Capítulo 7 Hades

Abro el refrigerador.

Tomo el cartón de jugo de naranja.

Cierro la puerta.

Y me encuentro con los ojos de Jon a tres centímetros, esa mirada suya de detective aficionado que usaba cuando sospechaba que yo le estaba ocultando algo.

— ¿Cómo te fue en la cita? — pregunta en tono completamente neutral.

Lo ignoro.

Destapó el jugo.

— Merlina— dice con esa paciencia específica de siempre — ¿Qué tal fue todo?

Pongo los ojos en blanco.

— Sabes— digo sorbiendo el jugo— ni quería ir. Pero no sé quién estaba más fastidiado, si yo o el doctor.

— Seguro un anciano cascarrabias— dice riendo.

Un hombre muy cascarrabias, sí. Extraordinariamente cascarrabias. Con esos ojos que cambiaban de color y esa temperatura en las manos que no correspondía a ninguna categoría humana, ese apellido en las paredes de su propio edificio y esa manera de sonreír como si supiera cosas que yo no sabía que él sí sabía.

— Clarísimo— digo en tono completamente sarcástico — obviamente.

Empiezo a moverme hacia las escaleras con esa velocidad estratégica de quien quiere llegar a su habitación antes de que la conversación se extienda.

— ¿Me estás ocultando algo?— pregunta Jon en tono acusatorio.

— Claro que no— digo con toda la sarcasmo disponible y subo las escaleras lo más rápido posible.


— ¡Merlina!

Una foca a medio morir gritando mi nombre a toda voz me arranca del sueño con esa brutalidad específica de Jon cuando quiere algo y no tiene ningún interés en esperar.

— ¡Merlinaaaaaaa! — grita a todo pulmón golpeando la puerta.

— ¿Qué te sucede? — digo abriendo la puerta— me vas a dejar sorda.

Lo observo con cara de pocos amigos multiplicada por el sueño que traigo encima.

— Vamos a ver una película— dice sonriendo con esa energía suya que no correspondía a ninguna hora razonable de la noche— tú haces las palomitas.

Y escapa de mi lado antes de que yo pueda responder nada.

— Dale— le grito desde la puerta mientras busco a tientas la pijama de ositos en el oscuro del cuarto.

Ese tonto que es capaz de interrumpir el único sueño tranquilo de mi semana por una película.

Que también es el hombre que me había llevado al psiquiatra correcto en el edificio correcto en el momento exactamente correcto aunque ninguno de los dos lo supiéramos todavía.

Hades

Necesito salir de aquí.

Eso es lo primero que pienso al verla desde el pasillo, esa mujer pequeña con los lentes y la manzana a medio comer, que de alguna forma produce en mi sistema nervioso una reacción que no tiene ninguna justificación razonable.

La primera vez que la vi fue en el hotel.

Latidos que golpeaban mis oídos. Ojos todo alocados revoloteando por cada rincón. Esa aura de niñata que cree que no hay ningún problema, de inocencia sin corromper. La cual solo llama ganas de romperla en dos.

No debería haberla notado.

Y ahora está en mi universidad mirándome como si yo no pudiera verla mirarme, que es exactamente lo opuesto a la verdad porque yo veo todo, siempre, es parte de lo que soy y no puedo apagarlo aunque quiera.

Naturaleza de depredador.

Tomo el teléfono y marco la extensión de la secretaria.

— Kaprow— exhalo cuando escucho que ríe con alguien en lugar de contestar— me voy. Cancela todo lo de hoy.

Cuelgo antes de que pueda responder.

Camino hacia la salida con la decisión de no volver a pensar en esa mujer de ojos inquietos y labios que no paran de moverse.

Lo que dura exactamente el tiempo que tardo en llegar al coche.

Al subirme a la Range noto la presencia de Margaret aproximándose con esos tacones kilométricos y ese vestido que no deja mucho a la imaginación. Exactamente lo que debería querer ver ahora mismo.

— Buenas tardes amor— dice llegando a la ventanilla.

— Buenas tardes— respondo.

— Me alegra encontrarte— acaricia mi mejilla por la ventana — veo que hoy sales más temprano.

— Tengo cosas que hacer— digo tecleando el celular.

— ¿No recuerdas lo que haremos hoy?— pregunta con ese tono suyo.

Siempre inventando mierdas para tratar de engatusarme. Abría funcionado perfectamente. Hoy no.

— No creo poder hoy Margaret— digo sin apartar los ojos del teléfono — no estoy de humor.

— Se supone que hoy llevamos ocho meses saliendo.

Río.

Genuinamente.

— Querida— digo con una paciencia que no siento — una de las cosas que más te he aclarado es que no estás en una relación.

Ella niega con ese gesto suyo de no me importa lo que digas.

— ¿Me llevas al carro? Está en el parqueo público — dice con una mirada que conozco perfectamente.

— Claro— digo.

Rodea el vehículo. Se mete. Y antes de que pueda avanzar medio kilómetro sus manos están sujetando mi miembro, y llevándolo a su boca, con esa destreza que la caracteriza, ya reconoce mi tamaño y sabe perfectamente cómo me gusta.

Me reclina la cabeza hacia atrás unos segundos.

Esto.

Esto es lo que debería hacerme esa fastidiosa del hotel.

Merlina.

Su nombre aparece en mi cabeza solo, sin permiso, en el peor momento posible.


Merlina

Al montarnos en el coche de Jon, Charlotte y él no dejan de coquetearse con esa energía de personas que han decidido que el mundo existe solo para ellos. Pobre Shelsey.

— ¿Entonces qué opinas?— dice Jon.

Estaba completamente perdida.

— Perdona, no te...— Jon pone los ojos en blanco con un dramatismo considerable.

— Decía que salgamos la semana que viene. Tengo una cena en casa de Víctor, estilo fiesta neón, buena música, buena comida — dice animado — así nos conocemos mejor los tres.

— No necesito conocerte más — le digo.

Charlotte me golpea el hombro.

— Además solo lo he visto una vez — continúo — no quiero ir.

— Amargada — dice Jon en tono completamente neutral mientras se coloca los lentes de sol.

Lo ignoro. Me pongo los airpods. Fin de la conversación.

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