Capítulo 6 Inexistente
Nathan me mira por encima del periódico con una expresión certera, y podría decir que de sarcasmo. Libera sus manos, con la luz de este día que hace ver a sus cabellos y ojos más claros de lo que son, más celestiales de lo que un demonio debía tenerlos. Tiemblo en mi interior, y me maldigo por mi debilidad.
—Si vamos a jugar a ser los esposos perfectos para cumplir el capricho de tu difunto padre, necesitamos reglas claras. Una aclaratoria antes de darlas, no puedes comprar mi buena voluntad con dinero, mi cabeza ha dejado de tener un precio. ¿Lo recuerdas? — me sonríe.
—Claro que lo recuerdo, ahora es la mía la que lo tiene — le sonrío de la misma forma.
—Regla número uno. Viviremos en zonas independientes de esta mansión. Hay dos alas. Tú te quedarás en la planta alta del sector este; yo usaré el ala oeste. Nadie cruzará al territorio del otro sin previo aviso. Evitaremos coincidir a menos que sea estrictamente necesario para los auditores — explica.
—Me parece bien. No podemos vivir todos los días de los próximos seis meses, arruinándole jornada laboral al otro con su imagen — respondo con sarcasmo.
—Encantadora como siempre — me replica en el mismo tono — La segunda regla, si los albaceas o la prensa aparecen, actuaremos como un matrimonio unificado, uno reconciliado. Fuera de estas paredes, seremos una pareja devota. Dentro, podemos ser dos completos extraños obligados a coexistir.
Yo estoy obligada a coexistir con Nathan por el dinero de la herencia, él no, y ha aclarado que no está interesado en mi dinero. Está siendo muy cooperativo, y eso era mil veces más peligroso que verlo enfurecerse.
—¿Algún comentario burlándote de una regla totalmente lógica y civilizada?
—No me provoques a que te dé una respuesta incivilizada. Continúa — suspiro quitándome los lentes de sol de mi cabeza y poniéndolos en mi cara viendo a otro lado.
Podría jurar que está sonriendo por la forma en la que puedo verle por una esquina. No lo compruebo, me muestro tranquila e indiferente. Como si mi vida no dependiese de sus manos.
—Y la regla número tres. No hablaremos de lo que pasó en nuestra noche de bodas. No quiero recriminaciones, ni entrar en peleas sin sentido por algo ya superado.
Tengo que verlo chirriando mis dientes entre sí y con una sonrisa que hace doler a mi cara. Será imbécil, por supuesto que no desea hablar de esa traumática noche para mí. Para él debe estar superado, a mí me sigue ardiendo con una intensidad agonizante.
—Ya que has puesto tus reglas. Imagino, que tendré la potestad de imponer yo unas cuantas más — ofrezco.
—Adelante. El ring es tuyo — hace un gesto de que me permite entrar en éste.
Mis reglas son simples, y muy básicas.
—No quiero que Alma entré a esta casa durante los próximos seis meses. Bajo ninguna circunstancia, lo que hagas en tus escapadas con ella o a cuál acuerdo hayan llegado para que podamos vivir juntos, no me interesa, ni es mi problema — pido con contundencia.
El rostro de Nathan se impacienta, le molesta la primera regla que le impongo.
—Seguro. ¿Qué más quieres?
Es todo lo que me dice. No me da explicaciones, no se opone, mientras que yo estoy ardiendo por dentro. Todos estos años no he sido más que una fachada, para que en las noches estuviese siendo acobijado por el amor de su vida.
No sé qué tipo de relación tengan en la actualidad esos dos, pero me enferma imaginármelos. Qué juguemos a ser los esposos reconciliados por el día, y por la noche vaya a alguna de sus otras propiedades a compartir cama con ella.
No es mi problema, lo sé. No debería molestarme, lo sé. Aun así, en el corazón poco se puede controlar. Tampoco la idiotez que estoy a punto de soltar.
—Ninguno debe rendirle cuentas al otro sobre a dónde va, con quién habla o qué hace dentro de su espacio personal — suelto — Como habrás de esperarlo, también tengo una vida íntima que no detendré por este acuerdo.
Noto cómo las venas en la mano derecha de Nathan se marcan, y cómo arruga el papel con una violencia inmediata.
—¿Una vida íntima? ¿Te refieres a tu amante? — gruñe rabioso, tratando de contenerlo — ¿Tengo el placer de conocerlo?
—¿A mi amante? — niego con una inocencia fingida — No creo que conozcas a ninguno de ellos.
Mi pequeña mentira descarada logra enfurecerlo más de lo que debería. Tiene las orejas rojas, y mis labios están en una lucha interna por no curvearse hacia arriba mientras finjo ver a un lado al jardinero podando el césped.
—Y la sexta, y más importante. Me gusta el trabajo de tu jardinero, tienes que cederme sus horarios para trabajar en mis proyectos personales — digo sonriente enfocándome en él.
Ahora Nathan es el desconcertado, y el que está abrumado por mis peticiones. Como si no las entendiera. Me encanta estarle dando una cucharada de su propia medicina. Le daría muchas más de esas en los próximos seis meses.
Si él no es honesto conmigo y con sus intenciones, no veo por qué yo tengo que serlo con mis sentimientos, y vida sexual u amorosa.
Una inexistente, por cierto. No tengo amantes, nunca los he tenido.
