esa expresión que era fastidio y algo más debajo del fastidio.
— Escucha— dice en un susurro. Cierra la libreta— lo mejor es que la sesión acabe. No te ayudaré si tú no lo deseas. Esto depende de ti.— Una pausa— y sí. Pertenecen a mi familia.
Sonríe.
Se dirige al ventanal de cristal. Me quedo en silencio mirando su perfil. Es un hombre realmente atractivo.
— Me haces perder mi tiempo y el tuyo también— dice finalmente.
— ¿Y si quiero que me ayude?— pregunto.
— Vuelve cuando estés segura— dice asintiendo— esto se trata de ti, no de mí.— Toma aire— el tiempo acabó hace diez minutos. Ya te puedes ir.
— Si me decido a volver— empiezo a decir.
Me interrumpe.
— Hablas con mi secretaria y haces una cita— Sonríe con leve ironía.
— De acuerdo — digo levantándome.
Camino hacia él.
Mis dedos dudan antes de alcanzarlo, suspendidos en el aire como si intuyeran el peligro antes que yo. Pero hay algo en él, en esa quietud tensa, en esa forma suya de existir como si todo a su alrededor le perteneciera, que tira de mí con una fuerza silenciosa.
Y entonces lo hago. Le tiendo la mano, y él la extiende.
El contacto es mínimo... y, aun así, lo siento todo.
Está frío.
Un frío abrumador exactamente igual que en el jardín de Roma, pero directamente en mi mano, no es un frío vacío, sino uno denso, como si su piel guardara secretos que no están hechos para el calor. Ese frío sube por la yema de mis dedos, se filtra bajo mi piel y se expande, lento, deliberado poseyendo mis tejidos de forma agresiva.
Debería apartarme ya, pero no quiero hacerlo.
Una sensación que jamás había sentido en las manos de un hombre.
El pensamiento llega y se va antes de que pueda hacer nada con él.
— Que pase un buen día— dice con total neutralidad.
¿Está molesto o simplemente le caigo mal?
Sonrío hipócritamente a modo de respuesta y salgo.
Estúpido.
