Capítulo 4 Capítulo 4

Dario se quedó mirando la pantalla apagada del celular hasta que el semáforo cambió y el claxon de atrás lo obligó a arrancar. No volvió a pensar en Antonella hasta que estacionó frente al hotel, y aun entonces lo hizo solo para apartarla, porque tenía a una niña dormida en el asiento trasero y una sola prioridad: que nadie lo viera entrar con ella.

En la recepción lo atendió una mujer joven que lo reconoció en cuanto él se acercó al mostrador. Dario lo notó en cómo se le abrieron los ojos y en cómo le bajó la vista a la niña que llevaba dormida contra el hombro, y supo que tenía unos tres segundos antes de que esa cara terminara en las redes. Su foto llevaba un mes en todas las revistas de negocios, y un CEO recién nombrado entrando a un hotel con una niña en brazos era exactamente el tipo de chisme que se vendía solo.

—Necesito una habitación —dijo en voz baja, y deslizó sobre el mostrador una tarjeta y un fajo de billetes doblado debajo—. Registrada con otro nombre. Y necesito que usted no me haya visto nunca.

La recepcionista miró el dinero, luego a él, y tragó saliva. Tecleó algo, le pasó una llave sin pedirle identificación y el fajo desapareció en el bolsillo de su uniforme sin que ninguno de los dos volviera a mencionarlo. Lo mejor del dinero, pensó Dario mientras caminaba hacia el elevador, es que compra hasta la amnesia.

Ya en el cuarto, acostó a Estrella en la cama, le quitó los zapatos con una torpeza que lo hizo sentirse ridículo y la tapó hasta los hombros. La niña ni se movió. Dario se quedó de pie junto a la cama, con las manos en la cintura, y soltó el aire que llevaba aguantando desde la mañana. En unas cuantas horas su vida se había puesto de cabeza, ahora era padre de una niña que no sabía que existía, la mujer que amó estaba en coma y alguien, en algún lado, lo estaba vigilando.

Sacó el celular y marcó a su asistente.

—Sergio, necesito que me consigas una propiedad en las afueras de la ciudad, discreta y lista para habitar. La quiero a nombre de las otras empresas. Las mías.

Sergio no hizo preguntas, porque sabía cuáles eran. Las había levantado Dario cinco años atrás, a escondidas de su familia, tratando de probarse a sí mismo que podía tener éxito sin el apellido Smith. Nadie en el grupo las relacionaba con él, y por primera vez esa terquedad le iba a servir para algo más que para su orgullo: con ellas podía darle a su hija un lugar donde nadie la encontrara.

Colgó y se sentó en el borde de la cama. Estrella dormía con la boca entreabierta y un mechón rubio pegado a la mejilla, y Dario se descubrió estudiándola con calma por primera vez. Se parecía a Irina. De él solo había sacado el color de los ojos y ese lunar sobre la ceja, pero la cara, la forma de la nariz y esa cabellera clara y desordenada eran de su madre, sin discusión. Le apartó el mechón con un dedo, con cuidado de no despertarla, y algo en el pecho se le aflojó sin pedirle permiso.

Los dos años que vivió con Irina en aquel apartamento pequeño le volvieron enteros. Había sido la única época de su vida en que pudo ser él mismo, sin la presión de su familia ni el peso de un apellido, solo ellos dos. Ella trabajaba de camarera en el hotel donde se conocieron, y él había conseguido un puesto de botones en ese mismo lugar, porque esa había sido la primera prueba de su padre: conocer el negocio desde abajo y vivir con un salario mínimo, así que para todos Dario era un pobre más. E Irina fue la única que lo trató bien desde el primer día, la que partía su almuerzo en dos y le pasaba la mitad sin preguntar si tenía hambre, como si fuera lo más normal del mundo. Dario sonrió solo, en la penumbra del cuarto, con la mano todavía cerca de la cabeza de su hija.

El llanto lo sacó de golpe.

Estrella se había despertado con un sobresalto y se sentó en la cama llorando, con los ojos muy abiertos y las manos apretando la sábana. Dario la levantó y la sentó en sus piernas sin pensarlo, frotándole la espalda en círculos.

—Ya, ya, cariño. Aquí estoy. ¿Qué pasó?

—Me acordé —sollozó la niña contra su camisa—. Un carro chocó con el carro de mamá, y mamá me abrazó y me salvó. —Levantó la cara, empapada—. Papá, extraño a mamá. Vamos a verla.

A Dario se le cerró la garganta.

—No, mi amor. Mamá se está recuperando, y tienes que ser paciente. —Le limpió la cara con el pulgar—. ¿Puedes ser valiente por ella?

Estrella lo pensó con el ceño fruncido, sorbiéndose la nariz, y al final asintió.

—Sí. Voy a ser valiente.

Horas más tarde, Dario la tenía sentada frente a una mesa que parecía un bufé. Había pedido el menú completo del hotel porque no tenía la menor idea de qué le gustaba a su hija, ni de qué se suponía que debía comer una niña de cinco años, y mientras ella probaba, él tomaba notas en el celular como si estuviera en una junta de accionistas. Al final, Estrella se comió el pollo y las papas, dejó lo demás sin tocar y luego devoró los postres con una dedicación que a Dario le pareció profundamente familiar.

Desprecia medio menú y arrasa con el azúcar. Definitivamente es mía.

El celular vibró sobre la mesa. Era Sergio.

—Señor, ya tengo la casa. Es una mansión discreta en las afueras, completamente amueblada y con habitación para niños. Los dueños la rentaban por días, pero la oferta que usted autorizó no les dejó margen para discutir. Mañana en la mañana le entregan las llaves.

—Bien, Sergio. Apenas te la entreguen, manda un equipo de limpieza y pide que redecoren la habitación de niños, todo acorde a una niña de cinco años. Quiero todo nuevo y muchos juguetes.

Del otro lado de la línea hubo un silencio de un segundo entero, el tiempo exacto que le tomó a un hombre eficiente darse cuenta de que no había entendido nada.

—Como ordene, señor. Conseguiré una decoradora. ¿Alguna otra cosa para la casa?

—Sí. Seguridad de primera. Quiero hombres custodiando el lugar las veinticuatro horas del día. —Dario miró a Estrella, que se estaba chupando el chocolate de los dedos—. Mi hija tiene que estar segura.

—¿Su hija, señor? —repitió Sergio, como si hubiera escuchado mal.

—Así es. Y nadie puede saberlo. Confío en ti.

—Sin problema, señor. Manejaré esto con la mayor discreción.

—Bien.

Dario colgó, y cuando levantó la vista, Estrella ya estaba en la cama, metida bajo las cobijas hasta la nariz, haciéndole pucheros con el labio inferior estirado.

—Papá, acuéstate conmigo y cuéntame un cuento.

Dario se quedó quieto. Había negociado fusiones con gente que le doblaba la edad y había sobrevivido a un mes de su familia intentando sacarlo del cargo, pero no se sabía ni un solo cuento. Se sentó en la orilla de la cama, sacó el celular y empezó a buscar algo, cualquier cosa, con la esperanza de que su hija no notara que estaba leyendo.

El teléfono le vibró en la mano antes de que encontrara nada. Era Daniela.

—Dario. —La voz de su hermana le llegó agitada, en un susurro rápido, con ruido de pasos detrás—. Tenemos que trasladar a Irina. Alguien intentó rematarla.

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