Capítulo 5 Las reglas del juego
El testamento de un hombre muerto no debería tener olor a formol y a café frío, pero esos son los olores que justamente puedo percibir en el despacho del viejo Elijah. Él, mi hermano Víctor y yo hemos estado debatiendo por horas el nuevo testamento de nuestro padre.
Tengo las ojeras de alguien que lleva tres noches sin dormir, y un dolor sordo en el pecho desde ese viernes que me encontré con Nathan. De nada sirve lo anterior, estaba condenada.
—No puedo creer que aún muerto nuestro padre siga controlando las reglas de juego — digo exhausta.
—Sabíamos que teníamos a un psicópata como padre, pero esconder la mitad de su fortuna en paraísos fiscales, hacer dos testamentos y ponernos cláusulas abusivas para heredar — silba Víctor — Se superó a sí mismo, y con creces.
—Debe haber un vacío legal, un atajo para finalizar con este maravilloso regalo de Stewart — comento cansada viendo al abogado.
Este se vuelve a ajustar los anteojos, y evita mirarme a los ojos cuando ya sé que me repetirá lo mismo de los últimos días.
—La cláusula novena del testamento de tu padre es explícita. La totalidad de las acciones y el fideicomiso de las propiedades pasan a tu nombre con una condición resolutoria imperativa: que el vínculo conyugal se mantenga activo y bajo el mismo techo por un periodo ininterrumpido. Si hay separación de hecho, divorcio o incumplimiento... todo pasará a manos de…
—La beneficencia, captado — digo rendida palmeando mis piernas después mirando a mi hermano menor — ¿Me darás albergue en tu casa y empleo en tu empresa? Son mejores opciones que vivir con Nathan.
Víctor se toma de buen humor mi propuesta. El no compartir madres nos distanció por mucho tiempo, pero la muerte de nuestro padre nos unió en lugar de separarnos más. Lo mismo con nuestro hermano mayor, Caleb.
—Le pides mucho a un futuro empleado de sueldo mínimo con gustos caros. Mi cláusula exige tener un hijo para recibir mi parte de la herencia — bromea él.
Asiento intentando no llorar por la tragedia que estamos experimentando. Estábamos tan jodidos.
—¿Será que Caleb sí se apiadará de nosotros? — me cuestiono — ¿Cuál era su cláusula? Me la repites para reírnos de lo mucho que nos odiaba nuestro padre.
—Infidelidad y divorcio. Si su esposa le pide el divorcio por adulterio, se quedará con casi todo ella — dice Elijah.
Víctor y yo nos tenemos que reír de semejante disparate. Todas las cláusulas correspondían a misiones en las que Stewart creía obviamente que fallaríamos. Víctor no quería hijos por estar traumado por su infancia, Caleb fue una vez un mujeriego empedernido, y mi orgullo es tan grande que difícilmente le pediría un favor a Nathan.
—¿Tan difícil es cumplir con las condiciones? — interrumpe con nerviosismo Elijah — Se pueden interpretar como las de un padre preocupado por el futuro de sus hijos.
—Pobre ingenuo — comenta Victor.
—Alguien no tuvo la desgracia de conocer a Stewart. Pero, tampoco estás tan lejos de la realidad — reflexiono — ¿Qué mejor forma de vengarnos de él que logrando superar sus obstáculos? Caleb está obsesionado con su esposa y su bebé. Y Nathan se mostró cooperativo, quizás pueda llegar a un acuerdo razonable con él.
—Ciertamente. ¿Fueron amigos de infancia alguna vez no? — me cuestiona Víctor.
El pecho me duele cada vez que recuerdo ese pasado. Ese amor inocente que fue mi salvación en mi juventud, y mi perdición en mi adultez. El dolor es interrumpido porque mi hermano sostiene mi mano, me saca de éste.
—Kate, fuera de juegos. No tienes que vivir con él. Como hijos ilegítimos siempre supimos que habría la posibilidad de que Stewart nos dejase sin nada, estamos preparados para esto, y Caleb no nos despedirá de la empresa. Tenemos una vida muy cómoda garantizada — argumenta mi hermano.
—Lo sé, pero una parte de mí, no sabe cómo darse por vencida. Lo intentaré. Vivir como la esposa legitima, de Nathan — digo con determinación.
Y algo de miedo, aunque ese soy buena disimulándolo.
……
La dirección que me ha pasado Nathan me deja sin aliento y confundida al llegar a la misma. Es lo opuesto a la casa ultra moderna donde crecí bajo los abusos de mi padre y con la protección férrea de mi madre. Tampoco es parecida a la mansión donde el creció, una criatura gótica y rígida.
En cambio, es una propiedad de estilo mediterráneo con muchos kilómetros de jardines alrededor. Cálida, bañada con una intensa luz solar, y adornada del verdor de la vegetación que le envuelve.
Un empleado se acerca a mí para estacionar mi auto donde corresponde, y me informa que Nathan está esperándome en el área de la piscina. Para esa tengo que atravesar el vestíbulo principal, en donde una imponente escalera de nogal oscuro asciende hacia la segunda planta y se divide en dos pasillos simétricamente perfectos.
El lugar es tan grande y está tan vacío, que mis pasos resuenan como un eco hueco. El resplandor de la luz exterior vuelve a cegarme, al igual que la presencia de Nathan. Él está concentrado en leer un periódico, está sentado con soltura, sin alguna preocupación.
—¿En serio aceptarás, así como así vivir conmigo? — voy directo al grano sentándome a su frente — Creí que ibas a quemar los papeles o a buscar una rendija legal para mandarlo todo al diablo.
—Quien no ha conseguido una forma de hacer todas esas cosas, has sido tú — comenta pasando la hoja del diario sin mirarme — Nuestra convivencia puede ser muy pacifica si nos ceñimos a normas básicas de cortesía.
Mi boca se curvea en un lado, quería joder mi paciencia y mucho más. Cruzo mis piernas, poso mi brazo en el espaldar de la silla donde estoy.
—¿Cuáles son las reglas del juego? Sin rodeos, hablemos de números — propongo con confianza.
Una fingida. No solo este matrimonio es una farsa, yo también lo soy.
