Capítulo 2 La odiosa clienta

Tocan el vidrio de la ventana y el ruido me despierta. Lanzo un bostezo, al final, mi noche de diversión se redujo a esto, yo bebiéndome la botella de vino completa y durmiendo en el asiento trasero de mi auto.

—¿Por qué no entras? —pregunta Louis.

—¿Ya se fue Pete? —indago somnolienta y con la voz gangosa.

—Hace una hora —Louis responde haciendo un gesto de que huelo a tufo.

—Pensé que desayunarían en la cama como dos tortolitos —le bromeo sacándole la lengua.

—Creí que eso era lo que harías tú y el tonto de tu novio.

—¿No es obvio? Se arruinó de nuevo —digo frustrada, agarrando mis cosas y saliendo del auto a trompicones.

Louis coloca mi brazo sobre su hombro y me ayuda a entrar. Me dejo caer en el sofá, agotada.

—¿Otra vez la misma jugada? —cuestiona.

—No. Sus padres regresaron antes de lo previsto.

Le sonrío para aminorar la gravedad.

—Me pregunto por qué ese tío no tiene un apartamento de soltero.

—No puede. Sus padres no se lo permiten.

Mi hermano lanza un bufido en mi cara.

—¿Y esa es la clase de hombre que quieres para ti?

Parece que está especialmente ácido esta mañana.

—Lo quiero, punto. Pero es mi culpa; ya sabes que su familia se mueve en la alta sociedad y yo no tengo nada que ofrecer, aunque lleve el "lustroso" apellido Cavendish.

—Pudiste haberte quedado con el tío Oswald, así no tendrías que esconderte y alardearías de nuestra estirpe. No tenías que seguirme.

Louis me hace suspirar hondo y mi propio tufo me invade la nariz asqueándome.

—Debe ser porque, al final, solo nos tenemos tú y yo —emito acongojada.

Louis me sonríe y me sirve una taza de café. La agarro con las dos manos, calmándome con su tibieza. Lo bebemos en silencio porque los dos sabemos que es la verdad. Desde que papá y mamá murieron dejándonos solos, quedamos bajo la estricta tutela del tío Oswald.

Pero él es un hombre que no conoce el cariño. Es un amargado a pesar de lo joven que todavía es. Papá era mayor y a su muerte él asumió todo el peso del apellido. Quizás por eso se volvió así y hasta perdió al amor de su vida.

Louis fue el primero en renunciar a su futuro cuando lo rechazó por sus "gustos inmorales". Yo le seguí después de graduarme del internado para señoritas en Inglaterra, cansada de sus normas rígidas y del compromiso que ya me había planeado.

Después de eso, nos cortó el dinero y declaró que volveríamos con el rabo entre las piernas. Ambos luchamos por no complacerlo, por lo que no sirve de nada mencionar mi apellido.

—¿Y cómo fue la cena con Pete?

Cambio de tema.

—Hablamos de todo un poco. Quiere que vivamos juntos.

—¿En serio? —pregunto con más emoción que él.

—Sí, pero le dije que voy a pensarlo.

—Y ahí vas de nuevo. Si Ronald me lo pidiera lo haría sin dudar. Parece que estamos en el mismo barco y tú en el lado contrario.

—Ni al caso. Yo no tengo tu problemita —me replica.

—¿Por qué no te decides? ¿Es por la amenaza del tío?

—No.

—Al final, parece que seguimos sin poder hacerlo solos.

Exhalo con fuerza acomodándome en el sofá.

—Sí podemos —declara optimista antes de mandarme a dormir a la cama como buen hermano mayor.

Mañana hay que trabajar.

*<<<

Es lunes y me preparo para mi jornada. Al principio fue difícil habituarme a recibir órdenes cuando estaba acostumbrada a darlas, pero así son las cosas. Si le dijera a Ronald la verdad, que soy la chica de la que todos especulan, pero cuyo paradero nadie conoce, quizás todo cambiaría.

Me despido de mi hermano, que se va a su trabajo de asesor en un banco, y yo me dirijo al mío como vendedora en una tienda de ropa de lujo. Lo conseguí gracias al refinamiento que aprendí en la academia.

No me va mal y me he ganado méritos como la mejor vendedora, además, la paga es buena y consigo ropa bonita a bajo precio cuando pasan de temporada.

—¿Y esa cara? —me pregunta Cinthia, mientras limpiamos la vitrina.

Es una de mis compañeras y con la que mejor me la llevo.

—No tengo otra —me río con desgana.

—El sábado te fuiste toda alegre por tu gran noche ¿Qué pasó?

Quisiera decirle que no pasó nada.

—Y fue así —miento porque estaría loca si le cuento la verdad.

No quiero que se burle de mí; he exagerado alardeando de mi novio perfecto, ese al que nunca han visto por aquí porque su padre es un general retirado muy conocido, y por eso somos "reservados".

«Eso cambiará pronto», me digo con optimismo.

La puerta de la tienda se abre y entra una mujer elegantísima, luciendo unos maravillosos tacones que la hacen ver alta y espigada. Cinthia me hace señas y me acerco a atenderla.

—Bienvenida —pregunto—. ¿Tiene cita previa?

La pelicastaña y con una coleta alta, me mira de arriba abajo con desprecio. Como si la hubiera ofendido.

—¿Me lo preguntas en serio? —suelta.

—Sí.

—No necesito una —responde engreída—. Tú debes de ser una simple vendedora, ¿por qué no llamas a la gerente?

La mujer alza la voz y Cinthia se acerca de inmediato.

—¿Sucede algo?

—Nada, solo preguntaba por la agenda —le informo a mi compañera encogiéndome de hombros.

—Ve por la tableta —me indica Cinthia con una sonrisa profesional hacia la clienta—. Podría darnos su nombre para la verificación...

La mujer resopla indignada. ¿y quién demonios es?; nunca he visto a una clienta tan altanera. Me pregunto si actuará así porque no tiene una cita agendada. Aquí trabajamos con agenda previa, por lo que la clientela es selecta.

—Llama a la gerente. Hablaré solo con ella —insiste.

Nuestra jefa, la señora Carol March, aparece de inmediato. Debió ver el espectáculo por las cámaras. Cinthia y yo nos hacemos a un lado sin entender por qué se comporta así.

—¿Algún problema?

—Soy Paula, la hija de Glenda —suelta orgullosa con una voz de niña mimada, que me desconcierta y me irrita cuando me mira de reojo con hastío.

la señora March parece hacer memoria y luego le sonríe con complacencia.

—Oh, es cierto, pero no pensé que vendrías esta mañana.

—Sí, estoy recién llegada de Londres y vine porque necesito un atuendo urgente para una ocasión especial, pero esta mujer no ha querido atenderme y solo me hace preguntas tontas.

¿Cuándo pasó eso? Arrugo el ceño, pero me fuerzo a sonreír cuando la gerente me mira reprobadora. Niego disimuladamente.

—Vuelvan a sus puestos, yo me encargo de la señorita Rivers —nos ordena cuando creí que le explicaría que preguntar es parte del protocolo de la tienda.

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