Capítulo 3 Rosas que se esconden en un baúl
A las ocho llega la hora de salida. Estoy agotada y aburrida tras el incidente con esa mujer de la que no quiero volver a saber en mi vida.
Es irónico porque en otro tiempo la habría puesto en su lugar. Desheredada o no, soy una Cavendish, y pese a las diferencias con mi tío Oswald, él es quien mantiene a nuestra rica familia como la número dos del país, justo detrás de los Rockford.
Saco mi teléfono para llamar a Ron. Por regla, nunca nos llamamos durante el trabajo, pero no hace falta. Me detengo al ver que, junto a mi Ford Focus, me aguarda una grata sorpresa: es Ronald con un enorme y pomposo ramo.
Corro hacia él emocionada, recordándome por qué todavía sigo guardando esperanzas, aunque Louis me lo recrimine.
—Te dije que te compensaría muy bien —dice, haciéndome reír a pesar del cansancio. Me conmueve tanto el gesto que me lo como a besos.
—Son mis… favoritas.
Mi emoción se apaga un tris al notar que son peonías y no rosas, como lo parecían de lejos. Sonrío tonta porque mi vista me engañó, y es raro porque él sabe que son las que me encantan.
Pero no quiero ser desagradecida y las abrazo contra mi pecho, demostrándole mi agradecimiento.
—Son como tú, hermosas —suelta él—. También incluye cena. ¿Qué tal si nos vemos en el restaurante de siempre?
Me da un beso en la frente para marcharse. Me sacudo y le detengo del brazo. Ron me mira confuso.
—¿Podemos ir juntos?, puedo dejar mi auto aquí sin problemas.
—Preferiría que no, amor —sonríe zanjando mi idea.
―Vale.
Asiento, tratando de no perder el entusiasmo. Soñaba con poder presentarlo a mis compañeras y presumir las flores, pero supongo que será después. Tampoco quiero arruinar su buen gesto, es la primera vez que se arriesga a venir a mi trabajo y me sorprende de esta forma.
El sitio al que vamos es un restaurante italiano apartado; me gusta porque es privado y podemos hablar sin temor a ser escuchados o descubiertos. Seguro que después me lleva al hotel cercano donde solemos refugiarnos de las interrupciones.
—De verdad espero que me perdones —dice cuando ocupamos nuestra mesa acostumbrada, lejos de las vistas.
—No te preocupes, todo está bien —respondo optimista. No sirve de nada admitir que sigo molesta.
Estoy segura de que las cosas cambiarán pronto, y no quiero ser quien lo arruine todo ahora.
—Será temporal. Esta vez es verdad —insiste él.
―Vale.
Hago una mueca para molestarlo. Que no acepte mi enojo no significa que no pueda desquitarme un poco.
―Lo digo en serio, Elaine ―dice con seriedad.
Él me coge la mejilla y me obliga a levantar la mirada de mi plato de pasta a la boloñesa. En medio de todo, me ha sorprendido.
―¿Qué tratas de decir? ―intento probarlo.
—Mis padres cumplen su aniversario el jueves. Quiero que vengas como mi invitada. Ya les he hablado de ti y esperan conocerte.
—¿Es… en serio? —Mi corazón da un vuelco.
―¿Amor, cuando te he mentido?
―Lo sé, pero, a veces me ilusionas en vano ―confieso abrumada.
Ronald esboza una sonrisa tenue que me tranquiliza. Louis dice que sigo igual porque soy demasiado blanda, pero quizás es porque no quiero dejar de creer en el amor. Ronald es mi destino y lucharé por él.
―No será así, ya me he estado preparando para decírselos. He pensado que es la ocasión ideal, por eso no podemos cometer errores. Deben tener la mejor impresión de ti. Así el asunto de tu hermano pasará a un segundo plano.
―Ron…
Diablos, empiezo a abanicarme. Me deja sin palabras cuando creí que las cosas entre nosotros se estancarían de nuevo. Pestañeo para espantar las lágrimas, no es tiempo de llorar. Ron a veces odia que sea muy emocional.
―Entonces hay que celebrar para desquitarnos ―propongo.
―Claro que sí, soy todo tuyo esta noche ―repone y mi emoción vuelve a tope.
No le dije a Louis que me quedaría por fuera, pero, tampoco habrá problema y así podré regodearme también. Terminamos de comer y salimos a buscar los autos para encontrarnos en el hotel.
―Te veo allá ―le aviso despidiéndome de forma momentánea.
Él me guiña el ojo con una sonrisa pícara. Voy rápido hacia el mío cuando escucho la vibración de su teléfono. Camino despacio, rezando para que no sea una urgencia que arruine nuestra cita.
—Hola, mamá —le escucho decir—. ¿Tiene que ser ahora?
Suspiro con fuerza; que sea ella quien llama es un mal augurio. No me quedo a escuchar más porque es obvio lo que hará. Apresuro el paso justo cuando mi teléfono suena con una notificación de mensaje:
“Lo siento, acaba de surgir una urgencia en casa. Lo haremos otra noche.”
Ni siquiera me volteo para ver como corre hasta su auto y se marcha después de haberme notificado. Debería haber dudado que todo terminaría bien cuando las flores que me trajo son solo una imitación de mis favoritas.
Las guardo en el baúl.
