Capítulo 4 Capítulo 4: El despertar de la verdad
POV: Daniela De la Fuente
El calor que rodeaba mi cuerpo era el refugio más absoluto que había experimentado en años. Estaba sumergida en un sueño denso y pesado, envuelta por unos brazos fuertes y el aroma embriagador a madera de cedro y sal. Mi cabeza descansaba sobre un pecho firme que subía y bajaba con una frecuencia pausada. En mi mente, las sombras de la noche anterior se mezclaban en un torbellino borroso de sensaciones físicas, susurros ardientes y un fuego descontrolado que no terminaba de comprender del todo. Recordaba el bar, recordaba la mirada verde de Arturo y recordaba haberme entregado sin reservas. El resto era una bruma espesa y acelerada.
Entonces, el paraíso se rompió en mil pedazos.
—¡¿DANIELA?! —Un chillido agudo, cargado de absoluto horror, rasgó el aire de la habitación.
El grito me atravesó los oídos como un estilete. Abrí los ojos de golpe, desorientada por el martilleo ensordecedor que comenzó a latir en mis sienes. La luz brillante de Capri filtrándose por los ventanales me cegó por un segundo.
En el marco de la puerta de la suite, con la boca abierta y las manos sobre las mejillas, estaba mi hermana Clara.
Giré la cabeza con torpeza y el corazón me dio un vuelco violento. Arturo estaba pegado a mí, desnudó de la cintura para arriba —y de la cintura para abajo, como me indicó la presión de sus piernas contra las mías bajo la sábana revuelta—. Un brazo imponente rodeaba mi cintura, y mi muslo estaba entrelazado sobre su cadera en una pose de aplastante intimidad.
Arturo despertó al instante. No hubo torpeza en sus movimientos; en un parpadeo, sus penetrantes ojos verdes se abrieron, completamente alerta. Pasó de la somnolencia al estado de protección en una fracción de segundo, evaluando la situación con una calma pasmosa mientras sus músculos se tensaban bajo mi piel.
—Clara... —articulé con la garganta seca, sujetando la sábana contra mi pecho para cubrir mi desnudez. La humillación amenazaba con ahogarme. Estar expuesta de esa manera ante mi hermana menor, apenas horas después de que ella presentara a Mateo, era una pesadilla. Mi orgullo de hermana mayor y abogada intachable crujió en la estructura.
—¡¿Qué es esto, Daniela?! —exclamó Clara, pasando del shock a la indignación infantil—. ¡Entré a buscarte porque no bajaste a desayunar con la familia y me encuentro con... con un desconocido en tu cama!
No iba a permitir que me juzgara. No iba a ser la víctima de la historia, ni la hermana despechada que se acostaba con un desconocido por ahogar sus penas. La coraza que me había salvado durante años se cerró de golpe.
Recordaba perfectamente su nombre, la forma en que tocaba la batería y la manera en que sus manos me habían hecho olvidar el mundo entero. Apoyé una mano con aplomo sobre el brazo tatuado de Arturo y erguí la espalda.
—En primer lugar, Clara, esta es mi habitación y deberías aprender a tocar antes de irrumpir —dije con una voz helada y sorprendentemente firme, a pesar del temblor interno—. Y en segundo lugar, no es ningún desconocido. Te presento a Arturo. Es mi novio.
A mi lado, sentí cómo el cuerpo de Arturo se rígido por un instante.
—¿Tu... tu novio? —tartamudeó Clara, mirando la envergadura del hombre a mi lado, cuyo atractivo imponente resultaba difícil de ignorar incluso despeinado y entre sábanas revueltas.
—Así es —sostuve la mirada de mi hermana sin parpadear, aplicando la mejor de mis tácticas de litigio—. Como verás, tú no eres la única en la familia que sabe mantener a su pareja en el anonimato hasta el momento adecuado.
Clara se quedó petrificada, alternando la vista entre la seguridad con la que yo hablaba y la figura atlética de Arturo.
Para mi absoluto alivio, Arturo demostró una caballerosidad impecable. En lugar de desmentirme o mostrar confusión, se acomodó con la serenidad de un rey, manteniendo la sábana a la altura de la cadera. Estiró su brazo libre sobre mi hombro y me atrajo con delicadeza contra su pecho, pegando sus labios a mi sien en un gesto de afecto que parecía perfectamente ensayado.
—Buenos días... Clara, ¿cierto? —dijo Arturo con su voz grave y rasposa de recién despierto, clavando esa mirada verde e intimidante en mi hermana—. Disculpa las trazas, pero la llegada a la isla fue un poco agitada. Daniela me ha hablado mucho de ti.
Clara, sobrecogida por la presencia de Arturo y la fría respuesta que le propiné, dio un paso hacia atrás, balbuceando una disculpa antes de dar media vuelta y cerrar la puerta de golpe.
El silencio volvió a caer sobre la habitación, denso y cargado de una tensión completamente nueva.
Me aparté de inmediato de su pecho, sujetando la sábana contra mi cuerpo mientras me sentaba en el borde de la cama, dándole la espalda. Mi respiración era agitada.
—Gracias... por no dejarme en evidencia —murmuré, sintiendo que la cara me quemaba de vergüenza.
Arturo se pasó una mano por el cabello castaño, observando mi espalda con la frente ligeramente ceñida. Detrás de su caballerosidad habitual, sus ojos reflejaban que estaba recalculando todo. Había accedido por mero instinto de protección hacia una mujer que se encontraba acorralada, pero no era tonto.
—De nada —respondió con un tono pausado, neutral—. Pero supongo que estás consciente de que acabas de meterte —y meterse— en un lío enorme, Daniela. Ayudarte a salvar el pellejo frente a tu hermana es una cosa... pero no tengo ninguna intención de involucrarme en un circo familiar.
«Carajo, ¿y ahora qué hago?»
