Capítulo 6 Capítulo 6: El peso del apellido

POV: Daniela De la Fuente

La terraza del exclusivo restaurante con vista a los acantilados parecía el escenario perfecto para una ejecución. En nuestra mesa la tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.

Mi familia ya estaba acomodada alrededor de la mesa. En la cabecera, Matías De la Fuente, mi padre —el hombre que me había criado y formado, un implacable abogado diplomático de derechos humanos— nos observaba a través de sus gafas con perspicacia. A su lado, mi madre, Blanca, lucía elegante; su labor como trabajadora social y conferencista en la misma organización en Suiza le daba un aura de empatía, pero jamás se le escapaba un detalle.

Pablo, mi hermano, mostraba la postura relajada de un esquiador de alto rendimiento; su especialidad en medicina deportiva y sus logros le daban una confianza natural. Y al fondo, la pareja del momento: Clara, aún nerviosa, y Mateo De la Vega, cuyo rostro tenso y ojos negros proyectaban una sombra de cautela.

Entonces, Arturo llegó.

Anoche parecía un rockero salvaje en el escenario, hoy era la definición de la sofisticación masculina. Vestía una camisa de lino azul claro arremangada, exponiendo sus antebrazos musculosos, y pantalones oscuros a la medida. Su caminar imponente atrajo las miradas de media terraza antes de llegar a nuestra mesa.

—Lamento la demora —dijo Arturo con esa voz grave y rasposa que provocó un escalofrío inmediato en mi nuca.

Antes de que pudiera reaccionar, me sujetó de la cintura con una firmeza posesiva y me inclinó ligeramente para plantar un beso pausado y profundo en la comisura de mis labios. El calor de su boca me hizo ahogar un suspiro, y por un segundo ridículo, olvidé que nos odiábamos.

—Buenas tardes a todos —saludó, acomodándome la silla con un gesto de caballerosidad impecable antes de tomar asiento a mi lado, manteniendo una de sus grandes manos apoyada con naturalidad sobre mi muslo, debajo de la mesa. El peso y el calor de sus dedos a través de la tela de mi vestido eran un recordatorio directo del poder que ejercía sobre mí.

—Así que tú eres Arturo —comenzó papá, entrelazando las manos sobre la mesa y utilizando su mejor tono diplomático—. Clara nos contó esta mañana la "sorpresa" de tu presencia. Daniela suele ser muy reservada con su vida en París.

—Daniela es una mujer brillante y celosa de su intimidad, señor De la Fuente —respondió Arturo con una sonrisa serena que no llegó a sus penetrantes ojos verdes—. Y yo prefiero disfrutar de ella sin el ruido del exterior. Pero entiendo que haya sido un shock.

—Ciertamente —intervino Mateo, clavando sus ojos oscuros en Arturo con una rigidez mal disimulada. Podía sentir la tensión competitiva emanando de él—. Daniela nunca mencionó a ningún músico de Capri ayer en la sala .

Arturo ni siquiera parpadeó. Con una elegancia pasmosa, le sostuvo la mirada a Mateo, acentuando la presión de sus dedos en mi muslo.

—La música es solo un pasatiempo, Mateo. Toco la batería para desestresarme con amigos de la infancia. De profesión soy chef —explicó relajado—. Aunque últimamente paso bastante tiempo gestionando negocios familiares.

—¿Negocios familiares? —preguntó mi madre, Blanca, inclinándose con curiosidad genuina—. ¿En qué área? Noté que hablas un español impecable.

—Mi madre es mexicana, igual que ustedes —respondió Arturo, dirigiendo a mamá una mirada cálida que la conquistó al instante—. Se llama Carolina Sorrentino. Quizá hayan visitado alguno de sus lugares; tiene una cadena de restaurantes gourmet bastante extendida por Europa.

El aire en mis pulmones se congeló de golpe.

¿Carolina Sorrentino?

Conocía perfectamente esa marca. La corporación Sorrentino no era simplemente una "cadena gourmet"; era un conglomerado multimillonario de hoteles boutique y restaurantes de lujo con estrellas Michelin repartidos por todo el continente.

—¿Carolina Sorrentino es tu madre? —preguntó Matías, arqueando una ceja con evidente reconocimiento—. Una de las empresarias más audaces del sector restaurantero.

—La misma —asintió Arturo con modestia ensayada—. Y mi padre es Ares Sorrentino. Entre los negocios de mi madre y las inversiones de él, la familia suele mantenerse bastante ocupada. Tengo dos hermanos menores, pero ellos prefieren operar en sectores más... reservados.

El tenedor casi se me resbala de los dedos.

Riccardo Ares Sorrentino.

Mi mente comenzó a hilar datos a una velocidad alarmante. No estaba frente a un baterista bohemio que sobrevivía de tocar en bares locales. Estaba sentada al lado del heredero de una de las dinastías financieras más poderosas y herméticas de Europa. Un multimillonario respaldado por una red de influencias que hacía que mi reputación de fiscal quedara reducida a la nada.

Un sudor frío me recorrió la espalda al recordar las amenazas que le había hecho apenas unas horas atrás en la habitación. Le había gritado que lo hundiría, que lo llevaría a un tribunal, que usaría mis "contactos" para destruirlo... cuando él tenía el poder económico y legal para borrarlas y a mi carrera del mapa con una sola llamada.

Giré la cabeza lentamente para mirarlo. Arturo no me estaba observando; mantenía la conversación con Pablo sobre la gastronomía enfocada en el rendimiento deportivo, desenvolviéndose con un carisma que dejaron a mi hermano fascinado. Pero entonces, como si sintiera el pánico que me devoraba, Arturo giró los ojos verdes hacia mí.

Una sonrisa de medio lado, lenta y cargada de una burla implícita, se dibujó en sus labios. Su mano en mi muslo subió apenas un par de centímetros, acariciando la piel expuesta con una lentitud calculada que me hizo contener el aliento.

«¿Aún quieres llevarme a juicio, fiscal?» parecía decirme su mirada.

—¿Y bien, Dani? —la voz de Clara me sacó bruscamente de mi estupefacción—. ¿No nos vas a contar cómo se conocieron exactamente? Dijiste que era un secreto.

Mateo no quitaba la vista de nosotros, con la mandíbula tan apretada que la línea de sus dientes se marcaba bajo la piel. El contraste entre la elegancia imponente de Arturo y la rigidez de Mateo era abismal.

Tragué saliva, ajustando mi máscara de frialdad mientras apretaba los dedos de Arturo, sintiendo la solidez de sus nudillos.

—Nos conocimos en un evento en París —mentí con fluidez, sosteniendo la mirada de mi hermana y de Mateo—. Arturo fue a supervisar la apertura de uno de sus restaurantes y yo asesoraba a la firma legal. Digamos que el impacto fue... inevitable. Desde entonces no ha dejado de cuidarme.

Arturo dejó escapar una risa baja que resonó en el pecho contra el que me había apoyado la noche anterior. Se inclinó hacia mí, rozando mi oreja con sus labios en un gesto que pareció de puro romanticismo ante la mesa, pero que me erizó la piel por completo.

—Y no pienso dejar de hacerlo jamás, mi amor —susurró con voz de terciopelo, clavándome las uñas con suavidad en la cintura—. Aunque a veces intentes ponerme a prueba.

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