Capítulo 5 Maldito infierno
Capítulo 5— Maldito infierno
Narrador
Llegando la hora de la cena tal como lo acordaron, Harriet se preparaba para bajar al comedor a compartir la mesa con su madre, lo cual la tenía un tanto molesta. ¿Cómo era que su madre, de un momento a otro, solo le anunciaba que se casaría sin presentarle su pareja previamente? Solo de un día a otro, le avisaba que uniría su vida a alguien más, dos días antes de hacerlo.
Observando su vestido una vez más, color negro ceñido al cuerpo, Harriet asintió conforme con el mismo tras haberlo repasado un par de veces antes, y caminando a la puerta antes de tomar el pomo de la misma, liberó un poco de aire por lo que le esperaba.
—Harriet, tú puedes... Es solo una estupida boda, puede que no duren ni un año.
Girando finalmente este, salió de la habitación con pasos firmes, descendiendo por las enormes escaleras, y al llegar al comedor, en el costado de este vio a Ciro, quien observaba en ese momento su teléfono ajeno a su presencia.
—Ciro ¿Que haces aqui?
Elevando su vista, este vio que Harriet se acercaba a él en ese momento, y elevando su mentón, lo peor estaba por pasar.
—No era necesario que vinieras hasta aquí... Con un mensaje era más que suficiente para hablar lo que paso.
Acercándose a él pensando que el motivo de su visita era ella y lo sucedido entre ellos dos la noche anterior, Harriet sonrió ligeramente, y apareciendo por la otra puerta del comedor, Magdalena, junto a dos mujeres de servicio que servirían la cena esa noche, dijo.
—Qué bueno que estén aquí los dos... Pueden iniciar.
Señalándoles servir la comida a las mujeres que la acompañaban, Magdalena tomó su lugar en la cabecera de la mesa, y mostrándole el asiento a su lado a Ciro, este lo tomó un poco después, tras apartarle la mirada a Harriet, quien no entendía nada de lo que estaba pasando.
—Harriet... ¿No piensas acompañarnos?
Llamándola por su nombre al ver que permanecía en su lugar sin decir una palabra, Magdalena le señaló el asiento a su otro lado, y asintiendo, pues se suponía que estaba allí para eso, para cenar, para hablar con su madre, Harriet tiró de la silla para colocarse cómoda.
—Espero te guste; mandé a preparar tu platillo favorito con la intención de darte la bienvenida a casa.
Forzando una sonrisa un tanto descolocada por la presencia repentina de Ciro, Harriet apenas disfrutó el exquisito sabor de su comida favorita, e iniciando la cena, Magdalena poco después tomó la palabra.
—Sé que ayer, cuando te llamé, cuando recién bajabas del avión, no fui para nada prudente al decirte el siguiente paso que daré en mi vida.
Deteniendo el cubierto antes de tomar el siguiente bocado de comida, Harriet desvió la mirada del mismo para centrarla en su madre, quien seguiría en ese momento, y pasando saliva al otro lado de la mesa, Ciro observó a la mujer con la que había pasado la noche anterior, quien se veía tensa con los labios apretados.
—Así, nada más, sin prepararte para ello, sin haberte comentado previamente lo que quería hacer.
Sin siquiera pestañear, Harriet permanecía atenta a cada una de sus palabras, y remojando los labios antes de seguir, Magdalena tomó un poco de aire.
—Pero es que hay cosas que solo pasan, así, nada más, sin esperarlas, sin planificarlas... cuando uno menos lo espera.
Ladeando la cabeza un poco descolocada por hacia dónde se dirigía esto, Harriet soltó los cubiertos que sostenía, y viendo cómo de pronto la mano de Magdalena se posaba sobre Ciro, quien no le quitaba la mirada de encima a ella, esta siguió.
—Y eso fue lo que nos pasó a nosotros—Magdalena centró la mirada en Ciro buscando el apoyo que necesitaba para continuar—. Cuando menos lo esperamos, entre Ciro y yo nacieron sentimientos, sucedieron cosas— Devolvió la mirada a Harriet, quien estaba en shock por lo que estaba escuchando—. Y nos enamoramos... Tardamos un poco en aceptarlo y cuando finalmente lo hicimos, decidimos dar el siguiente paso.
Colocándose de pie enseguida, de manera abrupta, incapaz de aceptar esa locura, Harriet sonrió incrédula mientras negaba frenéticamente, y apoyando ambas manos sobre la mesa, preguntó, queriendo creer que se trataba de un absurdo juego.
—¿Ustedes dos me están jugando una broma?
Harriet observó a su madre, quien permanecía inmutable ante su incredulidad.
—¿Ciro? Dime que estás jugando conmigo.
Apretando en respuesta la mano de Magdalena que aún se mantenía sobre la suya, Harriet supo que no se trataba de un juego. Que su madre se casaría con su ex, con quien sostuvo una relación clandestina que, aunque no salió a la luz, pasó.
—Esto es una puta locura.
Sonriendo una vez más, esta vez de frustración, de rabia, de impotencia, Harriet dio un par de pasos atrás, y tomando un poco de aire, dijo tratando de hacerlos entrar en razón.
—¿En serio, madre? ¿te casarás con el hijo del mejor amigo de mi difunto padre? Con un hombre un par de años mayor que yo—. Con cada segundo que pasaba, Harriet sentía cómo una opresión inexplicable se hacía presente en su pecho—. Ciro podría ser tu hijo, madre.
A lo que él fue quien respondió, colocándose de pie.
—Pero no lo soy, Harriet... Ya tu madre y yo lo decidimos, y nos casaremos en dos dias.
Soltando una pequeña carcajada que resonó en el comedor, Harriet no paraba de negar, pensando que se trataba del chiste del siglo, y señalandole respondió:
—Quien no te conoce, Ciro Galvani, te compra sin pensarlo dos veces, eres un maldito...
—¡Harriet! Silencio...
Colocándose de pie, Magdalena no le permitió terminar, y desviando su mirada a ella, Harriet soltó:
—¿Qué madre? Iba a decir una mentira... Sabes que tengo razón.
Dando un paso hasta ella, Magdalena pretendía ayudarla a calmarse, controlar la situación, y elevando sus manos en señal de que no quería que le pusiera un dedo encima, Harriet siséo sabiendo que ese matrimonio iba muy en serio.
—Saben que... Pueden irse al maldito infierno los dos.
Girándose sobre sus pies, Harriet salió del comedor caminando de prisa, tanto como sus zapatos de tacón se lo permitían, y liberando una bocanada de aire al ver su reacción cuando la opresión en su pecho se hizo insoportable, Magdalena musitó:
—Lo sabía, ella me odiará.
Pasando su mirada a la puerta por donde salió Harriet, hecha una fiera, a Magdalena a sus espaldas, Ciro se giró para ayudarla a tomar asiento en una de las sillas del comedor, y tomándola de sus hombros murmuró en un intento de reconfortarla:
—Déjame hablar, te aseguro que entrará en razón, Magdalena.
Asintiendo, confiando en que la lograría convencer, Magdalena le permitió seguir, y empezando a caminar detrás de ella, a lo lejos Ciro vio cómo se dirigía a su habitación, pensando que de ese modo escaparía de él. Acelerando sus pasos en un par de zancadas, Ciro logró prácticamente alcanzarla, e interponiendo su mano antes de que ella lograra cerrar la puerta, solo bastó empujar un poco para entrar tras ella, cerrando esta a sus espaldas.
—Ahora sí, Harriet, tú y yo hablaremos seriamente.
