Capítulo 5 Capítulo 5

—Voy para allá —dijo Dario, y ya estaba de pie antes de colgar.

Estrella lo miraba desde la cama con las cobijas hasta la nariz y los ojos muy abiertos, porque había escuchado el tono de su voz aunque no hubiera entendido las palabras. Dario no lo pensó dos veces. No iba a dejarla sola en un cuarto de hotel con alguien allá afuera dispuesto a entrar a un hospital a terminar lo que empezó, así que le puso los zapatos, la envolvió en su saco y la cargó hasta el auto con el corazón golpeándole en las costillas.

Estrella no dijo nada durante los primeros minutos del trayecto. Dario la veía por el retrovisor, sentada muy derecha con el cinturón cruzándole el pecho y los dedos enredados en la manga del saco, mirando las luces de la calle pasar como si estuviera contándolas.

—Papá —dijo al fin, bajito—. ¿Vamos a ver a mamá?

—Vamos al hospital donde está mamá, cariño. —Dario apretó el volante—. Pero tú te vas a quedar en el carro, cuidándome el saco.

—¿Mamá está bien?

Dario tardó un segundo de más en responder, y la niña lo notó, porque se quedó mirándolo por el espejo con esos ojos que eran los suyos.

—Mamá es muy fuerte —dijo, y fue lo único que pudo decir sin mentirle.

Unas horas de padre, pensó, y ya aprendí a contestar sin contestar. Mi familia estaría orgullosa.

Marcó a Sergio y le pidió que lo alcanzara en el hospital sin hacer preguntas. Cuando Dario se estacionó frente a urgencias, Sergio llegó cinco minutos después, se bajó del auto acomodándose la corbata y se quedó con la boca abierta al ver a la niña sentada en el asiento trasero, con el saco de su jefe encima como si fuera una cobija.

Dario abrió la puerta de atrás y se agachó para quedar a la altura de su hija.

—Estrella, voy a ir a ver a tu mamá. Necesito que te quedes aquí con Sergio y que te portes bien, ¿de acuerdo?

La niña miró a Sergio, y Sergio la miró a ella con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a salir. En todos los años que llevaba trabajando para Dario Smith jamás le había escuchado ese tono, tan suave que no parecía la misma voz que despedía gerentes por teléfono sin levantar la ceja. Y la niña, por Dios, era idéntica a él, con esos ojos azules y el lunar sobre la ceja. Sergio tragó saliva y entendió, de golpe, la llamada de esa noche.

Estrella asintió con seriedad, como si hubiera entendido la situación mejor que el adulto que tenía enfrente.

Dario no perdió más tiempo. Entró a urgencias a paso largo, y una enfermera lo guió por un pasillo hasta el área donde estaba su hermana. Afuera de la unidad de cuidados intensivos había dos policías, y Daniela hablaba con ellos con los brazos cruzados y la cara pálida.

—¿Qué pasó? —preguntó Dario, sin saludar a nadie.

—Alguien vestido de enfermera entró a la sala de Irina e intentó inyectarle algo. —Daniela se pasó la mano por la frente—. Por fortuna, la jefa de enfermeras estaba haciendo el cambio de guardia, y como no conocía a la mujer, intervino. La otra la golpeó y escapó, pero dejó la jeringa. La están examinando.

—Mierda. —Dario sintió que la mandíbula se le trababa—. ¿Quién carajo la quiere muerta?

—No lo sé.

—Por protocolo, el hospital nos llamó —intervino uno de los policías, mirándolo de arriba abajo—. ¿Usted qué es de la paciente?

—Su esposo —dijo Dario sin pensarlo, y lo dijo con una cara tan seria que el hombre ni siquiera dudó.

Daniela lo miró de reojo, con una ceja a medio subir, pero no abrió la boca, porque ya habría tiempo de preguntarle de dónde había sacado ese marido de emergencia.

—Ya revisamos las cámaras —siguió el policía—. La mujer entra y sale esquivándolas, como si supiera exactamente dónde está cada una. Solo la jefa de enfermeras la vio en el acto y puede describirla, pero no nos sirve de mucho.

Como si supiera dónde está cada cámara. A Dario se le erizó la nuca. Otra vez alguien que sabía demasiado.

—Gracias, oficial. Si tienen cualquier información sobre esa mujer, me gustaría ser el primero en saberlo.

—Así será, señor…

—Fernández. —Dario le sostuvo la mirada sin parpadear—. Dario Fernández, el esposo de la paciente.

Los policías asintieron, anotaron algo y se fueron por el pasillo. Daniela esperó a que doblaran la esquina para soltar el aire.

—¿Fernández? —murmuró—. ¿Y ahora qué vamos a hacer, Dario?

—Sacarla de aquí. Pero de una forma en que nadie sepa cuándo salió ni a dónde. Ahora más que nunca tenemos que protegerla. —Dario hablaba rápido, bajo, con la cabeza ya tres pasos adelante—. Encárgate de los aparatos médicos, consigue un doctor y una enfermera de confianza para que esté segura, compra todo el equipo que haga falta. La vamos a llevar a la casa que compré para Estrella.

—Cuenta con eso. —Daniela frunció el ceño—. Hablando de la niña, ¿dónde está?

—Afuera, con Sergio.

—Entonces vete. No vaya a ser que los que intentaron matarla sigan cerca y te vean con ella. Cambia de auto y mándame la dirección de la casa. —Daniela empezó a contar con los dedos, ya en modo doctora—. Para sacarla vamos a necesitar equipo especial, porque tiene que ir conectada a las máquinas todo el tiempo. Necesito que preparen una habitación completa para ella, con todos los insumos. Te mando la lista. Tiene que estar lista antes del amanecer.

—No te preocupes. Así tenga que pagar una fortuna, todo va a estar listo.

Pero antes de irse, Dario le pidió verla.

Daniela no discutió. Lo llevó a un cuarto pequeño donde una enfermera le ayudó a ponerse la bata, el gorro y la mascarilla, y después le abrió la puerta de la habitación sin decir nada.

Irina estaba en la cama, conectada a varios tubos y a un monitor que pitaba despacio, marcando un ritmo que a Dario le pareció demasiado débil. Pero ahí estaba. La mujer que le rompió el corazón cinco años atrás, la que se fue para protegerlo y que, sola, había criado a su hija. Dario sintió que el pecho le dolía como si alguien se lo estuviera apretando con la mano. Estaba más delgada de lo que la recordaba, con los pómulos marcados, pero seguía siendo hermosa. Su cabellera rubia estaba recogida dentro del gorro del hospital, y por los mechones que se escapaban se notaba que le había crecido.

Se acercó despacio, como si cualquier ruido pudiera romperla. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos y, como le había indicado su hermana, tomó un algodón húmedo y se lo pasó con cuidado por los labios resecos.

—¿Por qué no me lo dijiste? —le preguntó en voz baja, con la garganta cerrada—. Si tan solo hubieras confiado en mí…

El monitor siguió pitando, indiferente. Dario se inclinó, le dio un beso en la frente y se quedó así un segundo, con los ojos cerrados y la mano sobre la de ella.

—Voy a protegerlas con mi vida —susurró—. Eso te lo juro, Irina.

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