Capítulo 6 Imagen Manchada
Alessandro no sabía cómo procesar la situación. Se había quedado de piedra en medio de aquel mar de personas que murmuraban entre sí con evidente asombro; algunos, de hecho, tenían la mandíbula desencajada. Su propio padre lo observaba fijamente, regalándole una mirada casi asesina. Alessandro intentó calmarse a sí mismo, pero era imposible. Todo era un desastre colosal y sabía perfectamente que no saldría tan fácil de una situación tan compleja como en la que se había metido.
Volvió la vista hacia Daniela. Ella estaba allí, con los ojos inyectados en sangre y el rostro desfigurado por la rabia mientras lo miraba. En un arranque de furia, se zafó, lo señaló con el dedo y se acercó a él:
—¡Tienes que decirme que esto es una mentira! —gritó fuera de sí—. ¡No puedes simplemente humillarme de esta forma, y menos con esa mujer, con esa cualquiera! ¡Eres un idiota!
Los padres de Daniela intentaron detenerla, pero era inútil. Llevada por la ira, avanzó y comenzó a golpear con fuerza el pecho de Alessandro. Él no se movió; se quedó inmóvil recibiendo los golpes porque muy en el fondo sabía que se lo merecía. Sabía que era su culpa que todo estuviera pasando, ese desenlace desastroso y vergonzoso delante de una multitud que presenciaba el espectáculo entre la perplejidad y la vergüenza ajena.
Mientras tanto, en el exterior, Laura caminaba sintiendo que se quedaba sin aliento. Apenas podía respirar mientras intentaba calmar el temblor de su cuerpo. En el fondo pensaba que todo iba de mal en peor. Había luchado por mantenerse fuerte allí dentro, pero una vez afuera, sintió que por fin podía liberarse. El aire retenido en sus pulmones finalmente fluyó.
Sus piernas temblaban. Se detuvo a un lado del camino, atrapando una enorme bocanada de aire fresco que necesitaba con desesperación. Acababa de hacer algo que jamás imaginó ejecutar en su vida: había dejado de ser la mujer callada y sumisa para rebelarse y exponer a ese hombre frente a todos, sin importarle las consecuencias.
—¿Qué es lo que hice? —susurró para sí misma.
Por un segundo sintió un atisbo de arrepentimiento, pero se le pasó de inmediato: sabía que había hecho lo correcto. Fue en ese instante cuando escuchó su nombre retumbar en el aire.
—¡Laura, espera! —gritó él con fuerza.
Laura se giró sobre sus talones y clavó la mirada en él. Alessandro venía agitado, luciendo su traje costoso y con el rostro desencajado por una furia que podía palparse a metros de distancia. Mientras se acercaba, era evidente que no estaba nada contento y que venía dispuesto a reclamarle, no a buscar una tregua ni a mediar por las buenas. Claro que nadie querría mediar por las buenas tras ser dejado en ridículo de esa manera.
Laura se cruzó de brazos y fijó sus ojos en la mirada azul e imperiosa de Alessandro.
—¿Qué es lo que quiere ahora? —cuestionó ella con evidente burla—. ¿Qué me va a decir el gran señor Blackstone?
Alessandro apretó la mandíbula con tal fuerza que los músculos se le marcaron. Con los puños cerrados a los costados, avanzó hasta sujetarla con firmeza por los brazos. Sus manos grandes y musculosas ejercieron una presión dura, apretándola un poco más de la cuenta.
—Tienes que pagar por lo que acabas de hacer —escupió él con fiereza, manteniéndose sobre ella—. Esto es un desastre por tu culpa. Mira en el lío en el que me has metido. ¡Esto no se va a quedar así!
Laura intentó mantener la calma. Ignorando el dolor del agarre que la lastimaba, lo miró directamente a los ojos y le sostuvo la confrontación.
—¿Por qué tendría yo algo que pagar? Hice solo lo correcto. No podías simplemente casarte y seguir como si nada, dejándome a un lado. Porque este bebé... ¡estos gemelos no los hice yo sola! Es imposible y lo sabe. No es un niño al que deba explicarle cómo funcionan las cosas, ni soy la única que debe asumir esta responsabilidad. Usted también tiene que hacerlo. No vas a seguir por la vida fingiendo algo que no es. Aunque supongo que se queja solo por los millones que ya no entrarán tras la unión marital con esa mujer. Después de todo, ni siquiera la ama.
Alessandro se llevó una mano a la frente, sumamente furioso, y dejó escapar una risa amarga.
—¿Y eso a ti qué te interesa? ¿Realmente quieres conocer ese lado oscuro de mí? ¿Me estás desafiando? Me hablas como si fuera tu mejor amigo. Ahora mismo pareces otra persona, no la empleada que siempre he conocido —soltó cargado de veneno.
Laura pasó saliva con dificultad. Sentía el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Alessandro la seguía mirando con unos ojos que, más allá de la rabia, parecían esconder algo más oscuro y profundo. Fue esa intensidad la que casi la rompe por dentro, pero sacó una fortaleza desde el fondo de su ser que ni ella misma sabía que tenía.
—Señor Blackstone —comenzó a decir con una rabia muy marcada en la voz, liberándose bruscamente del agarre de sus manos y dando un paso atrás—: quiero que le quede muy claro que no le tengo ni un poco de miedo. Y puedo asegurarle que terminará viniendo hacia mí, pidiéndome perdón y suplicándome para que salve su imagen.
Le sostuvo la mirada con un gesto de victoria en los labios y se dio la vuelta para marcharse.
Alessandro hizo el ademán de seguirla, dispuesto a no dejarla ir, pero en ese preciso momento Dylan se plantó frente a él y lo detuvo sujetándolo firmemente del antebrazo.
—Tienes que dejarla ir —declaró Dylan con seriedad, dándole una palmada sobre el hombro—. Esto es un desastre... y sabes perfectamente que estás perdido.
Laura continuaba alejándose a una distancia considerable del sitio, con la respiración entrecortada y los pasos apresurados sobre el pavimento. En medio del ajetreo y la prisa por huir de ese lugar, de la pequeña bolsa que llevaba en las manos terminó cayéndose un objeto sin que ella lo notara. Dylan, el único amigo y aliado de Alessandro que permanecía en el exterior observando la escena, alcanzó a divisar la pequeña tarjeta que revoloteaba hasta tocar el suelo.
Curioso, Dylan caminó unos metros y se puso de cuclillas para recoger aquello que se le había traspapelado a la joven. Al levantarse y girar el papel entre sus dedos, sus ojos se abrieron con verdadero asombro: era la imagen clara y detallada de la ecografía. La prueba irrefutable de que las palabras de Laura no eran un teatro para llamar la atención, sino una verdad contundente que le daba un peso aplastante a toda la situación.
