Capítulo 2 No te amo
El silencio resonó en esta suite como una sentencia de muerte. Y al dejar de ver la puerta para enfocarme en mi reflejo, mi estómago por poco me traicionó. El exclusivo vestido blanco de novia ahora se parecía más a una camisa de fuerza. No la fantasía de cualquier mujer.
Durante los primeros tres segundos, el orgullo, ese que me habían inculcado a los golpes, me mantuvo anclada al suelo.
—Qué se largue. Si es un cobarde que se vaya — dije con la voz temblorosa.
Pero al cuarto y quinto, al observar detrás de mí la cama cubierta de pétalos de rosas, el peso de la soledad y del infierno que me esperaba, me aplastó. Nathan era mi único refugio de la violencia y exigencias de mi progenitor. El orgullo se derrumbó dentro de mí. No podía dejar que se fuera así.
Me quité los zapatos de tacón que me impedían avanzar con soltura, los arrojé en contra de la alfombra, y eché a correr. Ni siquiera me detuve a quitarme la larga cola de tul del vestido de novia que se arrastraba por la moqueta del pasillo.
—¡Nathan! — grité con la voz destrozada.
Su figura ya se estaba perdiendo en el ascensor, cuyas puertas estaban cerrándose. No podía quedarme esperando que subiera. Pasé de largo hacia las escaleras de emergencia. Era más rápido que esperar el ascensor.
Bajé los peldaños como pude, tropezando más de una vez con las capas de tela blanca y el corazón a poco de estallarme. Fue una persecución desesperada y patética, como solo yo misma podía serlo.
Empujé la puerta de cristal que daba a la calle y el choque del agua fría que caía de los cielos con mi piel, fue doloroso. Llovía a cántaros, convirtiendo las farolas de la avenida en manchas borrosas.
Lo vi cruzando la acera hacia su auto, con el abrigo oscuro empapándose y los hombros tensos.
—¡Nathan, espera! — grité con todas las fuerzas que me quedaban en los pulmones.
Mi voz se perdió entre el rugido del tráfico y el repiqueteo del agua contra el asfalto. Él se detuvo en seco junto a la puerta del conductor. Giró lentamente sobre sus talones, y cuando me vio salir corriendo hacia él bajo la tormenta, su rostro se descompuso por completo.
Me acerqué a pasos torpes, tiritando, con el vestido de novia completamente embarrado, empapado y pesando como plomo. El agua me pegaba mi cabello rubio a la cara, mezclándose con las lágrimas ardientes que ya no sabía si eran de lluvia o de pura desesperación.
Me detuve cerca de su cuerpo, respirando con dificultad, con el pecho incendiado.
—¿Qué estás haciendo? ¡Estás loca! — exclamó dando un paso al frente para agarrarme de los brazos — ¡Te vas a enfermar! ¡Vuelve adentro!
—No me digas que vuelva adentro — le suplique aferrándome con las dos manos a las solapas de su abrigo empapado — ¡Mírame! ¡Mírame de verdad!
Lo miré con los ojos anegados en lágrimas, suplicándole como nunca en mi vida le había suplicado a nadie. Él esquivó mis ojos, no quería verme.
—No te vayas... por favor — balbuceé sintiendo que las palabras se me atragantaban — Sé que odias a mi padre, sé que odias este matrimonio, sé que me odias a mí. Pero si me dejas aquí sola esta noche, sabiendo lo que me espera... me voy a morir.
Nathan se quedó completamente inmóvil. La lluvia escurría por su mandíbula tensa, pero lo que vi en sus ojos en ese instante no fue frío, ni desprecio, fue una grieta profunda y dolorosa en su armadura. Sus manos se aferraron con más fuerza a mis brazos, como si quisiera fusionarse conmigo.
—Este matrimonio es una mentira. No te amo. Ni tú me amas a mí — aseguró.
—¡Pues que sea una mentira! — le volví a suplicar desesperada pegando mi frente contra su pecho — Quédate conmigo. Aunque sea por compasión. Aunque sea fingiendo. Pero no me dejes sola.
Nathan cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes, con una expresión de agonía pura. Por un momento, creí que iba a ceder, que me abrazaría bajo la lluvia y se quedaría a mi lado. Pero lentamente, me aparto con suavidad de su cuerpo, creando una distancia insalvable entre los dos.
—No puedo. Sobre papel seremos marido y mujer, pero en la vida real, ella está esperando por mí — confesó.
Como si fuese posible sentir más dolor, de alguna forma lo estaba sintiendo. Di un paso hacia atrás destrozada y agonizante. Me lo estaba revelando, cómo se iría con ella. Con la mujer que de verdad amaba. La que siempre había amado.
—Amo a Alma, ella y yo estaremos juntos en privado. No te preocupes, mantendremos las apariencias. Mantelas tú también con… — hizo una pausa amarga — Con quien compartas tu cama.
El desconcierto y agonía me impidió hablar de nuevo. Quedé muda mientras él dio media vuelta para abrir la puerta de su auto y entrar en éste. Arrancó sin dudarlo.
Entonces, mis piernas cedieron y mis rodillas golpearon el suelo duro. Me quedé sola bajo el aguacero, viendo cómo su auto se perdía en la noche. Y en ese preciso instante, mientras el agua fría borraba las últimas lágrimas de mi rostro, juré que jamás volvería a rogarle por amor a nadie.
Ni una lágrima más derramaría por Nathan. Soportaría el yugo de mi padre, y transformaría este dolor en fuerza. Solo me necesitaba a mí misma para sobrevivir a este infierno.
Este infierno que un día tendría que acabarse. Así como el contrato que acababa de atarnos.
