Capítulo 5 Capítulo 5: La trampa de la fiscal

POV: Arturo Sorrentino

Me quedé sentado en la orilla de la cama, observando cómo Daniela caminaba de un lado a otro por la habitación con la sábana ajustada con fuerza alrededor de su cuerpo. La calidez, la entrega y la vulnerabilidad de la noche anterior habían desaparecido como si jamás hubieran existido. En su lugar, la mujer que tenía enfrente irradiaba una frialdad matemática, rígida y calculadora.

Su mirada miel ya no brillaba con deseo; ahora me escudriñaba con una sospecha helada.

—Esto no tiene ningún sentido —murmuró ella, más para sí misma que para mí, cruzándose de brazos sobre el pecho.

—Daniela, tranquilízate —intenté intervenir, manteniendo la voz serena mientras estiraba la mano hacia mis pantalones para vestirme—. Tu hermana ya se fue. No hay necesidad de seguir con este teatro.

—¡Cállate y déjame pensar! —me espetó con la autoridad implacable de quien está acostumbrada a interrogar criminales en un tribunal.

Se detuvo frente al ventanal que daba al mar Tirreno, apretando la mandíbula. Vi cómo sus ojos se movían rápidamente, hilando ideas, reconstruyendo la noche paso a paso.

—Yo no pierdo el control así —dijo con voz baja, firme, casi peligrosa—. Soy abogada fiscal. Conozco mi cuerpo, conozco mis límites y conozco el alcohol. Anoche tomé dos tragos. Dos. Por más despechada o dolida que estuviera por lo de Mateo, dos vasos de whisky no son suficientes para que yo pierda el sentido de la realidad, no recuerde la mitad de las cosas y termine entregándole mi virginidad a un desconocido en la primera noche.

La vi girarse bruscamente hacia mí. Sus ojos chispeaban con una furia fría.

—Tú me drogaste —soltó sin un solo temblor en la voz.

El impacto de sus palabras me golpeó de lleno en el pecho, dejándome completamente estupefacto. Parpadeé, dudando de si había escuchado bien.

—¿Qué dijiste? —pregunté, sintiendo cómo una ola de indignación me quemaba por dentro.

—Me oíste perfectamente —dijo, dando dos pasos hacia mí con la barbilla en alto—. Me pusiste algo en la bebida. Me manipulaste, me trajiste a esta habitación y te aprovechaste de mi estado. Mi instinto me lo dice y mi lógica lo confirma. Fue sumisión química, Arturo.

—¡Estás completamente loca! —exclamé, poniéndome de pie de un salto, sin importarme mi desnudez parcial. Mi estatura e imponente complexión la hicieron quedar pequeña, pero ella ni siquiera pestañeó. Mi orgullo estaba ardiendo—. Jamás en mi puta vida le he puesto una mano encima a una mujer sin su consentimiento, y mucho menos usando sustancias. Mi padre me enseñó a respetar a las mujeres antes de que aprendiera a andar en bicicleta. No te atrevas a acusarme de una atrocidad semejante.

—Ahorra tus discursos morales para el juez —interrumpió ella con una sonrisa gélida que me erizó la piel—. Tengo los contactos y los medios. Si me presento ahora mismo en la clínica de Capri y me hago un examen toxicológico completo, van a encontrar el rastro del estimulante que me diste. Y ten por seguro que presentaré una denuncia penal formal por abuso y sumisión química. Te hundiré, Arturo.

Se me congeló la sangre. Una neblina de rabia impotente me nubló la vista, pero antes de que pudiera responderle con la misma agresividad, la gravedad de su amenaza comenzó a resonar en mi cabeza con el peso de una tonelada.

Un examen toxicológico. Una investigación policial en Capri. Una denuncia por abuso sexual.

Mi mente comenzó a procesar las consecuencias a una velocidad vertiginosa. Si Daniela hacía eso, los titulares explotarían en cuestión de horas. El apellido Sorrentino estaría en la portada de todos los periódicos de Italia y del mundo. El imperio financiero y los negocios de mi padre sufrirían un golpe devastador e irreparable; su reputación intachable quedaría manchada para siempre.

Pero lo peor no era eso. Lo verdaderamente peligroso era mi hermana.

Drea Sorrentino. Drea operaba en las sombras, manejando hilos dentro de estructuras extremadamente peligrosas donde la discreción era una cuestión de vida o muerte. Un escándalo mediático de esta magnitud, con la policía investigando a la familia Sorrentino en Capri, atraería la atención de las autoridades federales y de la prensa sobre los movimientos de Drea. Bastaría un solo periodista curioso rascando la superficie del apellido para destapar la red oculta que mi hermana necesitaba mantener en un bajo perfil absoluto para sobrevivir.

Un escándalo mío no solo arruinaría a mi padre; pondría una diana en la espalda de Drea.

Apreté los puños con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. La sola idea de que Daniela acusara falsamente a mi familia de algo así me producía un asco profundo, pero estaba acorralado. No podía permitirme el lujo de arriesgar la seguridad de los míos por un arranque de orgullo.

—¿Qué es lo que quieres? —articulé entre dientes, con la voz vuelta un veneno rasposo.

Daniela inclinó ligeramente la cabeza, sabiendo que me había acorralado.

—Vas a ser mi novio —declaró con absoluta frialdad—. Ante mi hermana, ante Mateo y ante toda mi familia mientras estemos en Capri. Vas a fingir que estamos locamente enamorados, que lo nuestro es serio y que no fue un desliz de una noche. Salvarás mi reputación y mi orgullo frente a la traición de mi ex con mi hermana. Si juegas tu papel a la perfección y no dejas sospechas, el examen toxicológico no existirá y no habrá ninguna denuncia.

La miré con una mezcla de fascinación oscura y un desprecio absoluto. Tenía frente a mí a una mujer brillante y peligrosa, capaz de usar su intelecto como una navaja para protegerse de su propia vulnerabilidad.

—Acepto —dije, dándole un paso al frente hasta quedar a milímetros de su rostro, obligándola a levantar la mirada para sostenerme la mirada—. Pero escucha muy bien lo que te voy a decir, fiscal De la Fuente. Voy a jugar tu maldito juego. Voy a ser el novio perfecto, protector y devoto que deje a tu familia con la boca abierta. Pero no lo hago por ti ni por tu estúpido orgullo. Lo hago por mi familia. Y ten por seguro que, a partir de este segundo, vas a desear no haberme cruzado nunca en tu camino.

Una cosa es que me tuviera acorralado, y otra que me pudiera someter. Esa fierecilla aprendería que los Sorrentino no se doblegan.

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