Capítulo 2 Capítulo 2
Dario no supo cuánto tiempo se quedó ahí, de pie frente a esa silla de plástico, mirando el lunar sobre la ceja de la niña como si fuera una mancha en un contrato que no recordaba haber firmado. Fue una mano en el hombro la que lo devolvió al pasillo. Andrei se había acercado sin que él lo oyera y ahora estaba a su lado, con la camisa arrugada y la cara gris de cansancio.
—Dario —dijo, despacio, como quien presenta a dos personas en una cena—. Ella es Estrella. Tu hija. Tuya y de Irina.
La carcajada le salió a Dario sin permiso, áspera, demasiado fuerte para una sala de espera, y un par de personas voltearon a verlos.
—Es un chiste de mal gusto, Andrei. ¿De dónde demonios salió esta niña?
—¿Acaso no la ves? —Andrei ni siquiera levantó la voz, y eso fue peor—. Es igualita a ti. Es igualita a tu hermana, y tiene tu mismo lunar. No hay dudas, Dario.
Dario abrió la boca para responder, pero la niña se le adelantó. Al sentir que ese hombre alto no le quitaba los ojos de encima, se le arrugó la barbilla, se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez y estiró la mano para agarrarse del pantalón de Andrei, como si él fuera lo único firme en todo el edificio.
—Tío… —sollozó, mirando a Dario de reojo—. Este es mi papá.
Tío. La palabra le cayó a Dario en el estómago como una piedra. La niña no lo había preguntado, lo había dicho, como algo que ya sabía, y se lo había dicho a Andrei con la confianza de quien no le habla a un extraño.
—¿Tú la conoces? —preguntó, y la voz le salió más baja de lo que esperaba.
Andrei sostuvo la mirada un segundo de más antes de contestar.
—Sí. Es una historia larga, te la voy a contar ahora. Solo te puedo decir que lo que pasó hace cinco años es más complicado de lo que alguna vez creímos.
—¿Y por qué hasta ahora me lo cuentas? —Dario dio un paso hacia él, con la mandíbula tan apretada que le dolían las muelas—. ¿Cómo es que de pronto sale una niña y esa mujer regresa? Tú sabes todo lo que viví por ella, Andrei. Tú me viste.
—Espera. —Andrei le puso una mano en el pecho, sin fuerza, y bajó la vista hacia la niña—. Aquí no. No hablemos de esto delante de ella.
Estrella había empezado a llorar de nuevo, con ese llanto entrecortado de los niños que ya se cansaron de llorar y aun así no pueden parar, y Dario sintió que las palabras se le quedaban atoradas detrás de los dientes. Estaba buscando qué decir cuando las puertas de urgencias se abrieron con un golpe sordo.
Una mujer salió con el uniforme quirúrgico todavía puesto. Se quitó la mascarilla mientras caminaba hacia ellos, y el parecido con la niña fue tan evidente que a Dario se le erizó la nuca, porque tenía el mismo cabello rubio recogido de cualquier manera y esos ojos azules que eran los de Estrella y también los suyos. Daniela, su melliza y la novia de Andrei, se detuvo frente a los tres con las manos todavía marcadas por los guantes.
—Pudimos salvarla —dijo, y tomó aire—. Pero entró en coma.
Dario tardó un segundo en entender de quién estaba hablando. Cuando lo entendió, sintió que la sangre se le bajaba de la cara.
—¿Irina? —preguntó, y odió cómo le sonó el nombre en la boca—. ¿Qué demonios le pasó?
—Fue un accidente de coche. —Daniela habló con la voz de doctora, la que no tiembla, pero los dedos le apretaban la mascarilla arrugada—. Protegió a la niña con su cuerpo y recibió todo el golpe. Tiene un brazo roto, contusiones por todo el cuerpo y un hematoma en la cabeza que provocó inflamación cerebral. Está en coma, y las próximas horas son cruciales.
La palabra coma hizo que Estrella soltara el pantalón de Andrei. No entendía todo, pero entendía lo suficiente, y el llanto se le volvió más fuerte, más desesperado, con la boca abierta y la cara empapada.
—¡Quiero ver a mi mamá! ¡Quiero ver a mi mamá, por favor!
Daniela se agachó frente a ella sin dudarlo. Metió la mano en el bolsillo del uniforme, sacó unos dulces y se los puso en la palma, cerrándole los deditos alrededor con cuidado.
—A ver, cariño, pórtate bien. Tu mamá va a estar bien, ¿sí? —Le acomodó un mechón detrás de la oreja—. Soy tu tía.
La niña se limpió los ojos con el dorso de la mano y se quedó mirándola, primero con desconfianza y después con una curiosidad que le frenó el llanto de golpe.
—Tía, ¿tú te pareces a mí? Tus ojos son iguales a los míos.
—Así es, cariño. Son los ojos de nuestra familia. —Daniela sonrió, aunque a Dario no se le escapó lo que le costaba—. Solo tu papá, yo y mi mamá los tenemos. Tu abuela va a estar encantada de conocerte.
Estrella sonrió por primera vez desde que Dario había llegado, una sonrisa chiquita, mojada, y apretó los dulces contra el pecho.
—¿Puedo ver a mamá?
—Todavía no, cariño. —Daniela hizo una seña a una enfermera que esperaba unos pasos detrás de ella—. ¿Por qué no vas con la enfermera a la cafetería un rato y le compras algo rico a mamá para cuando despierte?
La niña se quedó pensativa, con la frente arrugada, y luego levantó la cara hacia Andrei.
—Tío, ¿puedo ir?
—Sí, cariño. Ve con la enfermera por algo rico para tu mamá, para cuando despierte. En un rato estoy contigo.
—Está bien.
Estrella le dio la mano a la enfermera y pasó junto a Dario sin dejar de mirarlo, con los dulces en la otra mano y los ojos todavía rojos. Él no se movió. Se quedó petrificado en medio del pasillo, con el saco colgando de los dedos, haciendo cuentas que no le cuadraban.
Llevaba cinco minutos en ese hospital y en ese tiempo se había enterado de que la mujer que desapareció hace cinco años le había dado una hija a escondidas, de que esa hija tenía su cara, y de que la única persona capaz de explicarle algo estaba al otro lado de una puerta, en coma, sin fecha para despertar. Qué sentido del humor tan perverso tiene el universo, pensó, con una risa seca que no llegó a salirle. Apenas llevaba un mes en la cima, y la vida había esperado justo a que se sentara en la silla para tirarle la mesa encima.
Daniela fue la primera en moverse. Caminó hacia la salida sin decir nada y los dos hombres la siguieron, cada uno encerrado en sus propios pensamientos.
En el estacionamiento, Dario se recargó contra su auto y sacó la cajetilla del bolsillo interior del saco. Encendió un cigarro y le extendió otro a Andrei, que lo aceptó sin pensarlo. Daniela los miró mal, con los brazos cruzados y esa expresión de doctora que ha visto demasiados pulmones negros, pero no dijo nada. Suspiró, se acomodó un mechón suelto y clavó los ojos en su novio.
—Ahora sí, Andrei —dijo—. Dinos la verdad, porque por la manera en que la niña se te pega, es obvio que ya te conoce.
Andrei soltó el humo despacio, miró a Dario y después a Daniela, y por un momento pareció que iba a callarse otra vez. Dario apretó el cigarro entre los dedos hasta doblarlo.
—Sí —dijo Andrei al fin—. Hace un mes, Irina me contactó.
Dario se despegó del auto como si el metal le quemara.
—¿Un mes? —Tiró el cigarro a medio fumar y lo aplastó con el zapato—. ¿Llevas un mes sabiendo esto y no me dijiste nada?
—Déjame terminar. —Andrei se pasó la mano por la cara, cansado—. Irina no se fue por estudiar, Dario. Hace cinco años la amenazaron.
—¿Quién?
—Eso es lo que ella no sabe. Le llegó un video anónimo. —Andrei sacó el celular del bolsillo y lo desbloqueó con el pulgar, que le temblaba un poco—. Me lo entregó hace unos días. Míralo tú mismo.
Dario le arrebató el teléfono y Daniela se acercó por detrás, con la barbilla casi en el hombro de su hermano.
Dario reconoció la voz de su padre antes que la imagen, ese tono plano que el viejo usaba para despedir gerentes. En la pantalla estaba él mismo, cinco años más joven, de pie frente al escritorio, con la espalda tensa y las manos cerradas a los costados, mientras su padre, sentado del otro lado, le decía que se le había acabado el juego, que tenía que regresar con la familia y que iba a casarse con quien la familia eligiera, porque un matrimonio de conveniencia era lo único que todavía podía ofrecer a cambio de su apellido. Y si no lo hacía, jamás iba a heredar el liderazgo del grupo.
A Dario se le secó la boca. Esa mañana había salido de la oficina con la quijada trabada y la decisión de casarse con Irina antes de que su padre pudiera escogerle a nadie, convencido de que esa conversación se había quedado entre esas paredes.
Andrei deslizó el dedo sobre la pantalla y apareció la captura del mensaje que había llegado junto con el video.
Debes alejarte por su bien o aceptar las consecuencias.
—Por eso se fue —dijo Andrei en voz baja—. Por eso cortó contigo esa noche y desapareció.
Dario ya no lo escuchaba. Había vuelto a poner el video desde el principio y esta vez no miraba a su padre ni a sí mismo, miraba el ventanal detrás del escritorio, con la ciudad abajo, pequeña y ordenada, como un tablero.
Conocía esa vista. La había estado mirando esa misma mañana, antes de sentarse en la silla de cuero que ahora era suya.
El video se había grabado en su oficina, la mañana exacta en que su padre le dio el ultimátum, cinco años atrás, dentro del edificio más vigilado de la ciudad, donde no entraba ni el aire sin que alguien de seguridad lo anotara en una bitácora.
Dario levantó la vista del teléfono, con el pulso golpeándole en el cuello.
¿Quién carajo había grabado esa reunión confidencial dentro de la torre y se la había mandado a Irina?
