Capítulo 1 La traicion

Mia Smith.

Roma, Italia.

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Han pasado cinco años y, en todo este tiempo, no he dejado de sentir esa emoción que me llena al tener un momento para los dos, a solas. La reserva en nuestro restaurante favorito, para mí, era una clara señal de que Javier y yo sabíamos el siguiente paso.

Luego de un montón de vestidos, termino eligiendo uno blanco perlado, dejo mis ondas caer tras mis hombros y, luego de un último vistazo en el espejo, salgo; no quiero hacerlo esperar y, honestamente, yo también me estoy impacientando.

—Señorita Smith, ya hemos llegado —anuncia el chófer, sacándome de mi laguna de ansiedad. El hombre abre la puerta y yo agradezco con un asentimiento.

El hostess, al verme, me saluda; el lugar está solo esta noche. «Mia, no vayas a llorar, tampoco a enloquecer sí, son cinco años, es obvio va a pedirte matrimonio». Ver el restaurante solo para mí era esa señal que me estaba confirmando que próximamente oiría campanas de boda.

En cuanto llego a la terraza, la confusión se mezcla con mi ansiedad. Mis pulsaciones se aceleran, pero decido ignorarlo. —Has esperado mucho tiempo este momento —saco la pequeña foto que siempre llevo en mi bolso; para mí, más que una foto, es la promesa de mi amor por Javier—. Amor, lamento la tardanza...

Mi voz abandona mis labios en cuanto Javier me mira con un dejo de sequedad que jamás había visto en él.

—La espera ha valido la pena, ¿no crees, hermano? —pregunta Iván con una sonrisa apenas perceptible—, la velada apenas comienza, Javier. Mia, toma asiento —dice Iván, levantándose de su lugar para ofrecerme una silla. Su gesto es educado, pero su forma de hacer las cosas me incomoda un poco.

—Ya vuelvo —anuncia Javier. Cuando estoy por preguntarle a dónde va, ya se ha alejado de la mesa.

Toda la emoción de hace unos minutos atrás se ha evaporado. No entiendo qué hace el hermano mayor de Javier aquí; ellos no se llevan bien, desde que conozco a Javier nada bueno ha dicho de Iván y, de este último, no tengo mucho que decir, apenas y lo he visto.

—¿Ocurre algo, Mia? —pregunta Iván de forma despreocupada. Esa confianza me toma por sorpresa; él y yo apenas hemos hablado lo necesario en años—. ¿No gustas tomar algo?

—niego, no tomo alcohol y, en este momento, no puedo ingerir nada.

—No, nada —respondo tratando de sonar natural—, aún así, muchas gracias, Iván.

Mi vista se va en la dirección en la que Javier se fue; me siento incómoda, pero a estas alturas no sé si por la actitud de Javier o por estar sola con su hermano.

—De acuerdo —responde, encogiéndose de hombros.

Mi paciencia se agota y las palabras salen de mi boca como un volcán a punto de erupción. —Iván, no quiero ser grosera, pero quisiera saber: ¿qué haces aquí? No me malentiendas, pero pensé que esto era...

—Ya volví —interrumpe Javier, volviendo a su lugar en la mesa. Siento cómo, ligeramente, el aroma a alcohol junto con el ligero enrojecimiento en su rostro pálido delatan que ha estado tomando.

—Javier, Mia quiere saber: ¿qué hago yo aquí?

El tono irónico de Iván me molesta. No entiendo, ¿qué es lo que genera tanta gracia?

—¿Le dijiste? —cuestiona Javier, recorriéndome a mí y a Iván con la mirada.

Un frío en mi estómago me hace dar por hecho que nada de lo que venía imaginando esta noche sería realidad. Al parecer, los hermanos D'Lucca tenían una especie de juego o riña donde yo ya estoy en medio, esperando que esta noche termine de una vez por todas.

—No soy yo el que debe decírselo —responde Iván con tono serio.

Javier niega con un movimiento de cabeza, lleva una de sus manos a la barbilla y esta espera comienza a molestarme. Estoy a punto de refutar, pero Javier se adelanta:

—Vas a casarte con Iván, Mia.

Parpadeo confusa; una risa comienza silenciosa, pero con el pasar de los segundos es más fuerte.

—No son graciosos —miento; lo que Javier dice no puede ser en serio. La seriedad de ambos me altera en silencio.

Javier desvía la mirada, es incapaz de dar la cara.

—¿Me estás dejando? —pregunto, dejando de reír. Soy la única en la mesa que ríe. Me pongo de pie. Javier me mira con una frialdad que me hiela la sangre. De un tirón soy llevada a la realidad; esto claramente no es una broma, y el semblante serio de Iván, que también se levanta, es la última loseta que cae sobre mí sin dejar ninguna duda de que todo esto no es una maldita burla.

Javier sale y yo acelero mis pasos y consigo frenarlo. Mi garganta arde y mi cuerpo tiembla, incrédulo, tratando de entender qué demonios es lo que está pasando aquí.

El chiste se cuenta, pero no puedo creerlo. Mis ojos comienzan a arder y a nublarse por las lágrimas que esperan por salir. —Por favor, dime que esto no es en serio, Javier —mi voz es un hilo apenas audible. Javier me agarra la muñeca con fuerza—, no entiendo Javier, dime que no es real, que no me estás dejando...

El agarre se hace más fuerte, tanto que comienza a doler.

—No, Mia, te estoy entregando —suelta de un manotazo mi muñeca—, la boda es en siete días.

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