Capítulo 1 Capítulo 1

Desde el último piso de la torre más alta de Nueva York, la ciudad se veía pequeña y ordenada, como un tablero que por fin le tocaba mover a él, y Dario Smith llevaba un mes entero mirándola así, con las manos en los bolsillos y la mandíbula tensa, como si en cualquier momento alguien fuera a cruzar la puerta para decirle que todo había sido un error de papeleo. Su familia había tardado años en soltarle el cargo, y cuando por fin lo hizo fue con firmas, sonrisas para la foto y más de un pariente tragándose el veneno en la sala de juntas.

Se sentó en la silla que durante tanto tiempo había visto ocupar a otros y se recargó despacio, probándola. El cuero cedió con un crujido caro y la encontró incómoda, cosa que le pareció justa, porque un CEO cómodo es un CEO al que están a punto de sacar.

Lo lograste, Dario. Ahora que intenten quitártelo.

Todavía tenía esa idea entre los dientes cuando el celular vibró sobre el escritorio. No era la línea de la oficina, era su número personal, el que casi nadie tenía, y en la pantalla apareció un número desconocido. Estuvo a punto de rechazarlo, pero algo en la insistencia de la vibración lo hizo contestar.

—¿Hablo con el señor Dario Smith? —preguntó una mujer, rápido, con ruido de fondo, voces y algo que sonaba a llanto.

—¿Quién lo busca?

—Lo llamo del hospital. Necesito que venga enseguida por su hija, señor, no deja de llorar y su madre acaba de entrar a cirugía.

A Dario se le escapó una risa corta por la nariz. Él no tenía hijos, no tenía ni novia, y si algún día llegaba a tener una hija, suponía que se enteraría por algo más que una llamada a media jornada. Se pasó la mano por la cara y miró el reloj de pared, calculando cuánto tiempo más le iba a regalar a la broma.

—Se equivocó de número.

—No creo, señor. —La mujer bajó la voz, como si se estuviera alejando del ruido—. La madre se llama Irina Fernández y está en estado grave. Entre las cosas de la niña había una libreta con su nombre y este número, y ahí dice que usted es el padre. Venga enseguida, por favor.

Irina Fernández.

El nombre le entró en el pecho como un golpe seco y lo dejó sin aire medio segundo. La mano con la que sostenía el celular se cerró tan fuerte que la funda crujió, y tuvo que tragar dos veces antes de que la voz le saliera igual de fría que siempre.

—No conozco a ninguna Irina Fernández —dijo—. Llamen a otra persona.

Colgó antes de que la mujer pudiera responder y dejó el teléfono boca abajo sobre el escritorio, como si así fuera a dejar de existir. Se quedó quieto, con los codos sobre la madera y los dedos entrelazados contra la boca, escuchando su propia respiración, que no terminaba de acomodarse.

Llevaba cinco años sin escuchar ese nombre en voz alta, convencido de que perderla había sido lo mejor que le había pasado, porque una mujer capaz de hacer lo que ella hizo no merecía ni el recuerdo. Y aun así, bastó que una desconocida lo dijera por teléfono para que aquella noche volviera completa, sin pedirle permiso.

Era el cumpleaños de Irina. Dario había llegado con todo decidido, con el estómago apretado y las manos sudadas como un muchacho de escuela, porque esa noche iba a contarle la verdad. Que no era el tipo sencillo que ella creía, que venía de una familia con más dinero del que podía imaginar y que tenía que regresar con ellos. Pero antes quería casarse con ella, quería llegar con Irina del brazo y con su apellido puesto, para que nadie en esa casa pudiera mirarla por encima del hombro ni humillarla jamás.

No alcanzó a decirle nada.

Ella lo esperaba con los brazos cruzados y una calma que él no le conocía. Le dijo que se iba a estudiar a otro país, que era su oportunidad, que lo de ellos no iba a sobrevivir a la distancia y que lo mejor era terminar. Lo dijo sin temblar, como quien cancela una reservación, y mientras Dario seguía de pie con la verdad atorada en la garganta, ella ya le estaba dando la espalda.

Esa misma noche lo bloqueó de todos lados, del teléfono a las redes, y él la buscó como un idiota durante semanas, preguntó a quien se le ocurrió y no encontró ni un rastro, como si la tierra se la hubiera tragado con todo y su ambición. Para alguien que se fue a estudiar, pensó más de una vez con la boca amarga, se cuidó muy bien de que nadie supiera dónde.

Hasta que…

El celular volvió a vibrar contra la madera y lo sacó de golpe. Lo volteó con la mandíbula trabada, listo para decirle a esa enfermera que dejara de molestar, pero en la pantalla no estaba el hospital. Estaba el nombre de Andrei, el novio de su hermana, y a Dario se le encogió el estómago antes de contestar, porque Andrei no era de los que llamaban a esa hora por gusto.

—Dario, tienes que venir.

—Si es por lo del hospital, ya me llamaron —respondió, y se levantó de la silla sin darse cuenta—. Alguien está jugando conmigo, Andrei, y no tengo tiempo para…

—La niña es tu hija.

La frase se le quedó a medio camino. Apoyó una mano en el respaldo de la silla porque, por un segundo, el piso de la oficina se sintió menos firme de lo que debería sentirse a esa altura.

—¿Estás loco? —Le salió más fuerte de lo que quería—. ¿Cómo voy a tener una hija? Ella me abandonó, Andrei. Se fue sin decir nada y ahora, de repente…

—Nada es como crees, Dario. —La voz de Andrei sonaba cansada, rota en los bordes, y eso fue lo que más le molestó—. Ven. Ella se está muriendo.

Andrei colgó. Dario se quedó mirando la pantalla, con el pulso golpeándole en las sienes, y entonces creyó entenderlo todo. Llevaba un mes siendo el CEO de la empresa, un mes saliendo en las noticias de negocios con su nombre completo y su cara en cada portal, y de pronto, después de cinco años de silencio absoluto, Irina Fernández aparecía en un hospital con una niña y una libreta con su número.

Qué conveniente. Se había enterado de quién era él en realidad y ahora venía por lo que dejó tirado aquella noche, solo que con intereses.

Agarró el saco del respaldo y salió de la oficina sin mirar a nadie. Andrei le mandó la dirección por mensaje antes de que el elevador llegara a la planta baja, y en todo el camino no soltó el volante más que para cambiar de carril, repasando las palabras exactas que le iba a decir a quien estuviera esperándolo allá. Iba a dejarlo claro de una vez y para siempre. No la quería en su vida, ni a ella ni a su teatro, y si necesitaba dinero, que lo buscara en otro lado, porque el idiota que la esperó con el corazón en la mano aquella noche ya no existía.

Entró al hospital con el saco en la mano y el pecho por delante, buscando a Andrei entre la gente y una discusión que ganar, y avanzó por el pasillo hasta la sala de espera con la frase lista en la boca.

No llegó a decirla.

En una de las sillas de plástico, abrazada a sus propias rodillas, había una niña rubia con la cara roja de tanto llorar. Levantó la vista cuando él se detuvo frente a ella, y a Dario el aire se le quedó atorado en la garganta, porque esa niña lo miraba con los mismos ojos azules que él veía todas las mañanas en el espejo.

Y ahí, sobre la ceja, justo en el mismo lugar que el suyo, tenía el mismo lunar.

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