Capítulo 1 La diversión arruinada

Mi teléfono suena con una llamada de Louis, mi hermano mayor. Contesto enseguida.

—¿Pasó algo? —le pregunto. El condenado nunca me llama a menos que tenga algún plan con su novio y que no quiera que yo le estropee.

—No, solo quiero saber si vendrás tarde. Pete y yo tenemos una cena especial esta noche.

¡Bingo!

—Tranquilo, no llegaré a casa. Voy a quedarme donde Ronald.

—Ya veo. Pásala bien.

No lo dice de buena gana, pero igual no se mete en mis relaciones.

—No lo dudes. Llevo esperando esta noche toda la semana y voy a hacerle de todo.

—Basta, no quiero detalles —dice con voz espantada.

—Ni yo los tuyos —le bromeo.

No tengo nada en contra de sus relaciones, solo que es un indeciso y por eso no le duran tanto como la mía. Dos años llevo con Ron; y presiento que la espera por nuestro compromiso formal está por acabar.

—Muy graciosa. Diviértete, pero no llegues tan temprano.

—Vale, llegaré después de que desayunemos desnudos en la cama —digo maliciosa y cuelgo antes de que me reprenda.

Guardo el teléfono y me dirijo a la tienda de lencería. Hoy me ha llegado la paga, y me compraré el modelito al que le he echado el ojo. Ron es un fetichista de la ropa interior provocativa y esta noche lo dejaré satisfecho, para que podamos hablar por fin del tema que llevamos posponiendo por casi dos años.

Salgo de la tienda con una bonita caja color purpura. Después conduzco hacia la casa de mi novio y de camino compro una botella de Malbec para brindar. Sus padres están de viaje todo el fin de semana, así que no tendremos interrupciones.

La verdad es que ya me estoy cansando de que nos dejen a medias, de esconderme desnuda bajo la cama o de huir casi de la misma forma cuando llegan de improviso a su casa. Suspiro con fuerza cuando me acerco a la mansión de los Dickson.

Su familia es muy influyente en la política; por eso me tomo nuestra relación con paciencia. Porque una vez que me acepten, estoy segura de que ya no volveré a esconderme o aparentar que no hay nada entre nosotros.

Estaciono en la entrada trasera de la casa y saco la caja con mi lencería diminuta. La única que sabe lo nuestro es la ama de llaves, Zulma, a quien mi novio le paga extras para que guarde silencio y me deje entrar y escapar sin problemas.

Apenas abre la puerta y me ve, se hace a un lado. Ya conoce la rutina.

—Ponla en hielo, por favor —le pido entregándole la botella. La recibe sin decir nada; siempre es así—. Bajaré a buscarla en un rato.

Me apresuro por las escaleras directo a la habitación de Ron. Tengo tiempo de sobra, así que me ducho, me pongo el conjunto de ropa interior y una bata encima. Enseguida bajo a por la botella, y dos copas.

Cuando vuelvo me deshago de la bata y me escondo tras la puerta justo cuando escucho que está por llegar. Me tapo la boca para no delatarme y tiemblo de emoción al oír como gira el pomo. En cuanto entra, me presento ante él y se queda boquiabierto.

—Cielos, Elaine, no pudiste darme una mejor sorpresa —susurra seductor.

Se lanza a besarme como un desesperado. En el camino hacia la cama le quito el saco, le aflojo la corbata y lo empujo para ponerme a horcajadas. Sonrío victoriosa al frotarme sobre su erección.

—Parece que ya conseguí mi primer objetivo —le digo apretándole el bulto con una mano.

—Y yo soy muy afortunado. Amor, estás para comerte.

—¿Te gusta? —Me pavoneo con la lencería que me costó casi todo el sueldo del mes.

—Me encanta. No te lo quites, quiero follarte con él puesto —me advierte haciéndome vibrar.

—Hecho —festejo. «Por fin todo va a salir de maravillas».

Mientras lleno su copa, Ron se inclina para besarme, después la choca con la mía y se la bebe de un trago para apretar mis pechos y morderlos.

—Es hora de quitarse la ropa —chillo entre dientes cuando muerde mi pezón.

Dejo la copa a un lado y suelto su cinturón, pero de repente se detiene cuando estoy abriendo sus pantalones. Él aparta mis manos de forma abrupta.

—Espera —espeta. Ese tono no me gusta.

—¿Qué pasa? —intento seguir.

—He dicho que pares —masculla.

—¿Qué ocurre, Ron? —Me irrito. Presiento que va a pasar otra vez.

—Quítate de encima. Parece que han llegado mis padres.

—Pero si no he oído nada... —protesto.

—Han llegado antes de lo planeado, algo tiene que haberles pasado —brama, y me empuja a un lado con brusquedad.

—Pero podríamos...

—No, lo siento, vete. Te compensaré muy bien después —me ruega.

Hago un mohín, inflando las mejillas y desinflándome por dentro.

Tocan la puerta con insistencia. Es Zulma, avisando de que los señores están entrando. Ron suspira fuerte y me hace ese gesto con la cabeza que tanto me enoja. Es un "vete ya" rotundo.

A regañadientes recojo mi ropa, mi bolso y la botella, y el ama de llaves me escolta hasta la puerta trasera del patio, por donde huyo, una vez más, como si fuera una intrusa.

Siguiente capítulo