Capítulo 2 Capítulo 2: Fuego e instinto

POV: Arturo Sorrentino

El trayecto hasta la suite fue una mancha borrosa de urgencia y combustión. Apenas la puerta de su habitación se cerró tras nosotros con un golpe seco, la poca cordura que me quedaba saltó por la ventana. Algo en la sangre me quemaba, una fiebre salvaje amplificada por el alcohol que me impulsaba a poseerla, a protegerla y a devorarla al mismo tiempo.

No hubo rodeos. La pegué de espaldas contra la madera de la puerta y la besé con una voracidad insaciable. Daniela respondió con la misma desesperación, enredando sus dedos en mi cabello y pegando sus caderas a las mías. El contacto de su piel acanelada, suave y ardiendo en fiebre, me volvió completamente loco.

—Arturo... por favor —jadeó contra mis labios, con la mirada miel eclipsada por el pulso desbocado de las pupilas.

Mi instinto de protección, ese que mi padre me grabó a fuego en los huesos desde niño, se retorció y se fusionó con un deseo primitivo. Ella parecía frágil en su entrega, pero al mismo tiempo emanaba una fuerza magnética que me desarmaba. Necesitaba cuidarla, pero la urgencia de su boca y las uñas que me clavaba en la espalda me borraban cualquier pensamiento racional.

La cargué en brazos. Sus piernas tonificadas se ajustaron a mi cintura instintivamente. La llevé a la cama matrimonial y la deposité sobre la colcha de seda, quedando inmediatamente sobre ella. En la penumbra iluminada solo por la luna de Capri, su belleza era casi irreal: el cabello negro ensortijado desparramado sobre la almohada, los labios hinchados por mis besos y su respiración agitada haciendo subir y bajar su pecho y esos preciosos ojos de leona, color miel.

Le arranqué el vestido con una impaciencia torpe. Ella me ayudó a deshacerme de mi camiseta y de los pantalones, exponiendo nuestros cuerpos a una fricción directa que me arrancó un gruñido desde el fondo de la garganta. Mi piel atlética contra la suya creaba una tormenta de calor. Pasé las manos por sus curvas perfectas, delineando su cintura, el contorno de sus caderas y la firmeza de sus muslos y su redondo trasero. Cada caricia provocaba en ella un temblor violento, un arquear de espalda que me pedía más.

—Mírame, Daniela —le exigí con la voz vuelta un rasguño, perdiendo el control de mi propio cuerpo.

Ella me miró, con los ojos anegados en una mezcla de lujuria y una vulnerabilidad desgarradora. No había timidez en sus gestos, solo una corriente eléctrica que nos empujaba al abismo. Me deslicé entre sus piernas, acariciando el interior de sus muslos con mis pulgares antes de besar cada centímetro de su cuello y su escote, saboreando el gusto salado y dulce de su piel.

Sus pechos eran firmes y perfectos, estaban coronados con unos erectos y oscuros pezones. Me prendí de ellos como un desahuciado al tiempo que mis dedos llegaron a su intimidad tan húmeda y lista para mí. Ambos soltamos un gemido coordinado cuando mis dedos acariciaron de arriba a abajo sus pliegues resbaladizos.

El deseo nos devoraba. La urgencia que nos metieron en el cuerpo los imbéciles de mis amigos —aunque en ese momento yo no tenía idea de su jugada— me estaba nublando el juicio. Solo veía su cuerpo, el deseo en su rostro y la necesidad imperiosa de ser uno solo. Me deshice de su ropa interior y la mía.

Alineé mis caderas con las suyas. La tensión en la habitación era casi palpable, una cuerda a punto de romperse.

—Dime que me quieres dentro —le pedí, rozando mi garganta con la suya, conteniéndome apenas con el último hilo de fuerza.

—Te quiero a ti... ahora, Arturo. No lo pienses solo... Solo hazlo —suplicó, enterrando las uñas en mis hombros.

Esas palabras detonaron la última barrera. Me empujé hacia adelante con ímpetu, dejado llevar por el instinto puro y la pasión brutal que nos consumía.

Sentí una resistencia inesperada, una barrera estrecha y rígida que no encajaba con la fluidez del momento. Pero el impulso era demasiado fuerte, el fuego en mi sangre me cegaba y la fuerza de mi propio cuerpo no se detuvo a tiempo. Atravesé la presión de un solo movimiento firme.

Daniela ahogó un grito contra mi hombro. Su cuerpo entero se tensó como una cuerda de guitarra y sus manos se aferraron a mis brazos con una fuerza casi agónica. Un gemido agudo, tajante, se le escapó entre los dientes.

Me congelé al instante. El impacto de su reacción cortó la neblina de la sustancia que corría por mis venas como un jarro de agua helada.

—¿Daniela? —susurré, con el corazón martilleándome el pecho, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso por una razón completamente distinta.

Ella tenía los ojos apretados, una pequeña lágrima deslizándose por su sien hasta perderse en el cabello ensortijado, y sus labios temblaban. La estrechez sofocante que me rodeaba, la calidez extrema y esa tensión física inconfundible me gritaron la verdad antes de que pudiera procesarla con la mente.

Bajé la mirada. Entre nuestras caderas unidas, sobre las sábanas blancas de la habitación, una mancha carmesí comenzaba a extenderse.

Maldita sea.

El choque con la realidad me dejó sin aliento. Una mujer independiente, brillante, abogada fiscal de casi treinta y dos años... y yo acababa de tomar su virginidad sin habérmelo imaginado jamás, llevado por el impulso y la urgencia. El instinto protector qué mi padre siempre me inculcó resonó en mi cabeza como un latigazo de culpa.

—Cielos, Daniela... —articulé, con la voz rota y los ojos abiertos de par en par—. ¿Por qué no me dijiste nada?

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