Capítulo 3 Capítulo 3
Nadie le respondió. Andrei tenía la vista clavada en el celular que Dario todavía sostenía, como si el video pudiera volver a reproducirse solo, y fue Daniela la que rompió el silencio con un resoplido largo.
—Sabes que muchos en la familia no querían que ocuparas ese cargo —dijo, cruzándose de brazos otra vez—. Y el tío Santiago menos que nadie. Lo más seguro es que, mientras te preparabas de incógnito, alguien se dio cuenta de que vivías con Irina.
—Fui muy discreto. —Dario le devolvió el teléfono a Andrei con más fuerza de la necesaria—. Jamás la llevé a lugares públicos, me inventaba excusas para todo y nunca dejé que nadie nos tomara una foto juntos. Todos sabían que vivía en ese edificio destartalado del sur de la ciudad, pero nadie sabía que salía con alguien.
—Bueno, eso pensabas tú, Dario. —Daniela levantó la barbilla hacia el celular—. Pero mira. La amenazaron, y la muy tonta no me lo contó. Yo era su mejor amiga.
—Lo sé. —Andrei suspiró y se guardó el teléfono en el bolsillo—. Eso mismo le dije. Nosotros éramos sus amigos, y si no confiaba en Dario, que le estaba mintiendo… —Hizo una pausa y miró a su amigo, arqueando una ceja—. Debió confiar en nosotros.
Dario aguantó la mirada sin defenderse, porque no había defensa. Él le había mentido a Irina sobre quién era durante todo el tiempo que estuvieron juntos, y alguien había usado esa mentira para echarla de su vida. Se le cerró la garganta con una rabia que no supo contra quién dirigir, así que la dirigió hacia adelante.
—¿Y qué pasó después? —preguntó—. Porque una mujer no desaparece cinco años y de pronto regresa porque sí.
Andrei tardó en contestar. Se pasó la lengua por los labios, miró hacia las puertas del hospital y bajó la voz.
—Porque hay algo que todavía no les he dicho. Estrella está enferma. Tiene un problema inmunológico y necesita tratamiento, e Irina no tiene cómo pagarlo. Por eso iba a buscarte, Dario. Pero tenía miedo de que la rechazaras, así que primero me buscó a mí. Hace un mes se apareció en las oficinas de mi casino y me contó toda la verdad.
Daniela se llevó una mano a la boca. Dario sintió que el estómago se le hundía un poco más, como si todavía quedara espacio.
—Y justamente hoy, cuando iba a verte —terminó Andrei—, tuvo el accidente.
—Demasiada coincidencia. —Dario lo dijo despacio, saboreando cada palabra—. O alguien va un paso adelante de nosotros, o nos están vigilando a todos.
Eso los dejó callados un buen rato. Ninguno se atrevió a decirlo en voz alta, pero los tres estaban pensando lo mismo: no podía ser casualidad que, el mismo día que Irina por fin decidía ir con Dario, terminara en un quirófano con el cráneo inflamado. Y lo que más les preocupaba no era el accidente, sino quién carajo los estaba vigilando y cómo era posible que supiera las cosas antes de que ocurrieran.
Daniela abrió la boca para decir algo, pero el llanto de la niña se le adelantó. La enfermera venía cruzando el estacionamiento con Estrella de la mano, y la pequeña lloraba con una bolsita de papel apretada contra el pecho, tropezando con sus propios pasos.
Dario se movió antes de pensarlo. Por primera vez desde que la vio en esa silla de plástico se acercó a ella, se agachó y la levantó en brazos, torpe al principio, sin saber dónde poner las manos, hasta que la niña se le acomodó sola contra el pecho.
—A ver, cariño, mírame —le dijo, y la voz le salió tan suave que él mismo no la reconoció—. Soy tu padre. ¿Puedes calmarte un poquito?
Daniela levantó una ceja.
En toda su vida había visto a su hermano ser así de cariñoso con muy pocas personas, con ella, con su madre y con Irina, a la que Dario había mimado años atrás como si fuera de cristal. Verlo ahora con esa voz, con esa niña en los brazos, le apretó algo en el pecho que prefirió no nombrar delante de nadie.
—¿Eres mi papá? —preguntó Estrella, sorbiéndose los mocos.
—Sí. Soy tu papá.
La niña lo estudió con los ojos hinchados, muy seria, como si estuviera comparando lo que veía con algo que ya le habían descrito.
—Mamá me contó de ti. Dijo que nos parecíamos mucho y que yo hacía berrinches igual que tú.
Andrei soltó una carcajada que no pudo aguantar, y Daniela lo siguió, y hasta Dario terminó riéndose con la niña en brazos, una risa rara, cansada, la primera de ese día que no le sabía a amargo. Daniela fue la primera en recuperar el aliento.
—Es cierto, cariño. Tu mamá tiene razón. Tu papá es un berrinchudo. —Le pellizcó la mejilla con cuidado—. Tú no seas como él.
Estrella asintió con toda la solemnidad del mundo.
Les tomó un buen rato que se calmara del todo. La bolsita de papel resultó tener un pan dulce de la cafetería que, según la niña, era para su mamá, y Dario tuvo que negociar como si estuviera cerrando un contrato para convencerla de comerse la mitad, a punta de avioncitos y de una paciencia que no sabía que tenía. Un mes al frente de la empresa, pensó mientras le limpiaba las migajas de la barbilla, y la negociación más difícil de mi vida la estoy perdiendo contra alguien que no me llega a la cintura. Al final, entre bocado y bocado, la niña se quedó dormida contra su hombro, con la boca entreabierta y los dedos enredados en su corbata.
Dario ya caminaba hacia el auto cuando Andrei lo detuvo del brazo.
—No la lleves a tu casa —le dijo en voz baja—. Llévala a un lugar seguro, donde nadie se pueda enterar. Tú te quedas con la niña hasta que estemos completamente seguros de quién está filtrando la información.
Dario miró a Estrella dormida contra su pecho y asintió sin discutir. Abrió la puerta de atrás, la acomodó en el asiento con un cuidado que le hizo sudar las manos, le pasó el cinturón por encima sin despertarla y cerró la puerta despacio. Daniela le apretó el brazo antes de alejarse con Andrei hacia el hospital, y él se quedó un segundo mirando el reflejo de la niña en la ventana antes de subirse.
Condujo en silencio, con las dos manos en el volante y los ojos yendo del camino al retrovisor cada pocos segundos. ¿Qué mierda está pasando a mi alrededor? Esa misma mañana su vida le había parecido perfecta, y en unas cuantas horas había dado un giro de trescientos sesenta grados, o de ciento ochenta, lo que fuera, porque a esas alturas hasta la geometría estaba en su contra.
Estaba por tomar la avenida hacia un hotel cuando el celular sonó en el soporte del tablero. En la pantalla apareció el nombre de Antonella Santo Domingo, la mujer que su padre había escogido para él aquella mañana del ultimátum y que llevaba cinco años esperándolo.
Dario echó un vistazo al retrovisor. Estrella seguía dormida. Contestó en altavoz y bajó el volumen.
—Antonella.
—Dario, querido. —La voz le llegó dulce, impecable, como si estuviera sonriendo para una cámara—. Solo te llamo para avisarte que todo está listo para el fin de semana. La fiesta oficial para anunciar el compromiso. Tú ya recibiste el liderazgo, ahora te toca cumplir con tu parte.
Él apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. En el asiento de atrás, Estrella se removió y suspiró dormida.
—Está bien —dijo—. Todo sigue igual. Voy a cumplir mi palabra.
Hubo un silencio corto del otro lado, apenas un segundo, y cuando Antonella volvió a hablar, la dulzura seguía ahí, pero debajo tenía filo.
—Más te vale, Dario. Recuerda que hay mucho en juego.
Y colgó.
