Capítulo 7 Capítulo 7: La duda de la fiscal
POV: Daniela De la Fuente
Apenas logramos alejarnos del restaurante y de la mirada inquisidora de mi familia, jalé a Arturo de la manga de la camisa para desviar nuestro paso hacia una mirador apartado. Las pérgolas cubiertas de bugambilias nos aislaron del flujo de turistas de Capri, dejándonos a solas frente al horizonte infinito del mar Tirreno.
El aire cálido de la tarde soplaba entre nosotros, pero la frialdad en la mirada de Arturo volvió a levantarse como una muralla infranqueable.
—Bien —comencé, cruzándome de brazos y midiéndolo con la cabeza en alto—. Ya se acabó el espectáculo para mi familia. Ahora habla.
Arturo metió las manos en los bolsillos de sus pantalones, apoyando la espalda contra la barandilla de piedra con la soltura de quien no le teme a nada.
—¿Hablar de qué, Daniela? Cumplí mi parte. Estuve sonriente, fui atento y dejé a tu hermanita y a tu ex con la boca abierta. Me merezco al menos un trago en paz.
—No juegues conmigo —exigí, dando un paso firme hacia él—. Acabo de enterarme de que eres un Sorrentino. Tu madre controla un imperio restaurantero internacional y tu padre maneja inversiones millonarias después de haber sido una leyenda musical. Tienes más poder, influencias y abogados a tu disposición de los que yo podría soñar en toda mi carrera. Podrías haberte reído en mi cara cuando te amenacé en la habitación. Podrías haber llamado a tu equipo legal y aplastarme en cinco minutos sin despeinarte.
Clavé mis ojos miel en los suyos, buscando el más mínimo parpadeo de duda.
—¿Por qué aceptaste el trato? Claramente tenías todas las de ganar para salir airoso de esta situación.
Una sonrisa de lado, lenta, cínica y exasperante, se dibujó en los labios de Arturo. Inclinó la cabeza con una falsa condescendencia que me hizo apretar los dientes.
—Ah, eso... —dijo con una voz suave y rasposa—. Es bastante simple, mi amor. Acepté porque me pareces una mujer absolutamente cautivadora. Me apasionan las mujeres que me amenazan con llevarme a prisión antes de haber tomado el café de la mañana. Me robase el corazón.
—Arturo, hablo en serio —lo interrumpí con la voz vuelta un látigo, molesta por su sarcasmo evasivo—. No soy una tonta y no me trago ese papel de novio abnegado cuando estamos a solas. Hay algo que no encaja. ¿Por qué ceder ante una amenaza tan ridícula teniendo el imperio Sorrentino a tus espaldas?
El tono divertido de Arturo se extinguió en un instante. La chispa verde de sus ojos se volvió oscura, densa, como un mar a punto de entrar en tempestad. Se irguió cuan largo era, dando un paso al frente que anuló la distancia entre los dos, obligándome a inclinar el cuello para sostenerle la mirada. La energía magnética y peligrosa que emanaba de su presencia llenó el espacio entre ambos.
—Escúchame muy bien, Daniela —dijo, y su voz bajó a una frecuencia grave que me erizó la piel por completo—. Mis cuestiones familiares no te interesan, ni son asunto tuyo. Ni ahora, ni nunca.
—Arturo...
—Tú lanzaste una amenaza y yo tomé una decisión —continuó, cortándome de tajo con una frialdad matemática—. Simplemente no tengo ganas de lidiar con el circo que generaría una denuncia, ni voy a permitir que el nombre de mi familia o mi reputación se ensucian por el berrinche de una abogada despechada que no sabe medir su alcohol. Es así de sencillo. No le busques tres pies al gato.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta y comenzó a caminar de regreso al sendero principal, dejándome sola bajo las sombras de las flores.
Me quedé petrificada en mi lugar, escuchando el eco de sus pasos sobre la piedra.
El viento marino me rozó el rostro, pero mi mente ya no estaba en Capri. Estaba en un tribunal de París. Mi instinto de fiscal, ese sabueso interno entrenado para detectar incongruencias, vacíos en las declaraciones y mentiras piadosas, estaba aullando a toda potencia.
Nadie —absolutamente nadie con el dinero, el estatus y el apellido de Arturo Sorrentino— cede a un chantaje legal solo para "no ensuciar su reputación", a menos que haya algo mucho más grande, destructivo y oscuro escondido bajo la alfombra. El pánico sutil que cruzó por su postura en la suite cuando mencioné una investigación oficial no fue por él. Fue por su apellido. Por sus hermanos. Por Drea y Luciano, a quienes apenas nombró y cuyo trasfondo esquivó con una maestría impecable.
Sonreí para mis adentros, sintiendo una corriente de adrenalina recorrer mi espina dorsal.
Arturo creía que me había acorralado con su despliegue de poder y su tono intimidante. No sabía con quién se estaba metiendo. Podría ser el hombre más guapo, protector y millonario de Europa, pero yo era una fiscal de París experta en rastrear redes complejas y desenterrar secretos que otros preferían mantener bajo tierra.
Sacé mi teléfono del bolso, abrí mi lista de contactos protegidos y busqué el número de mi investigador de confianza en la capital francesa.
Si mi "novio falso" guardaba un secreto lo suficientemente peligroso como para someterse a mis reglas, yo iba a averiguar exactamente qué era.
