Capítulo 5 CAPITULO 5

Oh, Dante, como siempre tienes buen gusto para elegir mujeres. - Lo miro con ganas de matarlo, pero aquel señor dice algo que me deja helada.

-Espero que no la encuentren pronto, porque cuando sepan qué relación tiene contigo, tus enemigos no dudarán en ir por ella. - En un rápido movimiento, Dante lo tiene acorralado levantándolo de la camisa.

-¡Oh, por Dios! - Digo asustada.

-Mucho cuidado con ir a decir algo, maldito cerdo, porque si no, yo mismo me encargaré de matarte.

-Oye, Dante, tranquilo, somos amigos.

-¿Amigos? Por favor, Luciano, en este negocio no hay amigos, así que no hables mierda. Solo te digo que quedas advertido. Si a ella le pasa algo, juro que iré por ti y no tendrás dónde esconderte. - Siento cómo mi corazón comienza a ir a mil, y eso es malo, muy malo.

-¿Belleza, estás bien? ¿Estás algo pálida? - Dante se gira y al verme, su cara cambia a preocupación.

-Valerie, ¿estás bien?

-Sí, creo que se me bajó la presión. Quisiera sentarme. - Este me ayuda a sentarme y piden que traigan un vaso con agua.

-Si sigues así, llamaré a un médico.

-¡No! Ya me siento mejor. - Este parece no creerme, pero yo le doy una sonrisa intentando que me crea.

-Mejor vamos al hotel. Luciano, quedas advertido, ni una palabra de su existencia.

-Está bien, cuídate, linda. - Ambos salimos y ninguno dice nada en todo el camino. Cuando llegamos al hotel, no me espero nada y entro a su habitación con él.

-¿Quién te dijo que entraras?

-¿Por qué mierdas me llevaste a ese lugar?

-Porque quería.

-¡Esa no es razón! Ahora, por tu maldita culpa, quizás esté en peligro.

-Él no dirá nada de eso. Puedes quedarte tranquila.

-Por favor, entre bandidos, nunca hay lealtad. ¿Crees que él guardará el secreto de algo que ni siquiera es verdad? - Digo alterada.

-Deja de exagerar, nada te va a pasar.

-Mira, Dante, si a mí o a mi amiga nos pasa algo, juro que me las pagarás. - Cuando me voy a ir, este toma mi brazo jalándome.

-No me gusta que me amenacen.

-¿Ah, sí? Pues a mí no me gusta que me pongan en peligro, y tú lo haces bastante seguido.

-Sabes qué, mejor vete, no te quiero ver.

-Oh, qué casualidad, porque yo tampoco. Así que, adiós. - Y salgo dando un portazo, mientras escucho un golpe seco que viene de la habitación de Dante, gritando "¡maldita sea!".

Segundo día en Venecia y juro que quiero matarme. Cada día soporto menos al imbécil de Dante. Desde que llegamos, no deja de decirme que me tiene en sus manos y que puede hacer conmigo lo que se le dé la regalada gana. Lo peor es que no puedo hacer nada por miedo a que le haga algo a Matilda. Pero hay algo que no puedo negar, y es que cada vez que ese hombre está cerca de mí, siento una corriente eléctrica por todo mi cuerpo que me hace estremecer. No debería ser así, ya que yo lo odio, pero es algo inevitable.

—Valerie —veo a Dante parado en la puerta con una caja grande.

—¿Qué desea, señor Giordano?

—Tantas cosas, señorita Jones —cuando dice eso, me mira el cuerpo de manera descarada, lo que me hace rodar los ojos.

—Ya en serio, dígame qué necesita.

—Esta noche tengo una gala y quiero que me acompañes —me entrega la caja y yo lo miro sin entender.

—¿Qué es?

—Es el vestido que te pondrás esta noche —al parecer, le llega un mensaje, entonces él lo mira y cuando lo hace, se le escapa una sonrisa. Quién sabe con quién estará hablando.

—Me tengo que ir, Valerie. Nos vemos en la noche —no digo nada, solo le cierro la puerta en la cara, porque quién sabe con quién se va a ver. Aunque no entiendo por qué carajos me pongo así, él no es nada mío y yo lo odio.

Al llegar la noche, decido arreglarme para que el imbécil no llegue gritando como una bestia. Me doy un baño rápido y luego me pongo el vestido, que, a propósito, es hermoso. Si algo tengo que aceptar es que el hombre tiene buen gusto.

Cuando estoy lista, escucho que tocan la puerta, así que voy y abro.

—Hola, Flabio —es el guardaespaldas de Dante.

—Señorita, el señor la espera abajo —yo asiento y tomo mi cartera. Cuando bajamos, me encuentro a un Dante bastante elegante.

—¿Nos vamos? —este se voltea y cuando me ve, me repasa todo el cuerpo.

—Estás hermosa —me da un beso en la mejilla y es imposible no sonrojarme, lo que hace que él sonría.

—Gracias, señor Giordano —subimos al auto y durante todo el camino, él no deja de mirarme.

—Puedes dejar de verme.

—Quiero admirar tu belleza.

—Me haces sentir incómoda —él posa su mano en mi mejilla y la acaricia.

—No deberías sentirte incómoda.

Llegamos al lugar y de inmediato atraemos la mirada de todas las personas, especialmente de las mujeres, que me miran con desprecio.

—Ves, todos nos miran.

—Sí, ya me di cuenta. No me gusta para nada —él me toma de la cintura y me susurra al oído.

—No prestes atención, Valerie. —Vemos de lejos al señor Luciano, y este, al vernos, se acerca.

—No puede ser —dice Dante, fastidiado.

—Hey, Dante, qué bueno verte. Pensé que no vendrías.

—No pensaba venir, pero me enteré de que viene alguien que me debe unas cuantas cosas.

—Ah, sí, ¿y quién? —pregunta con curiosidad.

—Luego lo sabrás, Luciano. Ahora, si me disculpas, llevaré a mi mujer a la mesa —otra vez con eso de su mujer.

—Claro, adiós, preciosa. —Cuando llegamos a la mesa, no me aguanto y le reclamo.

—¿Por qué estás diciendo que yo soy tu mujer?!

—Porque es la verdad. Ahora eres mía —no puedo creer hasta dónde puede llegar ese hombre.

—Yo no soy suya, señor Giordano, así que váyase bajando de esa nube. Yo soy su asistente.

—No me hagas recordarte las cosas, nena. —Ruedo los ojos y veo que un hombre se le acerca al oído a Dante y luego este me mira.

—Valerie, espérame aquí, ya regreso. —Yo asiento y luego él se levanta, pero después de una hora decido levantarme para ir a buscarlo. ¿Dónde carajos se metió? Busco en diferentes habitaciones hasta que abro una y me encuentro al imbécil besándose con una mujer de manera muy apasionada.

—Señor Giordano, disculpe interrumpir, pero estoy cansada, así que me iré al hotel —él me mira, pero la chica sigue encima de él.

—Claro, mis hombres te llevan —¡se va a quedar!

—Ok, que pasen buena noche.

—Tranquila, querida. Ten por seguro que pasaremos una excelente noche dice la chica, así que salgo hecha una furia, con ganas de matar a todo el mundo. Cuando me subo al auto, siento cómo mi corazón se empieza a acelerar hasta llegar al punto de dolerme, así que decido practicar las técnicas de respiración para calmarme.

—Señorita, ¿se siente bien? —pregunta el chofer.

—Sí, tranquilo, estoy bien. —Al llegar a casa, me quito el vestido y me meto en la cama dormir

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