Capítulo 6 Capítulo 6

Dario salió de la habitación con la mascarilla todavía puesta y no se la quitó hasta que estuvo de vuelta en el estacionamiento, como si quitársela antes fuera a dejar entrar a alguien. Sergio seguía en el auto con Estrella, que se había quedado dormida otra vez con el saco encima, y en cuanto Dario abrió la puerta, su asistente le extendió el celular con la lista de Daniela ya en la pantalla. No era una lista, era un inventario de hospital entero.

—Consíguelo todo —le dijo Dario—. Esta noche.

Sergio miró la lista, miró a la niña y asintió sin una sola pregunta, aunque tenía la frente húmeda desde ese momento y no la iba a tener seca en toda la noche.

El traslado se hizo en la madrugada, a la hora en que los pasillos de los hospitales se vacían y los turnos cambian. Primero sacaron a Irina hacia otro hospital, en una ambulancia que no llevaba su nombre en ningún papel. De ahí la subieron a un helicóptero y la llevaron a un tercer hospital en las afueras, y fue ahí donde Daniela hizo uso de todos sus contactos. Consiguió que instalaran a una paciente en un estado muy parecido al de Irina, con rasgos tan similares que de lejos cualquiera las habría confundido, una mujer que llevaba años en coma y a la que nadie iba a visitar.

Era como si el universo, que llevaba todo el día burlándose de Dario, por fin hubiera decidido conspirar a su favor. Con la identidad de esa mujer pudieron sacar a Irina sin levantar una sola sospecha, y para cualquiera que revisara los registros, la paciente Irina Fernández seguía en una cama de hospital, y la mujer de la ambulancia era otra.

Cuando la ambulancia entró por el portón de la mansión, Dario ya estaba esperando en la puerta.

La casa era enorme, rodeada de verde, un paraíso lejos del ruido de Nueva York y, por el momento, el lugar más seguro que había podido conseguir. Todavía estaban instalando el circuito cerrado de cámaras, y los nuevos guardias se acomodaban en sus puestos mientras Sergio iba de un lado a otro con el celular pegado a la oreja, coordinando todo con la frente empapada. En toda su vida nunca había tenido que correr tanto, y Dario lo sabía, porque Sergio era de los que resolvían cualquier cosa sin despeinarse y esa madrugada llevaba la corbata en el bolsillo.

Subieron a Irina en la camilla hasta el segundo piso. Le habían preparado la habitación más grande de la casa, con las máquinas ya listas, una cama de hospital junto a la ventana y todos los insumos de la lista de Daniela acomodados en los estantes como si aquello fuera una clínica privada. Un médico y una enfermera ya estaban instalados, y la habitación de al lado se había acondicionado para que pudieran turnarse sin tener que salir nunca de la propiedad.

Daniela revisó cada conexión antes de dejar que nadie respirara tranquilo. Cuando terminó, se quedó mirando el monitor un rato largo, con los brazos cruzados.

—Sigue crítica, Dario —le dijo en voz baja, sin voltear a verlo—. Cualquier cosa puede pasar.

Él no respondió, porque cualquier cosa que dijera iba a sonar a súplica. Se quedó en la puerta, mirando a Irina conectada a las máquinas en esa cama que no era suya, en esa casa que no conocía, y apretó el marco de la puerta con la mano hasta sentir la madera clavándosele en la palma.

La habitación de Estrella estaba al fondo del pasillo, recién pintada, con los juguetes todavía en sus cajas y un olor a mueble nuevo que la niña ni siquiera alcanzó a notar, porque llegó dormida en brazos de su padre y siguió dormida cuando él la acostó. Justo al lado, Dario se quedó con otra habitación para él. No iba a poder vivir ahí, no sin que alguien empezara a preguntar dónde pasaba las noches el nuevo CEO, pero iba a visitar el lugar cada vez que pudiera. A partir de ahora tenía que ser cuidadoso en todo momento, hasta con la gente que se le acercara sonriendo.

Eran las ocho de la mañana cuando todo quedó en su lugar.

Dario bajó a la cocina, se recargó en la barra y por primera vez desde la llamada del hospital soltó el aire despacio, completo, hasta vaciarse. Su mujer y su hija estaban seguras. Su mujer. El pensamiento le salió solo, y no se molestó en corregirlo. Ahora podía encargarse de lo que de verdad le quemaba por dentro, que era encontrar a la rata miserable que estaba detrás de todo, la que había grabado a su padre en esa oficina, la que había echado a Irina de su vida y la que había mandado a una mujer disfrazada de enfermera con una jeringa en la mano.

Se bañó en el baño de su nueva habitación y se cambió con la ropa que Sergio le había traído de algún lado, un traje que le quedaba exacto, porque Sergio era Sergio. Después fue a conocer a la niñera que su asistente había conseguido de madrugada, una exmilitar con experiencia y una espalda tan recta que parecía que todavía estaba en formación. Dario la estudió de arriba abajo durante un minuto entero, y ella aguantó la mirada sin pestañear, lo que le gustó. No podía confiarle la seguridad de su hija a cualquiera.

—Si alguien que no sea yo, mi hermana o Andrei pregunta por la niña, usted no sabe de qué niña le hablan —le dijo.

—Entendido, señor.

Antes de irse, se asomó a la habitación de Estrella. La niña dormía atravesada en la cama, con un pie afuera de la cobija y la boca abierta, rodeada de cajas de juguetes que todavía no sabía que eran suyas. Dario se quedó en la puerta más tiempo del que había planeado. Ayer a esta hora, pensó, mi mayor problema era que la silla de la oficina era incómoda.

Cerró la puerta despacio y se fue.

Llegó a la empresa casi a media mañana. Atravesó el vestíbulo de la torre con el saco abotonado y la cara de siempre, saludó al guardia con un gesto y subió hasta el último piso con la mente ya en la lista de personas que tenían acceso a esa oficina cinco años atrás. Iba tan metido en sus cuentas, repasando nombres y descartando otros, que recorrió el pasillo sin mirar a nadie y sin notar el silencio raro que había en todo el piso.

Abrió la puerta de su oficina y se detuvo en seco.

Detrás del escritorio, en la silla de cuero que era suya desde hacía un mes, estaba sentado su padre. Tenía los codos apoyados en los brazos de la silla y los dedos entrelazados frente a la boca, sentado justo del lado del escritorio desde donde, en el video que Dario había visto el día anterior en el celular de Andrei, le había dado el ultimátum cinco años atrás, frente a esa misma ventana.

El viejo lo miró de arriba abajo y levantó una ceja.

—Apenas un mes ocupando mi silla —dijo— y ya llegas tarde a trabajar.

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