Capítulo 2 No soy mercancia de nadie

Mia Smith.

Roma, Italia.

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Esto tiene que ser una pesadilla; sí, claro, me niego a que sea real, es imposible que sea verdad. —Javier no puede hablar en serio.

Salgo de la terraza, pero un fuerte tirón hace que impacte con fuerza en el pecho de Iván. Su semblante pétreo me hace querer retroceder, pero con el forcejeo solo consigo que endurezca su agarre llegando a mi cintura. Sus ojos olivos me miran oscurecidos.

—Suéltame —espeto furiosa, arrastrando las palabras—, que me sueltes, te digo. Nada de esto puede ser verdad, Javier no puede estar hablando en serio...

Una carcajada grave se va haciendo más fuerte. Iván me suelta y yo, inestable, tambaleo intentando no caer.

—Mía, eres lista, creo que lo ocurrido aquí ha quedado muy claro...

—¿Claro? —me cruzo de brazos—, no sé si entiendes que no soy una mercancía que se pueda intercambiar. Iván, no soy de nadie...

Iván pone un dedo en mis labios; una sonrisa soberbia delata un par de hoyuelos que no me había percatado antes que tenía. —Pues ahora eres mía, si ese imbécil de Javier acaba de entregarte, preciosa.

Mi ira crece con cada palabra. —Púdrete, D'Lucca, nunca me casaré contigo —salgo de ahí con el impulso de un petardo.

Al salir del restaurante, la fría noche golpea mis mejillas empapadas. Las lágrimas fluyen nublando mi vista, y el chófer, al verme, se acerca a mí notoriamente preocupado.

—Señorita...

—Solo llévame a casa y no haga preguntas —ordeno, azotando la puerta después de subir al auto.

El chófer obedece en silencio mi petición, y el camino de vuelta a casa se me hace eterno. «Me niego a que esto sea verdad, Javier no puede jugar con mis sentimientos como si estos fueran una pieza de ajedrez». Miro mi reflejo en el cristal de la ventanilla: mi cara está enrojecida, mi maquillaje arruinado y mis ojos también comienzan a ponerse rojos, quizás por estrujarlos a cada momento limpiando mis lágrimas.

—Imaginé de todo, menos que esta noche terminaría así. Cinco años donde entregué todo, donde di todo por él. Irónicamente, esta noche sí se habló de matrimonio, aunque no como lo imaginaba.

El coche se detiene y salgo antes de que la puerta sea abierta.

La casa frente a mí ya no me parece ese hogar en el que pensé haría mi vida, junto al hombre que creí, ingenua, que me amaba tanto como yo a él.

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—Bienvenida a casa —susurra Javier mientras me abraza por la espalda y besa mi cuello—. ¿Te gusta Roma? —pregunta, girándome sobre mis pasos y besando mis labios con más intensidad.

—Me fascina Roma —respondo, mientras la calidez de su aliento choca en mis mejillas—, es una ciudad increíble, Javier, pero lo que la hace especial es que estamos juntos. Te amo.

Hago mía su boca una vez más en un beso donde nuestras lenguas se exploraban mutuamente. Sus manos bajan por mi espalda, apegándome más a su cuerpo.

—Me encantas, Mía —suelta con voz ronca—. Yo también te amo, nena.

Sus caricias eran la promesa de un futuro que juntos empezamos en esta mansión.

――― ✦ ―――

De solo recordar mi llegada a este lugar, las arcadas revuelven mi estómago. Busco las llaves en mi bolso y, para mi sorpresa, la puerta está abierta. Entro y lo encuentro en el recibidor con una botella en sus manos.

En cuanto se percata de mi presencia, una risa amarga inunda el vestíbulo. Se levanta tambaleante; yo retrocedo, pero no agacho la cabeza.

—Javier... —mi voz sale temblorosa, pero sigo adelante—, dime que nada de esto es real, que tú y tu hermanito cretino solo se pusieron de acuerdo para gastarme una broma pesada —

Sé que estoy cruzando los límites del respeto en esta relación. Aún así, hay una parte de mí con la fe puesta en que todo esto no es real.

Javier niega con un movimiento de cabeza y una risa desequilibrada que me asusta. —Mía, no creía que fueras tan ingenua, pero al parecer lo eres.

Javier me sujeta con fuerza de la nuca; el aliento a alcohol me marea. Su mirada oscurecida despierta algo que jamás esperé sentir por Javier: miedo.

—¡Me lastimas, suéltame! —lloriqueo desesperada, forcejeando para soltarme de su doloroso agarre.

Javier suelta la botella y esta se hace trizas al impactar contra el suelo.

De mala gana me suelta y yo solo choco una vez más con la realidad. El hombre frente a mí no es el amoroso que ganó mi corazón hace cinco años. Él no es el hombre con el que me imaginé el resto de mi vida.

—¡Estoy hasta el cuello, Mía! —grita, perdiendo los estribos—. ¡Las empresas D'Lucca están en números rojos, mujer! —exclama Javier, frustrado, alborotando sus rizos azabache—. Eres la pieza que puede salvarme de la quiebra, ¿lo entiendes, pequeña estúpida? Si tanto me amas, vas a ser la esposa de mi hermano...

Mi sangre burbujea, mi mano arde al contacto con la mejilla de Javier; debí dar esta bofetada hace mucho tiempo.

—Mi amor no es una maldita moneda de cambio, no seré mercancía de nadie. No me iré con Iván. Seguramente es otro crápula, un poco hombre como tú.

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No sé cómo sigo en pie esta noche. Después del maratón de cosas horribles, no creo que pueda pasarme algo peor. Al menos tenía mi teléfono y mis tarjetas. Apenas llegué a la terminal de autobuses, compré un par de boletos a París. Sería un largo viaje, pero quería estar lo más lejos posible del horrible apellido D'Lucca.

Me siento incómoda y hace frío; vestido y tacones no es la mejor opción para viajar, pero no quise estar más tiempo en casa con Javier, ni tampoco quiero ver a Iván.

Si antes ese hombre me daba miedo, ahora más, que sé de lo que es capaz de hacer cuando quiere algo. Ahora solo espero ya no volver a saber nada de ese par de hermanos dementes.

Luego de algunos minutos, subo al autobús y encuentro mi asiento, el cual, afortunadamente, está junto a la ventana. Estaré cómoda, pagué doble asiento porque no estoy de humor para compartir con nadie. Cierro los ojos intentando dormir un poco, aunque la tranquilidad no dura; siento que alguien se sienta junto a mí. Suspiro, incómoda, porque esta noche no quiero compañía.

—Eres escurridiza, Mía, y demasiado astuta, pero esta noche no irás a ningún lado. Nuestra boda está próxima —susurra cerca, acariciando mi mejilla.

Esa voz me genera un escalofrío que recorre mi cuerpo con la tensión de una corriente eléctrica.

—Iván, ¿q-qué haces aquí?

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