Capítulo 1 Capítulo 1: El sabor del fuego en Capri

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POV Daniela De la Fuente

El alcohol en Italia tenía el mismo sabor amargo que la traición, pero al menos prometía adormecer los sentidos si se consumía con la suficiente desesperación.

Apreté entre mis dedos el vaso con whisky sobre la barra de madera del ruidoso bar cerca del puerto de Capri. Las vacaciones familiares que debieron ser un respiro de mi sofocante rutina como fiscal en París se habían transformado en la peor de mis pesadillas. Apenas unas horas atrás, en la villa que mi familia había alquilado frente al mar Tirreno, mi hermana menor, Clara, hizo su entrada triunfal. Radiante, con esa sonrisa inocente que siempre la caracterizaba, venía tomada de la mano del hombre al que presentó como su prometido.

Mateo De la Vega.

El mismo Mateo que había alimentado mis sueños de juventud. El único fantasma que jamás había salido de las profundidades de mi corazón. Y ahí estaba él, mirándome como si yo fuera una simple desconocida, la hermana mayor, ignorando por completo los momentos que alguna vez compartimos.

La sensación de asfixia me expulsó de esa casa. Necesitaba huir de la mirada cándida de Clara y del silencio cómplice de Mateo. Necesitaba beber hasta borrar el impacto y recordarme quién era: Daniela De la Fuente. Una mujer que había conocido la escasez en sus primeros años de vida, que había luchado con uñas y dientes para construir una reputación intachable y que jamás se doblegaba ante nadie. No iba a romperme por los escombros de un pasado muerto.

Un golpe seco de platillos y el estruendo sordo de la batería retumbaron en la sala, sacándome de golpe de mi espiral autodestructiva. Levanté la mirada hacia el pequeño escenario al fondo del pub. Una banda local ejecutaba un tema potente, impregnado de guitarras distorsionadas y ritmo salvaje. Pero mi atención quedó atrapada al instante por el hombre que dominaba las baquetas.

Era imponente. Poseía una presencia dominante, con hombros anchos que tensaban la tela de una camiseta negra sin mangas. Sus brazos atléticos, surcados por venas marcadas con cada golpe impecable sobre los parches, transmitían una energía voraz. Pero lo que verdaderamente me congeló, robándome el aire por completo, fue su mirada.

En medio del frenesí, levantó la cabeza. Sus ojos, de un verde tan penetrante e hipnótico que contrastaba de forma brutal bajo las luces tenues y rojizas, chocaron directamente con los míos. Sentí una descarga eléctrica recorrer cada vértebra de mi columna. Fue una sacudida física que me erizó la piel acanelada. Por un instante eterno, el estruendo del lugar y el veneno de la traición se apagaron. Solo existíamos él, destruyendo la batería con una pasión brutal, y yo, aferrada a mi copa, completamente atravesada por una electricidad inexplicable.

No me quitó la vista de encima durante las siguientes canciones. La tensión entre ambos se volvió densa, casi tangible. Cuando la última nota resonó y la multitud estalló en vítores, lo vi despedirse de sus compañeros con una sonrisa despreocupada, pasarse una mano por el cabello castaño desordenado y bajar de la tarima. Caminaba con un paso firme, magnético, dirigiéndose sin rodeos hacia mí.

—Si sigues apretando ese vaso con tanta fuerza, vas a romper el cristal y terminarás cortándote la mano —dijo al llegar a mi lado. Su voz era profunda, rasposa, con una gravedad que retumbó en la base de mi cuello.

Se acomodó en el taburete contiguo. De cerca, su atractivo era devastador. Olía a madera de cedro, sal marina y a la calidez intensa de su propia piel.

—Estaba probando la resistencia del material —respondí, erigiendo de inmediato mi coraza de mujer inexpugnable.

Él dejó escapar una risa baja que hizo vibrar el aire entre los dos.

—Soy Arturo —se presentó, extendiendo una mano grande y tibia que envolvió la mía. Su agarre fue firme, pero con un cuidado sutil que despertó un extraño instinto de protección en mi pecho.

—Daniela —murmuré, sintiendo un escalofrío inevitable al escuchar mi propio nombre en sus labios.

A medida que las palabras fluían, descubrí que no era un músico de paso ni un bohemio sin rumbo; estaba tocando esa noche por pura diversión, reuniéndose con viejos amigos de la juventud con los que creció. Había algo en la postura de Arturo, en la forma en que escudriñaba el entorno con atención absoluta, que desarmó mis defensas. Había en él la impronta de un hombre acostumbrado a sostener pesos pesados, alguien que conocía el rigor de la responsabilidad y el valor del control.

Pedimos otra ronda. En un descuido, Arturo se giró para responder al saludo eufórico de dos compañeros de la banda que se acercaron a la barra entre risas y palmaditas en la espalda. Aproveché para clavar la vista en los hielos de mi copa, dejando que el alcohol aflojara las ataduras de mi cabeza.

Lo que ninguno de los dos notó, enceguecidos por el magnetismo que comenzaba a envolvernos, fue la maniobra rápida y maliciosa de uno de sus amigos. Decidido a que el "viejo Arturo" no dejara escapar a la mujer de ojos miel, vertió discretamente un potente estimulante líquido en ambos vasos antes de deslizarlos de vuelta con una guiñada cómplice que Arturo pasó por alto.

—Por los encuentros inesperados —brindó él, clavando sus pupilas verdes en mí.

—Por la anestesia —corregí, haciendo chocar mi vaso contra el suyo.

Bebimos el contenido de un solo trago.

El efecto no tardó más de diez minutos en combinarse con el whisky, desencadenando una reacción voraz e incontrolable. Un calor abrasador brotó desde mi bajo vientre, expandiéndose en oleadas sofocantes por toda mi piel. Sensaciones extremas me erizaron; el mero roce de la tela de mi vestido contra mis muslos me provocó un temblor violento.

Miré a Arturo y descubrí que sus ojos verdes se habían oscurecido hasta volverse casi negros, dominados por un deseo salvaje. Su respiración era pesada y su mandíbula estaba apretada con fuerza reprimida.

—Daniela... —su tono bajó una octava, transformándose en un susurro áspero que pareció abrazarme la garganta. Estiró la mano y posó la palma sobre mi muslo. El calor que emanaba de su piel atravesó la ropa como una marca de fuego.

Un gemido sofocado se me escapó entre los labios. La química desmedida, alterada por la sustancia que ardía en nuestras venas, pulverizó cualquier rastro de sensatez.

—Tenemos que salir de aquí... ahora —jadeé, clavando mis uñas en la tela de su camiseta, sintiendo cómo la necesidad de tenerlo me devoraba viva.

—Dime a dónde —respondió Arturo, inclinándose hasta que su aliento cálido rozó la comisura de mis labios.

—A mi habitación —articulé a duras penas, perdiendo por completo el dominio de mis sentidos.

Arturo me puso de pie de un solo movimiento, sujetándome con firmeza de la cintura para pegarme a su cuerpo tenso mientras salíamos a la noche italiana. Pero la brisa de Capri no hizo absolutamente nada por aplacar la hoguera que nos consumía. Cada paso hacia mi villa era una tortura de anticipación. La traición familiar quedó sepultada; en ese instante, mi universo entero se reducía a los brazos de Arturo, a la promesa de sus manos y al abismo ardiente al que estábamos a punto de arrojarnos.

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