Capítulo 1 La farsa
El vestido de novia todavía me pesaba como una armadura de plomo sobre los hombros. Era un diseño exclusivo y muy costoso de una casa de alta costura. No lo escogí yo, muy pocas cosas he tenido la oportunidad de escoger en mi vida. Ni lo que he usado para casarme, ni las flores de la ceremonia, ni el lugar de esa. Irónicamente, tampoco al novio.
Todas esas habían sido decisiones de mi padre para proyectar ante la alta sociedad la unión de dos grandes familias. Pero todo era una farsa. El silencio en aquella suite nupcial del hotel, así lo demostró.
Nathan estaba de pie junto a la ventana, con la pajarita desatada colgando del cuello y la chaqueta del esmoquin arrojada sobre el respaldo de un sillón. No me miraba a los ojos, tenía la vista fija en la calle oscura de Madrid, con los puños metidos en los bolsillos del pantalón y la mandíbula tan tensa que el músculo le temblaba.
—Está listo Katherine. Nos hemos casado. Las acciones de tu padre están a salvo y la línea de crédito de mi familia fue aprobada esta misma tarde. Ambas partes cumplimos nuestra cuota de sacrificio — dijo con una voz tan fría.
Aunque nada se comparó al dolor en mi pecho al verlo poniéndose un abrigo negro y tomando la llave de su auto. Las únicas piezas personales de éste en la habitación. Se quería ir.
—¿Qué estás haciendo? Los invitados se acaban de marchar. Esta es nuestra noche de bodas — hablé con el corazón latiéndome desbocado.
Él giró la cabeza lentamente hacia mi dirección. Sus ojos claros, los mismos ojos que de niños me miraban con complicidad y dulzura en los pasillos de nuestro colegio, ahora eran dos abismos de puro desprecio.
—No voy a compartir esta farsa contigo. No voy a fingir que somos un matrimonio real ni por un solo segundo. ¿Te divertiste más escribiendo los votos de boda o presumiéndolos ante nuestros ilustres invitados? — recriminó tan carente de cualquier atisbo de humanidad, que me heló la sangre.
En este gran montaje que fue nuestra boda existía una sola verdad: amaba a Nathan. Lo deseaba con una intensidad hambrienta y soñaba en secreto con él. Sabía que mi amor no era correspondido, y nunca lo sería. Era una hija ilegítima, la hija de la amante favorita de mi padre.
—¡Nuestros padres nos obligaron a esto, nos arrastraron a este infierno corporativo, pero se supone que tú y yo debíamos apoyarnos! ¡Se supone que nos teníamos el uno al otro! ¡Somos amigos! — exclamé.
Nathan soltó una carcajada seca, amarga, que sonó como si un cristal estuviese rompiéndose en mil pedazos. Dio dos zancadas hacia mí, invadiendo mi espacio con una furia contenida que me dejó inmovilizada.
—¿Amigos? — repitió con los dientes apretados — Los amigos se eligen. A ti y a mí nos encadenaron por culpa de la avaricia de tu padre y la debilidad de mi familia. ¿Y sabes qué es lo peor? Que acepté. Acepté vender mi libertad, acepté atar mi vida a la hija del hombre que nos pisoteó, porque creí que al menos tendrías el valor de negarte. Pero no lo hiciste. Te callaste, firmaste y me arrastraste contigo al fondo del pozo.
El golpe moral fue tan violento que di un paso atrás, como si me hubiera empujado físicamente. Las palabras cayeron como cuchillos sobre mi pecho. Cada sílaba era un corte más profundo que el anterior.
—Yo no quería esto más que tú — balbuceé, con la voz rota por el llanto que intentaba contener a la fuerza — Mi padre, él… él… me obligó. Tienes que creerme.
Las palabras quedaron presas en mi garganta. Nadie lo entendería o lo creería, pero Stewart Blackwood no era solo un mal padre, era un monstruo con piel de humano. Nathan volvió a reír.
—Se nota que te obligó. Dándote la gran boda de tus sueños, y al hombre de tus sueños. Estás encaprichada conmigo desde hace años.
Si al amor se le llama capricho, prefiero perder la razón entera antes que fingir que nuestra amistad fue solo un error. Las lágrimas ya recorrían mi cara arrastrando consigo el maquillaje que tardaron una hora en depositar en mi rostro.
—Pero ya está hecho — sentenció él, retrocediendo hacia la puerta con una frialdad insoportable — Seremos lo que exige el contrato para mantener las apariencias ante la prensa y los socios, una pareja casada. Pero en cuanto a nosotros... lo que fuimos de niños murió hoy, Katherine. No esperes nada de mí. Ni mi compañía, ni mi respeto, y mucho menos mi lealtad.
Nathan abrió la puerta de la habitación. Se detuvo un segundo en el umbral, sin voltearse a verme, con la mano aferrada al pomo.
—Buenas noches, esposa — escupió con desdén.
La puerta se cerró con un chasquido sordo y seco. Me quedé allí parada, en medio de la suite de lujo, con el vestido blanco de novia deslumbrante y el alma completamente destrozada.
