Capítulo 3 Arrepentimiento
Sin embargo, el amanecer trajo una cruda realidad. Cuando los primeros rayos de luz cruzaron las cortinas, Laura despertó sintiendo el peso del brazo de Alessandro aferrado posesivamente a su cintura. La cabeza le daba vueltas.
Se llenó de culpa al instante de recordar todo lo que pasó esa... ¡¿noche?!
—No es posible... —susurró perpleja.
La luz natural que iluminaba la habitación le hizo entender que llegó la mañana.
La urgencia dentro de ella la empujó a pensar que claramente necesitaba irse antes de que él despertara y los obligara a dar explicaciones. Con extrema cautela, intentó deslizarse fuera de las sábanas, pero al sentir que ella se alejaba, Alessandro soltó un gruñido grave entre sueños, jalándola de nuevo hacia su pecho con fuerza inconsciente.
Laura se congeló. Esperó unos segundos en completo silencio, conteniendo la respiración, hasta que la respiración de él volvió a ser pesada. Con la agilidad que le dio el miedo, logró zafarse despacio, recogió su ropa del suelo y se vistió a toda prisa en el baño.
Creyó que todo salió bien, pero tardó tanto encontrando el baño que ahora que salió y bajó a la cocina, Alessandro ya estaba allí, impecable, con la camisa de vestir puesta y sirviéndose una taza de café solo. Actuaba como si la madrugada anterior jamás hubiera sucedido, manteniendo la misma coraza fría de siempre.
—Buenos días, ven y sírvete algo de comer. Ordené de todo un poco —declaró más bien como una orden y no fue nada sutil.
Algunos minutos después, Laura servía el desayuno en silencio con las manos temblorosas, incapaz de mirarlo a los ojos. Le rogaba al cielo mismo que él no mencionara ni una sola palabra sobre lo acontecido entre ambos.
—¿Por qué tan callada, Sinclair? —preguntó Alessandro de pronto, rompiendo el hielo mientras daba un sorbo a su taza—. Ayer...
—Por nada, señor —respondió ella, apretando la orilla de la encimera—. Solo estoy ansiosa por volver a la ciudad. Debo... debo volver a casa. Mi hermanito me espera.
Alessandro frunció el ceño, deteniendo la taza a medio camino.
—¿Ah, tu hermano? ¿No es un adolescente? —inquirió con curiosidad.
—No, señor. Es un niño, solo tiene seis años —explicó Laura en un hilo de voz, sin dar muchos detalles de su vida privada.
Estaba segura de haberle mencionado la edad del niño antes, pero claramente eso a Alessandro no le interesaba.
Alessandro apartó la mirada un segundo, pero no fue capaz de admitir que estuvo mal no pensar en lo que implicó para su asistente moverse hasta allá y justo quedar incomunicados por una tormenta.
—Ya abrieron el paso —mencionó, seco, sin mirarla—. Vámonos.
Ella no dijo nada.
Durante todo el trayecto el hombre mantuvo fijos los ojos sobre la carretera y las manos demasiado tensas sobre aquel volante, haciendo que sus nudillos se volvieran blancos como el papel. Ella, casi pegada a la ventana del copiloto, sintiendo rabia y mucha inquietud porque incluso ahora con señal no recibía una respuesta de parte de su amiga Luna.
Tenía muchas de sus llamadas perdidas, pero ahora no le contestaba ni un solo mensaje. Luego estaba ese otro pensamiento intrincado que evocaba junto al toque que todavía seguía ardiendo en su piel, y volvía a sentirse estúpida por pensar que aquello significaba algo.
Cuando llegó apenas se limitó a dar las gracias y cerró la puerta del auto yéndose de inmediato.
Cuando abrió la puerta de su departamento, el silencio del pasillo se rompió con el ruido de la televisión. Luna estaba sentada en la alfombra. El niño, al verla, dejó caer el juguete que tenía en la mano y corrió a colgarse de su cuello. Laura lo abrazó con una fuerza casi desesperada, escondiendo la cara en su pelo.
Luna se levantó despacio, con los brazos cruzados. No dijo nada hasta que el niño regresó a su cuarto a buscar otro juguete.
—Iba a llamar a la policía, Laura —soltó Luna, con una voz demasiado tranquila que daba miedo—. ¿Qué demonios te pasó? ¿Tu jefe te hace trabajar turnos de veinticuatro horas ahora?
—Pasaron tantas cosas, nada que pudiera controlar, perdí hasta la señal —Laura se sentó en el borde del sillón, frotándose las sienes. No le salían las palabras—. Lo siento.
Ella se acercó y le levantó la barbilla con un dedo. Laura esquivó la mirada de inmediato.
—Está bien. Pero tienes esa cara de cuando ocultas algo —declaró entrecerrando los ojos—. No me digas que...
Antes de que Luna pudiera decir una sola palabra o concluir aquello que sí pasó, Laura se escapó y le volvió a agradecer por cuidar de Liam.
Por su lado, apenas puso un pie dentro de su penthouse, su padre lo llamó al teléfono.
—Alessandro —la voz de Alonzo Blackstone llegó sin saludos ni preámbulos—. Hablé con la familia Stone hace días atrás. Daniela es la opción más sensata para el apellido. Te casarás con ella.
Alessandro apretó el vaso con fuerza.
—¿Esto es idea tuya o de Dylan? —preguntó, intentando mantener la voz nivelada—. Estuvo insistiendo con ella toda la semana. Sobre todo ayer.
Se escuchó una risa seca del otro lado de la línea.
—Dylan entiende cómo funciona este negocio, por eso es tu segundo a bordo. Él ve números, no fantasías —Alonzo hizo una pausa, midiendo el peso de sus siguientes palabras—. No te estoy pidiendo opinión. Si quieres el sillón de la presidencia y el control total de la junta mañana mismo, firmas el acuerdo con Daniela. Si vas a ponerte sentimental, llamo a tu primo ahora mismo y busco un nuevo heredero. Tú decides.
Que su padre volviera a mencionar la presidencia intensificaba en él la necesidad por dejar las dudas y dar ese paso al matrimonio.
Se aclaró la garganta.
—Lo haré, me casaré con Daniela Stone, padre.
—Así se habla, hijo.
La decisión estaba tomada, al tiempo que su propia sentencia. Después de todo siempre hay un precio que pagar, y el suyo parecía un salto al abismo sin retorno.
