Capítulo 3 El hombre que siempre gana
Iván D'Lucca.
Roma, Italia.
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—¿Va a dejar que se vaya? —la pregunta de mi escolta me hace un poco de gracia.
Esa mujer ahora es una bomba de tiempo, y lo mejor es dejarla sola. Tiene que estallar y entender que todo este tiempo ha amado a un bastardo que simplemente no la merece. Aún así, no voy a dejarla sola.
—Stefano, sigue a la chica, pero mantén tu distancia. Si ocurre algo, comunícate de inmediato conmigo, ¿entendido?
Mía, en este momento, es un animal herido. Un animal noble que, aunque esas heridas vengan de un ser amado, buscará arrepentimiento y lealtad. Pero en mi hermano, ella no encontrará más que la dura verdad.
—Sí, señor, lo mantendré al tanto por si ocurre cualquier novedad —
sin agregar más, mi escolta va tras Mía.
La idea era ir a casa y esperar ahí cualquier noticia; no quiero seguir en el restaurante. Subo a mi auto y conduzco sin rumbo. No sé cuánto llevo conduciendo, pero en cuanto escucho el móvil, contesto y dejo que sea Stefano quien me comunique cómo va todo.
—La chica ha ido a casa de su hermano, estoy atento a cualquier situación, jefe —cuelgo.
No me equivoqué; sabía que ella aún se aferra a la idea de que nada de lo que ha pasado es verdad.
Luego de una hora dando vueltas, el móvil vuelve a sonar. —¿Qué novedad hay? —pregunto, esperando que mi segunda teoría sea errónea.
—Jefe, la chica está en la terminal...
—¿Sabes adónde tiene pensado ir? —acelero para, acto seguido, girar en U. Esa chica es fácil de intuir, aunque no hay que ser Sherlock Holmes para querer desaparecer en una situación así—, voy en camino, no la pierdas de vista —digo antes de colgar la llamada.
Tomo una bocanada de aire; no esperaba que esta chica fuese tan inquieta y problemática. Al llegar a la terminal, no me toma mucho tiempo encontrarme con mi guardaespaldas.
—La mujer ha subido a un autobús con destino a París. Me tomé el atrevimiento de comprar un boleto para usted, señor —Stefano me entrega el boleto—, no hay mucho tiempo, señor.
—Gracias —avanzo y, al mostrar mi boleto, seguridad me deja seguir. Finalmente, encuentro el autobús. Subo y no sé si es suerte o un mal chiste, pero lo que sea que haya sido, lo agradezco.
Me siento a su lado. El lugar no tiene mucha iluminación, pero sus ojos hinchados, su nariz roja y su maquillaje corrido me enfurecen. Ella no debería estar así, y menos por una escoria como Javier D'Lucca. Es mi hermano, pero precisamente por eso sé el tipo de hombre que es. Su cabello está desordenado; la chica que ahora tengo a mi lado no es, ni de cerca, la mujer que vi hace algunas horas entrar al restaurante. Esa mujer brillaba, irradiando seguridad y delicadeza.
—Eres escurridiza, Mía, y demasiado astuta, pero esta noche no irás a ningún lado. Nuestra boda está próxima —
acaricio su mejilla húmeda y fría. Me hierve la sangre saber que esas lágrimas son por la basura de Javier.
En cuanto me ve, sus ojos se abren al máximo. —Iván, ¿q-qué haces aquí? —musita con voz ahogada.
—Mía, sabes perfectamente qué es lo que estoy haciendo aquí—
quita mi mano de su rostro con hostilidad.
Sus ojos celestes, antes llenos de miedo y sorpresa, ahora me miran acusadores y oscurecidos. —No voy a casarme, ni con usted ni con nadie —espeta, notoriamente molesta, arrastrando las palabras—. No soy un objeto. ¿Cómo cree que voy a casarme con alguien que literalmente me compró?
Quiero decirle algunas cosas, pero sé que aún no es el momento para eso. Se levanta de su asiento; la tomo, pero es rápida.
—¡Ya déjame en paz! —
me pongo de pie. Ella intenta huir, grita, patalea e intenta golpearme, pero no se lo permito y la sujeto con fuerza para inmovilizarla—. ¡Suéltame o grito, animal! ¿Sabes que puedo decir que eres un acosador? ¿Qué diría la prestigiosa familia D'Lucca si su adorado heredero sale en el periódico como un violento acosador? Eso solo sería una parte. ¿Qué dirían si se enteran de que haces tratos con personas como si fuéramos ganado?
—Nos vamos —la arrastro hacia la salida del autobús, pero ella se resiste.
—¡No me iré contigo, no me casaré con alguien que prácticamente me compró! Soy una persona Iván, no un objeto —estoy cansado de lidiar con este pequeño problema. La giro para evitar que siga soltando golpes—, eres un monstruo, no puedo casarme con alguien que me puso un precio. No sé quién es peor entre tú y Javier; él no dudó en cambiarme a cambio de su salvación financiera, y tú... t-tú me compraste. Me compraste.
No quiero, y tampoco me interesa, si me ve ahora como el monstruo en todo esto, pero ella debe comenzar a entender algunas cosas. Me acerco a su oído: —Si crees que esto fue idea mía, eres más ingenua de lo que imaginaba —toda esa resistencia y oposición de hace un momento fue sustituida por una quietud silenciosa. La suelto ella me mira, se da la vuelta y, de nuevo, veo esos ojos azules brillantes por las lágrimas acumuladas.
—¿Por qué me hacen esto? —musita con voz temblorosa—, yo no he hecho nada malo para merecer esto. Iván, por favor, déjame ir.
«Eso no es como ella cree, pero ahora no es el momento». Odio ver a las mujeres llorar, pero odio más que esas lágrimas sean culpa de ese bastardo que no merece ni una sola de ellas.
—Iván, por favor, solo déjame ir.
Hace frío. Ella solo trae ese vestido, que no le sirve para nada ahora mismo. Me quito el abrigo y se lo pongo por encima de los hombros. Ella me mira confundida. Los pasajeros comienzan a subir; el tiempo se acaba. —Elige, Mía. Porque esta es la última decisión que te permitirán tomar —no voy a obligarla usando la fuerza tras ese sufrimiento se esconde una mujer sensata, y estoy seguro de que ella va a tomar la decisión correcta.
