Capítulo 4 Decisión Mutua
Capítulo 4 — Decisión Mutua
Narrador
Sintiendo cómo los primeros rayos del sol golpeaban directo su rostro, Harriet se removió sobre la cama, había caído tan rendida que se había olvidado por completo de la compañía de Ciro con quien había pasado una noche bastante agradable. Abriendo sus ojos con cierta pesadez, Benson observó el otro lado de la cama, y descubriendo que esta se encontraba vacía tomó asiento sobre la misma.
—Buenos días, Harriet.
Murmurando para sí misma al no ver rastros de él, supo que se había marchado sin dejar alguna nota, mensaje, y colocándose de pie se dirigió al baño de la habitación para tomar una ducha antes de salir. Colocándose una ropa limpia y recogiendo su cabello en una coleta alta, salió a la estancia del departamento desde donde se visualizaba a Martin completamente despierto preparando el desayuno.
—Harriet... — Percatándose de su presencia este soltó contento de volver a verla, y saliendo detrás de la barra se acercó a ella para abrazarla mientras decía— Miranda no me dijo que regresabas ayer, de haberlo hecho la habría acompañado a buscarte al aeropuerto.
Abrazándola con fuerza una vez llegó hasta ella, Martin explicó, y señalándole tomar asiento para comer algo este preguntó:
—¿Y qué tal estuvo el viaje? ¿Qué se siente ser egresada de una de las mejores universidades del mundo?
Sonriendo por la ironía con la que formuló la última pregunta, Harriet tomó el lugar señalado, contemplando el tocino, el pan y el huevo sobre el plato se saboreó antes de responder:
—El viaje fue agotador, y cómo se siente lograr por lo que tanto has trabajado... Diría que es gratificante.
Sonriendo en respuesta siendo testigo de lo mucho que anhelaba Harriet esta meta, tanto que se separó por mucho tiempo de sus seres queridos, Martin elevó su vaso lleno de zumo de naranja, y proponiendo un improvisado brindis, ella hizo lo mismo con el suyo.
—Por lo que viene... Por que Miranda no llorará más tras finalizar sus video llamadas por no poder viajar a verte, por que estás de vuelta a casa y eso también me alegra.
Chocando los vasos ambos tomaron un sorbo de jugo, y dejando el mismo sobre la barra Martin siguió:
—Y de verdad siento no haber ido a buscarte al aeropuerto con mi hermana, ayer fui a tomarme un trago para despejarme un poco del trabajo, y perdí la noción del tiempo; cuando quise detenerme, ni colocarme de pie podía.
Negando al ser testigo de ello, que ni mantenerse en pie podía pues Ciro prácticamente lo traía cargado, Harriet sonrió, y abriendo la boca respondió:
—Sí, ya me di cuenta, Ciro prácticamente te cargó en brazos para ayudarte a llegar al sofá.
Esfumándose su sonrisa enseguida al escuchar el nombre de su mejor amigo, Martin aclaró su garganta, y rascando su nuca agregó sin que ella le preguntase:
—Referente a ese idiota, se fue al amanecer, espero no se haya pasado contigo.
Negando, Harriet solo se colocó de pie llegando la hora de irse a casa finalmente, y metiendo un poco de tocino en su boca respondió convencida de que él le daría una explicación la próxima vez que se vieran:
—Lo que pasó fue porque los dos así lo quisimos, nadie obligó a nadie... Ahora tengo que irme.
Buscando su equipaje, Harriet se preparó para salir de allí, y colocándose de pie en la puerta soltó antes de agitar su mano despidiéndose de Martin:
—Gracias por cuidar de mí... también te extrañé, Martín.
Sonriendo al escuchar la puerta cerrarse, Martin se dispuso a terminar su desayuno, y llegando poco después a la mansión Benson la cual no había pisado en años, Harriet liberó una bocanada de aire, y colocándose de pie frente a los enormes portones se despojó de sus gafas de sol.
—Bienvenida señorita Harriet.
Siendo abiertos estos enseguida al ver que se trataba de ella, una enorme infraestructura se elevaba en el centro del terreno con podados jardines cuidados meticulosamente, y llegando al fin a la puerta principal esta se abrió de pronto de donde salió Magdalena para recibirla.
—Harriet... Por fin llegas a casa. — La abrazó sin esperar respuesta— Me quedé esperándote ayer.
Separándose de ella poco después sin recibir respuesta de su parte, Magdalena la tomó de los hombros para observarla mejor, y regalándole una pequeña sonrisa, agregó:
—De verdad quería hablar contigo, explicarte lo que te mencioné.
Apretando los labios siendo eso lo menos que quería hablar al llegar a su casa, la misma en la que había crecido, en la que había vivido momentos maravillosos con su padre, Harriet solo se apartó de su madre, y empezando a caminar al interior de la misma, soltó:
—¿De verdad esa será la bienvenida que me darás? Pasé la noche en el departamento de Miranda, la verdad estoy cansada como para hablar de eso.
Empezando a caminar tras de ella, Magdalena liberó una bocanada de aire sabiendo de antemano que no sería nada sencillo contarle a ella sobre su matrimonio, y deteniéndose de pronto dispuesta a terminar de una buena vez con ese asunto pues la boda por civil seria en dos días, la señora Benson dijo:
—¡Harriet, detente! ¡Tenemos que hablar ahora! No puedo esperar más.
Deteniendo su andar en ese momento, Harriet se giró para ver a Magdalena, quien permanecía firme en su posición, y liberando el aire, sinceramente sin ánimos, respondió:
—¿Te parece si lo hacemos durante la cena? No creo que un par de horas sin hablar de ello te mate de un infarto fulminante, madre.
Asintiendo un par de segundos después de observarla, Magdalena accedió a hablar del tema durante la comida y, retomando la marcha hacia las enormes escaleras que conducían a su habitación, antes de empezar a subirlas, Harriet vio la puerta del despacho de su padre ligeramente abierta.
Deteniendo su pie antes de pisar el primer escalón de granito, Harriet se desvió al santuario, donde su padre solía cerrar jugosos tratos, e ingresando al mismo poco después de dar un par de pasos, notó que seguía tal cual lo había dejado a su partida.
Recorriendo la firme madera del escritorio de roble con su mano, al llegar al otro lado donde su padre solía tomar asiento, Harriet sonrió al ver los portarretratos sobre el mismo que albergaban fotografías de ellos tres siendo la familia feliz que habían sido en verdad hasta que la muerte lo llevó consigo, y colocándose de pie en la puerta, Magdalena murmuró al ver a su hija, un tanto conmovida por lo que veía:
—Harrison, dondequiera que esté, debe estar muy orgulloso de ti.
Asintiendo con un pequeño nudo en la garganta, y sus ojos cristalizados, Harriet tomó un poco de aire y, centrando la mirada en Magdalena, solo respondió con cierta amargura:
—Lástima que no puedo decir lo mismo de ti, madre... Estoy segura que mi padre se debe estar revolcando en su tumba por tu repentino matrimonio.
Pasando por su lado, Harriet dejó a Magdalena sin palabras por lo que acababa de decir, y subiendo finalmente por las escaleras, la dejó de pie en el mismo punto. Desgraciadamente, no había nada más que hacer ya que el contrato estaba firmado.
