Capítulo 7 Embarazada

Dylan contemplaba el documento médico con el ceño fruncido y la mente a mil por hora, a punto de meditar qué hacer con aquella prueba, cuando Alessandro se posicionó a su lado, aún bufando de rabia y con el rostro rojo por el altercado anterior.

—¿Qué es eso? —cuestionó el CEO, con una voz rasposa e impaciente.

Sin darle tiempo a reaccionar ni a dar contexto alguno, Alessandro simplemente estiró el brazo y le arrebató la ecografía casi de las manos, fijando la mirada en los bordes del papel sin emitir una sola palabra más. Dylan solo pudo soltar un resoplido sonoro, cruzándose de brazos y negando con la cabeza ante la terquedad e impulsividad de su amigo.

Por su parte, Laura abordó el primer taxi que cruzó por la avenida a la mayor brevedad posible. Solo al cerrar la puerta del vehículo y sentir el aislamiento de la cabina, experimentó la sensación de que por fin podía soltar toda esa tensión aplastante que había estado acumulando en el pecho durante las últimas horas. Sus ojos se volvieron completamente cristalizados, inundándose de lágrimas contenidas, mientras su respiración volvía a volverse entrecortada y confusa.

Se pegó al cristal de la ventanilla polarizada, observando cómo la ciudad pasaba a toda velocidad frente a ella, mientras luchaba contra un nudo gigante en la garganta que apenas le permitía tragar saliva. El conductor al volante, al notar la agitación en el asiento trasero, la observó con atención a través del espejo retrovisor y puso una expresión de sincera preocupación.

—¿Se encuentra usted bien, señorita? —preguntó el hombre con tono amable.

Laura apenas se limitó a dar un leve asentimiento de cabeza, haciendo un esfuerzo sobrehumano por controlar el temblor de sus labios, y le regaló unas cortas palabras para no levantar sospechas:

—Estoy bien, no se preocupe... —soltó con un hilo de voz, para luego indicarle la dirección exacta a la que debía llevarla.

Durante todo el trayecto se mantuvo en un silencio absoluto, mordiéndose el labio inferior para contener el llanto. No podía permitirse romper a llorar allí mismo; el conductor realmente pensaría que estaba loca o que le ocurría algo grave. Tuvo que tragarse todo ese dolor, esa frustración y la humillación del momento. Sabía muy bien que, en el preciso instante en el que pusiera un pie dentro de su departamento, tendría que explicarle a su amiga todo lo que estaba ocurriendo. Después de todo, Luna no era ninguna tonta y notaría de inmediato el estado devastado en el que regresaba. Ya no podía soportar más el peso de esa mentira, ni seguir ocultando la situación que le había estrujado y roto el corazón.

—Muchas gracias, señor —terminó soltando mientras le entregaba un par de billetes al conductor.

Laura bajó del auto, cerró la puerta y se preparó mentalmente para explicarle a Luna cada detalle de lo que había pasado. En el fondo de su alma, esperaba que su pequeño hermano estuviera tomando una siesta o algo parecido, para así poder hablar con total tranquilidad sin alterar la inocencia del niño.

Tomó una profunda bocanada de aire para juntar el valor que le quedaba. Subió en el elevador y, en cuanto las puertas mecánicas se abrieron y se corrieron a un lado, caminó hasta el fondo del pasillo y tocó la puerta del departamento, ya que con la prisa ni siquiera había llevado sus llaves.

Allí estaba Luna. Al abrir, la recibió con una enorme sonrisa en el rostro, pero el gesto se borró de inmediato en cuanto escaneó las facciones de Laura.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué tienes esa cara? —cuestionó Luna con una inquietud imborrable, analizándola de pies a cabeza—. ¿Por qué vienes así?

Laura no aguantó más y terminó derramando las primeras lágrimas que había estado reteniendo con tanto esfuerzo.

—Hay algunas cosas que tengo que contarte... De hecho, debo decirte toda la verdad, Luna. Ya no lo soporto más —se quebró, declarando abiertamente que era incapaz de llevar esa carga ella sola.

En ese instante, el corazón de su amiga se puso en alerta máxima. Luna abrió los ojos de par en par, tomándola por los hombros.

—Me estás asustando, Laura. ¿Por qué estás llorando? ¿Es tan grave? Dime que no se trata sobre el trabajo o tu jefe...

Laura ni siquiera podía hilar una sola frase coherente por el nudo en su garganta. Se adentró en el departamento buscando un poco de refugio y lo primero que logró articular fue una pregunta sobre el pequeño:

—¿Mi hermano? ¿Dónde está Liam?

—Está dormido —respondió Luna tratando de transmitirle calma—. En este momento toma una siesta. Me costó un montón hacer que se durmiera, pero lo conseguí, así que puedes hablar con total tranquilidad. No te va a escuchar ni a ver así.

Ambas avanzaron hasta la sala y se sentaron juntas en el sofá. Fue allí donde Laura finalmente levantó la cabeza y miró a su amiga a los ojos, haciendo un contacto visual tan sincero que supo que terminaría rompiéndose una y otra vez al hablar.

—Luna... yo no fui sincera contigo desde el principio —confesó Laura con la voz temblorosa—. Estuve ocultándote que mi jefe y yo tuvimos un tipo de noche que nunca debió pasar. Un encuentro íntimo que pude haber evitado y no lo hice. Estuvimos juntos, Luna...

Luna se tapó la boca con ambas manos, dejando escapar un jadeo de pura sorpresa ante semejante declaración.

—¡No puedo creerlo! Siempre te lo señalé... Sospeché que realmente tantas horas extras no eran normales, pero no quise hacerme ideas locas en la cabeza. Al final creí que eso era imposible. Ahora que me lo dices me sorprende, aunque muy en el fondo no demasiado...

Laura, sintiendo cómo la vergüenza le quemaba las mejillas, negó de inmediato con la cabeza para aclarar el malentendido:

—¡No es lo que piensas! Es la única vez que estuvimos juntos, no te estoy mintiendo. Aunque tuve que hacer horas extras durante muchas semanas, esa noche... hace como tres semanas, antes de la mañana en que llegué desorientada, las cosas se dieron entre ambos. Y si estoy así hoy, es porque en realidad no fui a ninguna gala como su asistente. Fui para impedir que se casara con otra mujer.

Esta vez Luna sí que se quedó completamente petrificada, sin palabras durante varios segundos, procesando la magnitud de lo que escuchaba.

—No lo puedo creer... —murmuró Luna parpadeando sin cesar—. ¿Me estás diciendo que fuiste delante de todo el mundo y te pusiste al matrimonio del mismísimo señor Blackstone? ¿Interrumpiste la boda de tu propio jefe? ¿Qué más hiciste, Laura? ¡Me estás dejando helada!

Laura bajó la mirada, mordiéndose el labio y admitiendo con un tono lleno de vulnerabilidad y firmeza a la vez:

—No sé si hice lo correcto, solo hice lo que creí que era justo. Así que se lo dije a todos... Le dije que estoy embarazada.

Luna se levantó del sofá de un salto, con las manos en la cabeza y los ojos fuera de sus cuencas.

—¿¡Estás embarazada!? ¿¡Qué!?

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