Capítulo 3 Capítulo 3: Refugio en el fuego
POV Daniela De la Fuente
El dolor agudo de la rasgadura fue tan fugaz como el destello de un relámpago, dejando tras de sí un pulso profundo y tibio. Pero lo que realmente me detuvo el aliento fue la reacción de Arturo. Se había congelado por completo sobre mí. Sus penetrantes ojos verdes, fijos en los míos, reflejaban una mezcla devastadora de conmoción, culpa y una ternura inesperada que me desarmó desde las entrañas.
—Cielos, Daniela... ¿por qué no me dijiste nada? —su voz era una grieta áspera en la penumbra.
Apoyó las palmas de las manos a los lados de mi cabeza, sosteniendo todo el peso de su cuerpo atlético para no lastimarme. La respiración le salía a trompicones, y el sudor de su frente brillaba bajo la tenue luz de Capri.
Mi orgullo, ese que siempre había sido mi armadura frente al mundo, simplemente se desintegró. No quería explicaciones. No quería pensar en mi pasado, en el fantasma de Mateo ni en el papel de "hermana ejemplar" que me había ahorcado durante años. En ese preciso instante, encajada bajo la anatomía imponente de Arturo, solo quería sentir. Quería ahogarme en esa tormenta de calor y dejar que él consumiera cada uno de mis miedos.
—No te detengas... por favor —susurré, levantando las manos para ahuecar su rostro esculpido.
Deslicé los pulgares por sus pómulos altos y la línea tensa de su mandíbula. Arturo era realmente un hombre demasiado hermoso, sentía su barba bajo mis dedos y eso me distrajo de la incomodidad en mi zona íntima. Mis piernas rodearon instintivamente sus caderas, atrayéndolo hacia mí para romper la distancia que pretendía marcar. Por esta noche yo no era la recatada fiscal o la hija mayor que debía dar un buen ejemplo. Este hombre era fuego y yo quería arder.
—Daniela, no quiero hacerte daño —gruñó, intentando contener la avalancha que ambos llevábamos en la sangre, pero la contracción de sus músculos contra mi piel delataba el esfuerzo titánico que le costaba no entregarse.
—No me haces daño, Arturo. Hazme tuya —le supliqué, pegando mis labios a los suyos en un beso desesperado, hambriento.
Un gemido sordo retumbó en la garganta de Arturo, y su autocontrol colapsó. La culpa cedió el paso a una pasión reverente y voraz. Su boca volvió a devorar la mía, no con la brusquedad de un extraño, sino con una entrega posesiva y profundamente protectora. Me besó con la fuerza de quien intenta sellar una promesa, envolviendo mi lengua con la suya en un baile lento, caliente y adictivo.
Sus manos, grandes, cálidas y ásperas en los puntos justos, comenzaron a recorrer mi cuerpo. Descendió una palma por el costado de mi torso, moldeando la curva de mi cintura y apretando la firmeza de mi cadera hasta incitarme a elevar la pelvis. Cuando empezó a moverse, no lo hizo con precipitación; dibujó una embestida suave, un bamboleo deliberado que convirtió la incomodidad inicial en un líquido abrasador que corrió directo a mi centro.
—Dios, Daniela... eres perfecta. Tan estrecha, tan caliente —articuló contra la piel sensible de mi cuello, dejando una reguera de besos húmedos y mordiscos suaves que me hicieron arquear la espalda sobre las sábanas.
Un escalofrío eléctrico me atravesó de pies a cabeza. Mis dedos se clavaron en los músculos de su espalda, sintiendo la tensión de su piel atlética con cada movimiento. El ritmo fue escalando poco a poco. La lentitud inicial mutó en un compás constante, fluido y envolvente. La fricción de su cuerpo contra el mío creaba un fuego tan sofocante que el aire dentro de la habitación parecía quedarse sin oxígeno.
Por primera vez en mi vida, entregué el control por completo. Con Arturo no había necesidad de calcular, de protegerse o de pretender ser fuerte. La inmensidad de su pecho pegado al mío, la seguridad de sus brazos rodeándome como un muro inexpugnable y la fuerza calculada con la que me tomaba me hacían sentir absoluta y rotundamente a salvo. Era un contraste fascinante: un hombre gigantesco, capaz de romperme si se lo propusiera, tratándome con una delicadeza salvaje que elevaba cada sentido al límite.
Sus labios bajaron de nuevo por mi escote, devorando la piel de mis pechos con una voracidad que me arrancó gemidos agudos y descontrolados. Cada embestida suya se sentía más profunda, alcanzando rincones de mi cuerpo que jamás habían sido tocados, despertando un pulso sordo y eléctrico en el bajo vientre que amenazaba con hacerme estallar.
—Daniela —pidió él, sujetando con firmeza mis muñecas sobre la almohada y entrelazando sus dedos con los míos.
Abrí los ojos. Sus pupilas verdes me devoraban en medio del desenfreno. El ritmo de sus caderas se volvió implacable, más rápido, más fuerte, arrastrándome a una espiral de éxtasis en la que solo existían su calor, su respiración agitada y la vibración de su cuerpo sobre el mío.
—Abre los ojos para mí, Daniela. Dime que sientes esto... —exigió con la voz completamente rota por el deseo.
—Arturo... me voy a romper... —jadeé, perdiendo la cordura, aprisionándolo con la fuerza de mis muslos.
—No te vas a romper. Estoy aquí. Te tengo —prometió, justo antes de dar una estocada profunda que hizo colapsar la última barrera de mi resistencia.
Un espasmo violento me estremeció el alma. Mi cuerpo se contrajo en torno al suyo en una ola de placer dolorosamente hermosa, un estallido de luces y calor que me dejó sin aire. Arturo emitió un rugido ahogado contra mi hombro, aceleró un par de veces más y se entregó al mismo abismo, derramando su calor dentro de mí mientras se aferraba a mi cintura con una fuerza casi desesperada.
El silencio de la habitación volvió lentamente, interrumpido solo por nuestras respiraciones agitadas y el latido desbocado de nuestros corazones latiendo al mismo compás.
Arturo no se apartó de inmediato. Se dejó caer a mi lado sin soltarme, pasando un brazo imponente bajo mi cabeza y arrastrándome hacia su pecho desnudo. Me acomodó contra él, cubriéndonos a ambos con la sábana. Apoyé la mejilla sobre su piel ardiente, escuchando el ritmo firme de su corazón mientras sus dedos largos jugaban distraídamente con mis rizos negros.
En sus brazos, protegida por el olor a madera y sal de su piel, el dolor del engaño de Mateo y la sombra de Clara se sintieron ridículamente lejanos. Cerré los ojos, envuelta en una paz desconocida, sintiéndome por primera vez en años completamente segura.
Lástima que esa seguridad duró sólo un par de horas.
