Capítulo 6 La cura para la decepción

Llego a casa y ni siquiera toco la puerta; me quedo tirada en el porche lamentando mi miseria. ¿Cómo pude ser tan ciega? Dos malditos años entregando todo, y esperando por nada. Con razón nunca se decidió e hizo lo que mejor le queda, hacerse el hijo bueno de mamá.

No se lo voy a perdonar nunca.

La puerta se abre, es Louis. Apenas le miro, y vuelvo a enterrar mi cabeza entre mis rodillas. Se sienta a mi lado, en silencio.

—Parece que esta noche no ha sido buena para los dos —suspira él.

Me ladeo para mirarlo.

—¿Terminaste con Pete? —asumo.

Él asiente, aunque no creo que haya sido una ruptura tan trágica como la mía. Louis es un hombre pragmático. Su único problema es que sabe que en el fondo tiene que cumplir con su deber y eso implica volver con tío Oswald.

―Es lo mejor ―repone con una profunda exhalación—. ¿Cómo ha ido todo?

Me hace reír de mi desgracia. Prefiero hacerlo para no llorar.

―Puedes verlo por ti mismo ―respondo con desgano.

―Por lo menos recuperaste tu buen estilo ―comenta gracioso.

―Ja y ja ―bufo con su burla.

Después de ese anuncio, no me quedó de otra que largarme con mi orgullo herido por su falta de pantalones. Lo irónico es que Zulma me devolvió mi saco, y hasta la caja de pendientes.

Esos se los dejé como pago por su advertencia. Luego, solo conduje hasta aquí.

—¿Quieres contarme? —pregunta Louis.

—¿Para qué? ¿Para qué te rías de lo estúpida que es tu hermana?

—Sabes que no, Elaine, pero supuse que tarde o temprano terminarías así.

Sus palabras son crueles porque son verdad: yo le entregué a Ronald el poder de despreciarme cuando lo quisiera. Louis coloca su mano en mi hombro y me acerca abrazándome.

No dice nada hasta que paro de lamentarme luego de expulsar lo que llevo dentro.

―Ronald ya tenía una prometida y el tiempo que duró en el extranjero fue el mismo que había estado jugando conmigo. Por eso nunca iba a presentarme a sus padres. Se ha comprometido esta noche con ella y me ha invitado a verlo para que desista de él, qué considerado, ¿no? ―le narro entre sollozos mi tragedia.

—Es un gusano, no merece tus lágrimas —sentencia Louis.

Me seco la cara con el pañuelo que me presta. Después me pongo en pie con una determinación nueva.

—Tienes razón. Vamos a beber.

Louis intenta convencerme de ir a dormir, pero ante mi amenaza de regresar a esa casa a cometer un crimen, acepta llevarme a su bar favorito. Una vez allí, pido una ronda de shots tras otra y los bebo como juguito.

Mi estómago protesta, pero necesito matar esta decepción, y no volver a acordarme de ella porque terminaré llorando o arrastrándome de nuevo.

—Ve con calma —me advierte Louis cuando paso del trago número doce.

Protesto manoteándolo. Ya he tenido demasiada paciencia estos dos años. Mi lengua empieza a trabarse, pero mi ánimo mejora y me siento contenta. Él me hace una mueca burlona, luego se queda mirando a alguien en la entrada y le sigo la pista hasta que descubro lo que mira, o, a quién.

Debe ser producto de los tragos, pero ese es el espécimen con el que hubiera soñado follar si no me hubiera encaprichado con Ronald. Aparto la mirada cuando ocupa uno de los bancos en la barra.

—Es todo tuyo, ve a ligar con él —le digo a mi hermano—. Yo beberé juiciosa.

―Deja de decir tonterías, dudo que quiera enredarse conmigo. Solo me sorprende que haya venido aquí.

―¿Lo conoces?

―¿Tú… no?

―Ni idea de quien es, pero está como quiere ―bufo.

Lo digo en serio, pero ahora mismo no estoy para liármela con nadie.

―Cuando estés sobria quizás lo recuerdes ―me dice, haciéndome reír.

En el fondo me causa curiosidad. Me ladeo un poco para mirar como ese hombre imanta todas las miradas masculinas con su magnífica presencia.

Pienso en que yo de él, me iría corriendo de aquí.

―No lo creo, tal vez es gay ―digo agarrando el trago que me impidió que bebiera, zampándomelo con rapidez para que no me lo quite.

―No digas tonterías.

―Vale, si sigue allí, ¿por qué no te decides a abordarlo? ―lo insto.

―¿En serio no lo reconoces? ―insiste.

―No ―acoto poniéndome seria.

Hago puchero porque a apartado su cerveza, alzándola mientras trato de atraparla. El movimiento hace que se me revuelva el estómago. Me llevo la mano a la boca. Él me hace un gesto entornando la mirada.

―Te lo dije ―se mofa de mí.

Me rio haciéndole pistola.

―Ya vuelvo ―digo, y me pongo en pie para ir al baño.

―¿Te acompaño?

―¡No! Y no me escondas la maldita cerveza cuando vuelva ―lo regaño.

Me tambaleo camino hacia los baños y me echo a reír al ver que todos son para hombres. ¡Maldito bar exclusivo!

¡Qué mierda!

¿Acaso tengo que orinar de pie? Voy a darme la vuelta para insultar a mi hermano cuando choco mi cara con una montaña de tela fina con olor a perfume caro. Levanto la mirada y alzo mis cejas porque es el tipo sexy de la barra.

—¿Se te perdió algo? —pregunto jocosa.

—Sí, y ya lo encontré —contesta con una arrogancia prepotente.

Me le quedo mirando con el ceño fruncido. Tal vez el alcohol me nubla el juicio, pero no sé quién es.

—¿Quién eres? —le pregunto.

—¿No me recuerdas?

El asombro en su cara de dios griego es muy gracioso.

—No tengo idea de quién eres, y por las dudas, no soy trans —respondo, haciéndole reír con sarcasmo.

—Ya me recordarás, Elaine Cavendish —advierte antes de dejarme con la incógnita.

Mi mirada se ensancha porque sabe mi nombre y yo no sé cómo carajos es el suyo. Louis aparece de inmediato.

—¿Qué te dijo? ―me interroga como si lo hubiese planeado.

―No sé, ¿quieres decirme quién es?

―Supongo que tu ceguera por Ronald es incurable para que no reconozcas a Lionel Rockford ―responde.

De inmediato, el nombre de ese hombre reverbera en mi mente como un eco ensordecedor en mi cabeza.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo